Poco después llegamos a un pequeño café al final de la avenida Larco, cerca del mar, y elegimos la mesa más discreta para esconder los estragos de la noche alcohólica. Tras pedir la comida, insisto, para sacarme este malestar de encima que no me deja respirar, hay algo que tengo que decirte, Sofía, y ella dime, dime, mientras come unas tostadas crocantes con tomate, y yo: no sé cómo decirte esto, pero siento que debo decírtelo, porque estamos acostándonos juntos, y no me parece justo que no lo sepas, porque si te quiero como te quiero es importante que te diga quién soy y no te esconda nada, al menos es así como yo entiendo el amor, no sé tú, pero yo siento que si te miento no te estoy queriendo bien, como tú mereces que te quiera, y quiero que sepas que de vez en cuando me acuesto con Sebastián.
He dicho por fin lo que tenía que decir y ahora no me importa si Sofía me abofetea, me abandona, se echa a llorar o me besa, ahora depende de ella si me sigue queriendo o me repudia por no ser tan perfecto como mamá quiso que fuese. ¿Eso es lo que tenías que decirme?, me pregunta sonriendo, tomándome de la mano, y yo, sorprendido, sí, eso es todo, ¿no te molesta?, y ella no, para nada, y yo la amo más de lo que nunca amé a nadie, más que a ninguna mujer en todo caso, porque la pobre Ximena, que huyó de mí, se traumó cuando le confesé que me tocaba pensando en varones atléticos. Después de respirar hondo y sentir que las penurias de la resaca me abandonan súbitamente, le pregunto ¿pero no te sorprende al menos?, y ella no, yo ya sabía eso, y yo me quedo estupefacto, pasmado, ¿cómo lo sabías, si yo no se lo he contado a nadie?, y ella porque Sebastián nos lo contó a Patricia y a mí la otra noche.
No puedo creer que Sebastián hiciera eso, no porque sea una deslealtad, sino porque pensé que ocultaba nuestra relación mucho más de lo que yo mismo la encubro. Me siento reconfortado al ver la mirada serena de Sofía, que sigue queriéndome a pesar de que ya sabe que no soy tan hombre como otros piensan. Entonces le digo te adoro, eres genial, ¿y si yo no te decía nada, no me ibas a decir tú que ya sabías lo de Sebastián?, y ella no, por ahora no, en algún momento vas a tener que elegir, si quieres estar conmigo, entre el y yo, pero recién nos estamos conociendo y está bien así, tú eres así y yo te quiero como eres y no te juzgo, es tu vida, por algo necesitas estar con el, y yo ¿pero no te parece mal, no te parece inmoral o sucio que yo quiera tener sexo con un hombre?, y ella no, ¿por que?, y yo no te preocupes, que Sebastián es el único hombre con el que me he acostado, y ella está bien, no hay problema, yo también me he acostado con el, y yo ¿que?, me hago el sorprendido, pero en realidad ya lo se, porque Sebastián me ha contado que fueron amantes desde muy jóvenes, cuando tenían dieciocho años y estaban en el ultimo año del colegio, y ella sí, Sebastián fue mi primer enamorado, fuimos juntos a mi fiesta de prom, y yo perdí mi virginidad con el, y yo, después de un silencio, porque se acerca el mozo y no quiero espantarlo, así que espero a que se retire, ¿y fue bueno hacerlo con él esa primera vez?, una pregunta que tal vez podría haberme ahorrado, y ella más o menos nomás, no gran cosa, y yo me río y ella también, y por suerte no me pregunta cómo fue mi primera vez con él, porque tendría que decirle la verdad, que me dolió y me hizo llorar, pero también me gustó, y yo ¿y cuánto duro tu relación con Sebastián?, y ella como un año, luego él me saco la vuelta con otra chica y me dejo muy triste, y yo ¿y desde entonces no se han vuelto a acostar?, y ella bueno, cuando yo volví de Filadelfia hace un año, al terminar la universidad, empezamos a salir de nuevo y bueno, tú sabes, y se ruboriza un poco, y yo ¿volvieron a acostarse?, y ella sí, y yo ¿y estuvo bueno?, y ella sí, digamos que sí, y yo ¿mejor que cuando fueron enamorados en el cole?, y ella sí, claro, mucho mejor, y yo ¿y cuándo fue la última vez?, y ella no se, no me acuerdo, y yo ¿pero hace poco?, y ella hace unos meses, supongo, y yo no le pregunto más porque me queda claro que el bucanero de Sebastián se acostó con ella ya estando de novio conmigo y que no me lo dijo cuando debería habérmelo contado, porque yo no conocía a Sofía ni podía enfadarme; si ya sabia que el se acostaba con su novia, Luz María, me hubiese dado igual que lo hiciera con otra chica.
Me quedo pensando en que no deja de ser curioso que a Sofía y a mí nos haya gustado tanto el mismo hombre y que ambos hayamos perdido la virginidad con él y que incluso ella se haya acostado con Sebastián mientras él ya era mi amante, todo lo cual multiplica mi cariño por ella. Por eso le digo por lo visto, tenemos los mismos gustos, nos gusta el mismo tipo de hombre, y ella ríe y dice no, a mí Sebastián ya no me gusta, y no dice nada más, y yo espero a que me diga ahora me gustas tú, y pregunto, haciéndome el tonto, ¿y ahora hay alguien que te guste?, y ella ahora me gustas tú, y yo beso su mano y ella me pregunta ¿y yo te gusto más que Sebastián? Enmudezco y trato de fingir que la pregunta no me ha afectado, pero lo cierto es que no tengo una respuesta clara, y entonces digo son cosas distintas, pero sí, por supuesto, tú me gustas más que él, y ella ¿pero estás enamorado de él?, y yo no, no creo, me gusta, nos acostamos, pero no estoy enamorado de él, nunca he estado enamorado de un hombre y no sé si podría estarlo. Nada más decir eso, pienso: probablemente sí estoy enamorado de Sebastián, sólo que no me atrevo a decirlo, y también podría enamorarme de otro hombre, sólo que no me atrevo a vivirlo, y me resulta más conveniente mentir y decir que es sólo sexo y nada más lo que me une con Sebastián. No te preocupes, que lo mío con Sebastián no tiene ningún futuro, le digo a Sofía, y ella está todo bien, no tienes que darme explicaciones, y yo no, en serio, él tiene una novia, Luz María, y yo estaba buscando a alguien como tú, así que no hay más que decir, lo mío con Sebastián se está terminando y cuando lo vea se lo voy a decir, y ella haz lo que creas que es mejor para ti, no quiero presionarte a nada, yo te quiero igual.
Estoy en un dilema atroz porque no voy a encontrar a una mujer tan adorable como ella, y por eso no la quiero perder, pero tampoco a un chico tan lindo como Sebastián, y no puedo darme el lujo de dejarlo tan alegremente. En el auto, de regreso al departamento, ella recuesta su cabeza sobre mis piernas y yo le digo te quiero, y ella sonríe en silencio y se deja querer y luego se va a su casa porque es tarde y mañana tiene que levantarse temprano. Yo, inquieto todavía, sorprendido de que Sebastián no me dijera nada cuando se acostaba con Sofía -¿con cuántas otras se habrá acostado?, ¿con cuántas otras tengo que compartirlo?-, oigo de pronto el bocinazo del auto de Sebastián y a continuación el timbre repetido, uno, dos y tres veces, lo que sólo puede ser el anuncio de que está impaciente porque quiere acostarse conmigo o reñirme de mala manera. Le abro la puerta y entra como un ciclón, la cara descompuesta, enrabietada la mirada, adusto el rostro de actor que usualmente sabe fingir su enojo pero que ahora por lo visto no puede. Aunque me intimida verlo tan molesto, porque sé que puede darme un manazo, tengo tiempo para echar una mirada a sus brazos descubiertos y digo muy solícito hola, mi amor, ¿qué te pasa, estás molesto?, y él, controlándose, sí, estoy molesto, y yo, muy cariñoso, acercándome, tratando de darle un beso que rechaza bruscamente, ¿por qué?, ¿qué te ha pasado?, ¿se te ha bajado la llanta?, y él no te hagas el gracioso, huevón. Me gusta verlo furioso y que me diga huevón como un energúmeno de la barra brava del estadio. Entonces le digo ¿qué te pasa?, cuéntame, y él, que no es demasiado refinado con las palabras, me jode tu actitud, y yo ¿qué actitud?, y él, levantando la voz, me jode que no me abras la puerta cuando vengo a visitarte, y yo, interrumpiéndolo, es que estaba con Sofía, estaba en la ducha, no podía, y él sin escucharme, gritando, me jode que prefieras estar con ella que conmigo, me jodió que ayer en la fiesta te fueras temprano con ella sin decirme nada, y yo, interrumpiéndolo de nuevo, pero estabas con Luz María y ni quisiste saludarme, Sebastián, y él sin detenerse me jode que ahora estés acostándote con Sofía, que es mi amiga, y prefieras eso que estar conmigo, huevón de mierda, y yo, irónico, ¿es tu amiga o algo más que tu amiga?, y él ¿a qué te refieres?, y yo ¿te jode que me acueste con ella porque tú también te acuestas con ella?, y él indignado, rabioso, no sé por qué tanto, sí, exacto, me jode porque yo te la presenté, y tú te haces el machito que no eres y te agarras a mi chica, A MI CHICA, y encima me tiras arroz, me choteas, como si yo fuera un huevoncito que te puedes dar el lujo de decirme no, estoy ocupado, ven otro día, ven más tarde, ¿quién chucha te crees que eres, Gabriel?, ¿el rey del mundo?, grita desaforado. Yo, tratando de mantener la calma, digo no, no me creo el rey del mundo, porque para mí el rey del mundo eres tú, y él se enfada más aún y me dice vete a la mierda, si quieres seguir tirando conmigo, olvídate de Sofía, ella es mi amiga y mi hembrita y no quiero que te metas con ella, ¿ok?, y yo no te vayas así molesto, Sebastián, quédate un ratito, déjame servirte una cocacolita, un tecito, y es que cuando quiero engreírlo le hablo así, en diminutivos, pero él no me jodas, ya te dije lo que tenía que decirte y ahora me voy, y yo porfa, no te vayas, y me acerco para abrazarlo pero él me rechaza y dice elige, huevón, o Sofía o yó, pero no esta mazamorra que me llega al pincho. Luego da un portazo sin decir chau y se larga sin darme un beso, como se iba papá de casa todas las mañanas, con un humor de perros, con cara de perro y tratando de no pisar las cacas de los perros que se interponían en su camino al automóvil.