Mis tardes han cambiado. Antes las pasaba en la cama, leyendo y esperando a que Sebastián viniese a amarme, lo que ocurría tres veces por semana en el mejor de los casos, no más, porque el pobre andaba siempre corriendo y a duras penas tenía tiempo para mí. Ahora ha dejado de venir porque le molesta que me acueste con Sofía. Es una pena. Sofía viene todas las tardes, sin falta, y yo la espero con tanta ilusión o más de la que esperaba a Sebastián. No hago nada, o casi nada, desde que despierto, pasado el mediodía, hasta que ella aparece, entre las cuatro y las cinco de la tarde, manejando su auto guinda con asientos de cuero y trayéndome algo rico para comer, porque esta mujer me engríe como nunca nadie me mimó, incluyendo a mi madre, que, a pesar de que en el colegio me obligaban a escribir mi mamá me mima, no me mimó nunca y ahora menos, pues detesta que salga en la televisión haciendo travesuras libertinas y sospecha, sin que yo le haya dicho nada, que tengo una pasión secreta por los hombres, inquietud que habré heredado de su hermano, ya que en la familia de mamá hay un tío gay y en la de papá se sospecha que otro, sólo que lo ha ocultado la vida entera sin que por eso la gente deje de murmurar a sus espaldas.
No hago nada desde que me levanto hasta que Sofía llena de vida este oscuro escondrijo, sólo comer yogures que ella me deja en la nevera, leer los periódicos que me trae un chico en bicicleta y luego tirarme en la cama a leer, salir a caminar por el barrio, comprar unas frutas, hacer tiempo -es decir, malgastarlo- hasta que Sofía venga a sacudirme de esta modorra que se apodera de mí y que tal vez viene con la niebla. No extraño a Sebastián, no todavía, porque Sofía sabe tenerme contento. Hacemos el amor todas las tardes y es estupendo. Ella me ama de un modo sutil que en nada puede compararse al acto brutal que compartía con Sebastián en esta misma cama, cuando venía a redimirse de la vida de mentiras a la que se ha entregado sólo para triunfar como actor y para que la prensa no ponga en entredicho su virilidad. Es como una rutina, una coreografía: Sofía llega apurada y yo la espero sucio, desgreñado, sin bañarme, vestido con unas ropas viejas que encuentra divertidas, y ella, optimista y risueña como yo nunca puedo estar, me regala un chocolate o unas galletas o un sánguche, porque sabe que en esta madriguera nunca hay nada rico, y luego vamos a mi cuarto y hacemos el amor sin prisas, con el júbilo de dos amantes que descubren maravillados una suma de pequeñas complicidades íntimas. Después, y esto es tan rico como amarnos, dormimos una larga siesta desnudos, más desnuda ella que yo en realidad, porque yo siempre me resfrío y por eso me pongo una camiseta y unas medias, aunque ella insiste en sacarme los calcetines al hacer el amor, lo que a mí me debilita, me llena de dudas, conspira de un modo sibilino contra el dudoso poder de mi virilidad.
Ya de noche, Sofía y yo nos vestimos y ella se marcha a su casa, es decir, a la casa de su madre, allá lejos por los extrarradios de la ciudad, y yo me voy a correr por el malecón con una lentitud pasmosa, tan lento, desganado y apático, como si fuese un enfermo, que hasta los señores gordos que salen a trotar me sobrepasan, ni qué decir de los atletas que se entrenan para la maratón de Nueva York, que me desbordan a unas velocidades que encuentro inhumanas. Después de correr, me doy una ducha, me pongo encima un terno estragado y una corbata chillona y voy a la televisión a hacer mis piruetas disparatadas y entretener al público.
Así son mis días, lentos, previsibles, tristes porque no escribo. Cada día que pasa es una derrota secreta para mí, que sigo soñando con escapar de esta miseria y redimirme en los libros. Pero hoy no es una tarde cualquiera, es mi cumpleaños. No pienso ir a casa de mis padres, que son tan pesados y quieren reformarme, curarme, llevarme por el camino del bien. Tampoco creo que aparezca Sebastián, a quien no le he contado de mi cumpleaños y seguro que lo ha olvidado. Sólo Sofía se acuerda de que hoy cumplo veintisiete años, veintisiete años malvividos en esta ciudad en la que nací, veintisiete años a los que he sobrevivido tras dos tentativas de suicidio y toda la cocaína que me metí.
Sofía llega con globos, muchos globos, un montón de globos inflados de todos los colores, y llena el departamento de globos que se elevan y tocan el techo, y yo río y la abrazo y la beso, y ella me dice feliz día, uno de estos globos tiene tu regalo. Yo me quedo perplejo con la alegría y la vitalidad de esta chica, ¿cómo pudo haber inflado y traído tantos globos?, ¿cómo pudo pensar que mi regalo debía colgar de un globo?, ¿cómo encontró un regalo tan liviano para meterlo en un sobre y amarrarlo a ese globo amarillo?, ¿cómo pudo abrir ahora las puertas que dan al balcón, maldita sea, que se están saliendo todos los globos?, ¿cómo se te ocurre abrir las puertas, Sofía?, grito, porque los globos han salido volando llevados por el viento y el amarillo con mi regalo también. Vuelan los globos y vuela mi regalo, y Sofía ríe a carcajadas y yo también, y es una escena memorable contemplar desde el balcón aquel puñado de globos multicolores preñando de alegría el cielo grisáceo de esta ciudad, caracoleando en diversas direcciones, provocando en los peatones, los niños mendigos y los perros chuscos un instante de asombro y felicidad, pues todos miran hacia arriba, a esos globos que avanzan díscolos, caprichosos, según los lleva el viento que viene del mar. Entonces Sofía sale corriendo, vamos, corre, tenemos que seguir al globo de tu regalo, y, nada más bajar del ascensor, yo corro detrás de ella, pero ella es más rápida que yo y no pierde de vista el globo amarillo con mi regalo colgando, y yo me pregunto si habrá fumado marihuana o qué, porque sigue riéndose de un modo eufórico y yo me contagio y río también, y la gente nos ve pasar y nos mira con caras de desconcierto, pensando tal vez que somos un par de locos corriendo a toda prisa tras un globo amarillo.