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Entonces nos ponemos de pie, beso a Bárbara sin dejar de admirar su elegancia y le doy un apretón de manos a Peter, que, insospechadamente bromista, insiste con un chau, Gabriel, ¿Gabriel qué?, y yo bueno, nos vemos pronto, mil gracias, y cuando estoy por trasponer el umbral de la puerta y recobrar la cordura, oigo la voz suave de Bárbara: Gabriel, ven, una cosita más. Yo me detengo, vuelvo tras mis pasos y ella me toma de la mano y dice sonríe, y yo sonrío como un tonto y ella me dice, bajando la voz, con un aire cómplice, no puedes salir así en la tele con los dientes amarillos, y yo ¿están muy amarillos?, y Sofía ay, mamá, déjalo tranquilo, y Bárbara tienes que blanquearte los dientes, ya, urgente, te lo digo yo, que soy tu asesora de imagen, y yo sin sonreír, porque tengo los dientes amarillos, y sin acercarme a ella, porque huelo a cholo, mil gracias, Bárbara, lo voy a hacer, no te preocupes.

Salgo aliviado de esta casa tan linda a la que no pertenezco, pues soy para ellos un cholo oloroso y amarillento, y Sofía me acompaña al auto, me da un beso agradecido y me dice no estuvo tan mal, ¿no?, y yo no, no, ya pasó, y ella mil gracias por venir, no les hagas caso, ellos son así, y yo ¿te parece que debo blanquearme los dientes?, y ella bueno, sí, no te vendría mal, y yo subiendo al auto, con ganas de marcharme, ¿de verdad quieres que estudie filosofía?, y ella me encantaría, pero tú dirás, y nos damos otro beso y salgo manejando a toda velocidad porque el programa comienza en media hora y no tengo idea de lo que voy a decir, sólo sé que no voy a sonreír con estos dientes amarillentos, pienso, mirándome al espejo, disgustado por el rostro asustadizo que me devuelve. Extraño a Sebastián. Después de todo, él siempre me dice que le encanta mi olor.

Sigo extrañándolo. Cuento los días que no viene a verme. Van seis. No me toco pensando en él, porque mi energía sexual, que no es mucha, la dedico toda a Sofía, pero lo extraño cada día más y a veces, cuando estoy haciendo el amor con ella, pienso fugazmente en él, aunque después me siento un canalla. Tal vez por eso, porque lo echo de menos, me provoca ir al teatro a verlo actuar en una obra que acaba de estrenar sobre Rimbaud y Verlaine en la que hace de Rimbaud, con buena crítica y éxito de público. Estoy seguro de que no ha leído una línea de Rimbaud o Verlaine o del periódico siquiera, porque él, siendo un amante delicioso, no cuenta entre sus aficiones la lectura. Sin embargo, no dudo de que estará encantado en el teatro, gimoteando, desgarrándose, hiperventilándose, protagonizando escenas histéricas, todo lo cual le permite dar una imagen de actor serio, comprometido con el arte y al que le duele este país en que nació y sin la menor codicia por el dinero, porque ésas son cosas para espíritus chatos como el mío y él no se rebaja a esa carrera de ratas, él vive para el arte y para acostarse a escondidas con chicos como yo.

Buena falta me hace Sebastián, buena falta me hace un revolcón con él, pero esto no se lo digo a Sofía porque no quiero lastimarla, sólo le digo acerca de ir a verlo al teatro hoy sábado y ella acepta encantada y me pide, si no me molesta, que antes de ir al teatro tomemos un helado con Lucho, su padre, sólo un ratito, media hora nomás, él muere por los helados y ya le dije que lo vamos a invitar, y yo bueno, genial, vayamos a tomar helados con tu papá, ojalá que no me pregunte cuánto gano y me diga que tengo los dientes amarillentos, digo, sarcástico, y ella sonríe y me acaricia el pelo y dice no, no, ya verás que te va a caer bien, es un loco como tú. Muy bien, iremos a tomar helados con su padre, el lunático que volvió de las montañas, y de ahí al teatro a gozar con Sebastián.

Vamos en mi coche nuevo, que es un agrado, y Sofía pone un disco de REM que me fascina, y cantamos Losing my religion y yo me siento tan leve porque he perdido mi religión, a los curas mañosos del Opus Dei y a mis padres fundamentalistas.

Llegamos al edificio donde vive su padre y él nos espera en la calle. Bajo del auto, le doy la mano y él me dice hola y me mira con una intensidad perturbadora, con un brillo de loco bueno y genial. Está vestido de un modo descuidado, con pantalones viejos, sandalias de jebe y una camisa cualquiera, y huele fuerte a tabaco. Se monta en el auto, Sofía baja el volumen y yo me dirijo a la heladería de moda, a pocas cuadras de allí. Espero a que Sofía tome la iniciativa y lleve la conversación, pero no dice nada y su padre tampoco, va en el auto sin decir nada, mirándome con curiosidad, y yo ¿qué tal, Lucho?, ¿todo bien?, y él con una voz nasal ahí, medio jodido, como todos, y yo me río pero él no se ríe, permanece serio, ensimismado.