Quiso llamar a Ashley, pero no pudo. Quiso levantarse y echar la llave a la puerta delantera, pero estaba entumecida.
Permaneció sentada varios minutos. Tan sólo se recuperó un poco cuando las luces rojas y azules de un coche patrulla destellaron en las ventanas.
Los pensamientos la recorrían como descargas eléctricas.
Había permanecido agazapada tras la puerta cerrada del dormitorio, consciente de que Catherine y Michael estaban hablando, pero incapaz de distinguir las palabras, excepto aquellas que Michael había gritado, provocándole un miedo atroz. Cuando oyó cerrarse la puerta principal se quedó inmóvil en el suelo, junto a la cama, abrazada a una almohada, como si intentara impedirse oír, ver e incluso respirar. La funda de la almohada estaba húmeda donde había hincado los dientes para no gritar. Las lágrimas le corrían por las mejillas y estaba aterrada. Y aterrada de estar aterrada. Le avergonzaba haber dejado a Catherine enfrentarse sola a aquel psicópata. Ahora sabía muy bien que estaba perdida en un pantano mucho más grande del que había imaginado.
– ¡Ashley! -La voz de Catherine atravesó las paredes y sus temores.
– Sí… -se atragantó.
– La policía está aquí. Puedes bajar.
En lo alto de la escalera, miró hacia abajo y vio a Catherine en el pasillo con un agente de mediana edad que llevaba un sombrero de ranger. Sostenía una libreta y un bolígrafo, y sacudía la cabeza.
– Comprendo, señora Frazier. -Hablaba despacio, con cierta condescendencia, y Ashley vio que eso enfurecía a Catherine-. Pero no puedo cursar una orden de busca y captura de alguien a quien usted invitó a su casa simplemente porque esté demasiado enamorado de la señorita Freeman… Buenas noches, señorita, si quiere bajar…
Ashley lo hizo.
– ¿Ese hombre la golpeó o amenazó?
Catherine hizo una mueca.
– Todo lo que dijo era una amenaza, sargento Connors -terció la anciana-. No en las palabras que dijo, sino en cómo las dijo.
El policía miró a Ashley.
– ¿Estaba usted arriba, señorita? Entonces, ¿no fue testigo de nada?
La joven asintió.
– Entonces, aparte de su presencia, ¿no le hizo nada, señorita?
– No -confirmó Ashley con impotencia.
Él sacudió la cabeza, cerró la libreta y dijo:
– Lo que debería haber dicho, señora Frazier, es que la golpeó y la hizo sentir miedo por su vida. Que hubo algún contacto físico. Eso nos permitiría tomar cartas en el asunto. Podría haber dicho que empuñaba un arma. Incluso que entró sin permiso. Pero no podemos arrestar a nadie por decirle que ama a la señorita Freeman. -Sonrió con resignación-. Además, supongo que todos los chicos se enamoran de la señorita Freeman.
Catherine dio una patada en el suelo.
– Esto es inútil -dijo-. ¿Dice que no puede ayudarnos?
– A menos que tengamos la certeza razonable de que se ha cometido un delito.
– ¿Y el acoso? ¡Eso es un delito!
– Sí. Pero al parecer eso no ha sucedido aquí esta noche. Aunque si puede demostrar una pauta de conducta, bueno, entonces debería hacer que la señorita Freeman acudiera a un juez y consiguiera una orden de alejamiento. Después, si el tipo se acerca a cien metros de ella, podremos detenerlo. Nos daría munición, como si dijéramos. Pero aparte de eso… -Miró a Ashley-. ¿No tenía una orden así en Boston?
Ella negó con la cabeza.
– Bien, pues debería tenerlo en cuenta. No obstante…
– No obstante, ¿qué? -exigió Catherine.
– Bueno, no me gusta especular…
– ¿Qué?
– Hay que tener cuidado. No vayan a promover una conducta realmente desagradable. A veces una orden de alejamiento hace más mal que bien. Hable con un profesional, señorita Freeman.
– ¡Estamos hablando con un profesional! -se enfadó Catherine.
– Quiero decir un abogado especializado en esta clase de casos.
Catherine sacudió la cabeza, pero se contuvo de replicar. No serviría de nada descargar su rabia contra aquel policía.
– Si vuelve, señora Frazier, llame a la comisaría y enviaremos a alguien. Es lo menos que podemos hacer. Si el tipo sabe que estamos al corriente, no intentará nada.
Se guardó el bolígrafo y la libreta en el bolsillo de la camisa y se volvió hacia la puerta.
– Tenemos las manos atadas -añadió como excusándose-. Redactaré un informe, por si quiere solicitar esa orden.
Catherine volvió a hacer una mueca.
– Menudo consuelo -replicó-. Es como decir que tenemos que esperar a que se queme la casa antes de llamar a los bomberos.
– Ojalá pudiera ser más útil. De verdad, señora Frazier. Entiendo que estas situaciones son difíciles. Llámenos si vuelve a aparecer. Estaremos aquí en un santiamén y… -Se interrumpió con súbita alarma: había oído algo-. Joder -dijo ceñudo-. Alguien se cree Fitipaldi…
Catherine y Ashley se inclinaron hacia delante y escucharon un distante motor a toda velocidad. Ashley lo reconoció al instante. Se hizo cada vez más cercano, hasta que vieron los faros entre los árboles.
– Es mi padre -dijo Ashley. Pensó que debería sentirse aliviada y a salvo, porque él sabría qué hacer. Pero esos sentimientos la eludieron.
– Me he convertido en una estudiosa del miedo -dijo-. Reacciones psicológicas, estrés, alteraciones de la conducta. Leo textos de psiquiatría y tratados de ciencias sociales. Leo libros sobre cómo responde la gente a toda clase de situaciones difíciles. Tomo notas y asisto a conferencias. Todo eso sólo para intentar comprenderlo mejor.
Se volvió hacia la ventana y contempló el benigno mundo suburbano que había más allá del cristal.
– Esto no parece una clínica -dije-. Las cosas parecen tranquilas y seguras por aquí.
Ella sacudió la cabeza.
– Todo ilusión -respondió-. El miedo adopta distintas formas en lugares distintos. Todo se basa en lo que esperamos que ocurra y lo que realmente ocurre.
– ¿O'Connell?
Una sonrisa triste cruzó su rostro.
– ¿Te has preguntado por qué algunas personas saben de manera innata cómo provocar terror? El pistolero, el psicópata sexual, el fanático religioso, el terrorista. Para ellos es algo natural. Él era uno de esos tipos. Da la impresión de que no estuvieran unidos a la vida de la misma forma que tú y yo, o Ashley y su familia. Los lazos emocionales corrientes y las contenciones que todos tenemos, de algún modo, estaban ausentes en O'Connell. Y las sustituía algo terrible.
– ¿Qué?
– Le encantaba ser quien era.
31 Huyendo de algo invisible
Catherine contemplaba el estrellado cielo de medianoche sobre su casa. Hacía suficiente frío para ver el vaho del aliento, pero se sentía mucho más helada por lo que acababa de ocurrir. El único lugar donde esperaba sentirse a salvo era su casa, donde cada árbol, cada matorral, casa brisa entre las hojas, hablaban de algún recuerdo. Era lo que se suponía que debía ser sólido en la vida. Pero esa noche, la seguridad de su hogar había menguado, desde que había oído unas palabras: «Volveremos a vernos.»
Catherine se giró hacia la puerta. De repente hacía demasiado frío para estar fuera y trató de decidir qué hacer. A menudo contemplaba el cielo de Vermont y consideraba muchas cuestiones. Pero esa noche el cielo negro no proporcionaba claridad, sólo un frío que le llegaba hasta el tuétano. Se estremeció y tuvo la fugaz idea de que Michael O'Connell no sentiría el frío: su obsesión lo mantendría caliente.
Miró la hilera de árboles que marcaba el borde de la propiedad, más allá de una extensión de hierba alrededor de la casa, donde su marido había alisado una sección con un tractor prestado y luego había plantado gramón y erigido una portería, como regalo para Hope por su undécimo cumpleaños. Normalmente, aquella visión le traía recuerdos felices y la reconfortaba. Pero esa noche sus ojos fueron más allá del ajado armazón blanco de la portería. Imaginó que O'Connell estaba allí fuera, oculto, observando.