Выбрать главу

Ashley asintió. Quería dejarse convencer, pero le costó lo suyo.

– Además, ese joven te profesa amor, querida. Y no me parece que pretender echarnos de la carretera tenga relación con el amor, ¿no crees?

La chica no respondió, aunque creía conocer la respuesta a esa pregunta.

Hicieron el resto del viaje en relativo silencio. Un largo sendero de tierra y grava conducía hasta la casa de Catherine, una mujer que protegía su privacidad celosamente mientras se inmiscuía en la vida de todo el mundo en la comunidad. Ashley contempló la casa. En el siglo XIX había sido una granja, y a Catherine le gustaba bromear diciendo que había mejorado el sistema de fontanería y la cocina, pero no los fantasmas. Ashley deseó haberse acordado de dejar un par de luces encendidas.

Catherine, sin embargo, estaba acostumbrada a llegar a su casa a oscuras y bajó rápidamente del coche.

– Maldición -dijo con brusquedad-. Está sonando el teléfono.

Sin preocuparse por aquella oscuridad familiar, se adelantó presurosa. Nunca cerraba las puertas con llave, así que entró, encendió las luces y se dirigió al viejo teléfono de disco que había en el salón.

– ¿Sí? ¿Quién es?

– ¿Mamá?

– ¡Hope! Qué alegría. ¿Cómo llamas tan tarde…?

– Mamá, ¿estás bien?

– Sí, sí. ¿Porqué…?

– ¿Está Ashley contigo? ¿Está bien?

– Por supuesto, querida. Está aquí mismo. ¿Qué pasa?

– O'Connell sabe que está ahí. Puede que vaya de camino hacia allá.

Catherine inspiró bruscamente, pero mantuvo la calma.

– Tranquila, no creo que haya problemas.

Mientras lo decía, se volvió hacia Ashley, que se había quedado en el umbral como hipnotizada. Hope empezó a hablar, pero su madre apenas la oyó. Por primera vez pudo ver pánico en los ojos de Ashley.

Scott aceleró a fondo y en menos de un minuto el coche superó casi sin esfuerzo los ciento cincuenta kilómetros por hora. El motor rugía, mientras la noche pasaba veloz un borrón de sombras, recios pinos y negras montañas lejanas. El trayecto desde su casa hasta la de Catherine duraba cerca de dos horas, pero esperaba hacerlo en la mitad de tiempo. No estaba seguro de que eso bastara, ni de qué estaba sucediendo, ni de las intenciones de aquel maldito O'Connell. Y tampoco estaba seguro de lo que le esperaba. Sólo sabía que se enfrentaban a un peligro extraño y retorcido, y estaba decidido a interponerse entre ese peligro y su hija.

Mientras conducía, las manos aferradas al volante, casi se sintió abrumado por imágenes del pasado. Todos los recuerdos del crecimiento de su hija acudieron a su mente. Sintió un frío paralizador en el pecho, mientras iba dejando kilómetros atrás, y aun así tuvo la sensación de que iba un kilómetro por hora más lento de lo requerido por la situación, que lo que estaba a punto de suceder iba a perdérselo por segundos. Entonces pisó más el pedal, ajeno a todo excepto a la necesidad de acelerar, quizá más de lo que nunca había acelerado.

Catherine colgó y se volvió hacia Ashley. Se dijo que debía mantener la voz baja, firme y tranquila. Escogió las palabras con cuidado, palabras de inusual formalidad. Concentrarse en las palabras la ayudaba a combatir el pánico. Tomó aire despacio, y se recordó que procedía de una generación que había librado batallas mucho más terribles que la que presentaba ese O'Connell. Así pues, imbuyó a sus palabras una determinación rooseveltiana.

– Ashley, querida. Parece que ese joven que se siente insanamente atraído hacia ti ha descubierto que no te encuentras en Europa, sino aquí, conmigo.

Ashley asintió, incapaz de responder.

– Creo que lo más aconsejable sería que subieras a tu dormitorio y cerraras la puerta con llave. Ten el teléfono al alcance de la mano. Hope me informa de que tu padre viene de camino, y también tiene previsto llamar a la policía local.

La joven dio un paso hacia las escaleras, pero se detuvo.

– Catherine, ¿qué vas a hacer? ¿No deberíamos marcharnos de aquí?

La anciana sonrió.

– Bueno, dudo que sea sensato darle a ese tipo otra oportunidad de echarnos de la carretera. Ya lo ha intentado una vez esta noche. No, ésta es mi casa. Y también la tuya. Si ese joven pretende causarte algún daño, será mejor que nos enfrentemos a él aquí, en nuestro territorio.

– Entonces no te dejaré sola -dijo Ashley con fingida confianza-. Nos sentaremos las dos y esperaremos juntas.

Catherine negó con la cabeza.

– Ah, Ashley, querida, eres muy amable. Pero creo que estaré más tranquila si sé que estás arriba en tu habitación. Además, las autoridades llegarán dentro de poco, así que seamos cautas y sensatas. Y ser sensata, ahora mismo, significa que hagas lo que te pido.

La joven fue a protestar, pero Catherine agitó la mano.

– Ashley, permíteme defender mi hogar del modo que considere más adecuado.

Era una frase educada pero tajante. Ashley asintió.

– De acuerdo. Estaré arriba. Pero, si oigo algo que no me guste, bajaré en un segundo. -Desde luego, no estaba segura de qué quería decir con «algo que no me guste».

Catherine la vio subir la escalera. Esperó hasta oír que cerraba la puerta y pasaba la llave. Entonces fue a la alacena para la leña, construida en la pared junto a la gran chimenea. Escondida entre los troncos estaba la vieja escopeta de su difunto esposo. No la había sacado ni limpiado en años, y no sabía si la media docena de balas que había al fondo de la funda aún detonarían. Catherine supuso que existía una buena posibilidad de que le explotara en las manos si tenía que apretar el gatillo. Con todo, era un arma intimidatoria, con un buen cañón, y rogó que con eso bastara.

Se sentó en un sillón junto a la chimenea, metió las seis balas en la recámara y se dedicó a esperar, la escopeta cruzada sobre el regazo. No sabía mucho de armas, aunque sí lo suficiente para quitar el seguro.

Se preparó cuando, poco después, oyó movimiento acercándose a la puerta.

Seguía mirando por la ventana, supuse que rumiando sus pensamientos. De pronto se volvió hacia mí y preguntó:

– ¿Has pensado alguna vez si serías capaz de matar a alguien?

Como vacilé, ella sacudió la cabeza y añadió:

– Tal vez sería mejor preguntar cómo imaginamos la muerte violenta.

– No estoy seguro de a qué te refieres -dije.

– Piensa en todas las formas en que nos expresamos a través de la violencia. En la televisión y en el cine, en los videojuegos. Piensa en todos esos estudios que demuestran que el niño medio crece siendo testigo de miles de muertes. Pero la verdad es que, a pesar de ello, cuando nos enfrentamos con la clase de ira que puede ser mortal, rara vez sabemos cómo responder.

No respondí. Ella se apartó de la ventana y cruzó la habitación para volver a sentarse en su sillón.

– Nos gusta imaginar que siempre sabemos qué hacer en las situaciones difíciles -dijo-. Pero en realidad no lo sabemos. Cometemos errores, errores de cálculo. Todos nuestros fallos nos abruman. Creemos que podemos hacer algo y en el momento de la verdad no podemos. Lo que necesitamos hacer para salvarnos queda fuera de nuestro alcance.

– ¿Ashley?

Ella negó con la cabeza.

– ¿No crees que el miedo nos paraliza?

30 Una conversación sobre el amor

Catherine tomó aire y apoyó la culata contra el hombro, atenta al sonido del exterior. Contó los pasos. Desde una esquina de la casa, dejando atrás las macetas dispuestas en una ordenada hilera, hasta la puerta principal. «Primero probará con la puerta», se dijo. Aunque le parecía tener la lengua atascada, dijo con fuerza:

– Pase, señor O'Connell.

No tuvo que añadir: «Le estoy esperando.»