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Lo miro por el espejo: es un hombre de cara alargada, ojos vivarachos y nariz de gancho que en su juventud debió de ser muy apuesto. Le pregunto ¿extrañas tu casa en el campo?, porque no sé de qué hablarle pero quiero llenar estos silencios tan incómodos, y él sí, claro, esto es una mierda, y entonces comprendo que es un tipo estupendo, que me cae muy bien y que podríamos ser buenos amigos si dejase de fumar, porque ya encendió un cigarrillo y ahora sufro pensando que me va a dejar el auto apestando, pero no le digo nada por amor a Sofía, y ella por suerte se da cuenta y me mira con cariño y le dice papi, mejor bota el cigarro, que a Gabriel le molesta que fumen en su carro, y Lucho, sin hacerse problemas, ah, carajo, no sabía, y ahora veo que con él se habla así, como en la calle, sin remilgos, y entonces aspira una pitada larga y bota el cigarrillo, y yo gracias, Lucho, perdona la molestia, y él no dice nada, se calla, no sé si está molesto, se ve que le gusta ir callado y eso me desconcierta por momentos.

Apenas llegamos, se arma un revuelo en la heladería porque las chicas uniformadas del mostrador, con sus gorros verdes y sus mandiles rojos, me reconocen, se alborotan, me hacen ojitos y se confunden en risas ahogadas y murmullos picaros, mientras los clientes del local, en su mayoría señores barrigones que han sido derrotados por la vida y tal vez intentan olvidarlo, me miran con recelo y antipatía, y las señoras que los acompañan, revestidas de ese aire beatífico que es tan común entre las damas mayores de esta ciudad, me miran con ojos de honda tristeza, como diciéndome ay, pero qué pena, tú que eras la última esperanza blanca para salvar a este país, ¡haciendo ese programa adefesiero, mamarrachento, de calatas y maricas en la televisión, tú que eres hijo de nuestra devota amiga, la supernumeraria del Opus Dei, que no merece la vergüenza de tener un hijo así!

Supernumerarias superlocas, déjenme comer mi helado y no me miren con esas caras de consternación, mírenme como las señoritas uniformadas, que son tan adorables y no me juzgan y al parecer no les molesta la imagen de libertino deslenguado que me esmero en cultivar, pues me sonríen con cariño y me miran muy taimadamente con aire coqueto pero a la vez comedido, sin ignorar que me acompaña Sofía, que pide un helado de chocolate, y su padre, el loco de Lucho, que reclama, con su voz nasal y un tanto áspera, a mí dame puro chocolate, pero sirve sin miedo, pues, métele bastante que estoy con hambre, y cuando toca mi turno pido, muy consciente de la barriga que escondo mal, sólo fresa al agua, por favor, y no en barquillo, en vasito. Luego nos vamos al carro con nuestros helados, ignorando las miradas de censura de los caballeros honorables y sus señoras avinagradas y sintiéndome extrañamente bien con Lucho, que no debería haber abandonado a sus hijos cuando eran niños pero que tuvo el coraje de mandar al diablo a esta ciudad de pacatos, cucufatas y pusilánimes.

En el auto, las ventanas abajo, la música suave en REM, comemos sin apuro, no importa que lleguemos tarde a la función de Sebastián. Estamos disfrutando de los helados cuando Lucho me dice yo no veo tu programa, pero todo el mundo dice que es el deshueve, y lo dice atropelladamente, tan de prisa que no resulta fácil entenderlo. Sofía sonríe porque no ignora que Lucho ha querido decirme que le caigo bien, y yo ¿no ves nada de televisión?, y él, con una franqueza desusada en esta ciudad de embusteros, no, la televisión es una basura, me llega al pincho. Yo me río porque no deja de ser curioso que Lucho hable con tanta crudeza delante de su hija y de mí mismo, que he hecho una carrera en el contenedor de basura que él repudia en términos tan virulentos. Tratando de cambiar de tema y relajar la tensión, le pregunto ¿y a ti qué te gusta hacer, Lucho?, y él me mira como diciéndome no me hagas preguntas tontas, que yo no tendré plata pero tampoco soy un huevón, y luego dice comer helados. Yo no digo nada porque comprendo que es mejor no hablar mucho con este señor, que al parecer no miente y habla a una velocidad alucinante, y él agrega también me gusta pintar, y Sofía sí, pinta increíble.

De pronto Lucho, sin más rodeos, me dice oye, ¿es verdad que eres cabro como dice la gente?, y yo casi me atoro, se me chorrea el helado, me quedo pasmado, y Sofía suelta una carcajada, relajando la tensión del momento, y dice papá, ¿qué dices?, la gente habla un montón de tonterías, y Lucho, al parecer muy divertido, bueno, yo no sé, eso dicen pues, a mí me da igual, yo tengo amigos cabros, no tengo nada contra los cabros, es más, mi hermano menor es medio cabro, sólo que no se atreve a decirlo porque le da miedo la opinión de la gente, debería cagarse en la gente y hacer lo que le dé la gana nomás, y yo saboreo mi helado de fresa y digo bueno, Lucho, la verdad es que me gustaría ser más cabro, pero tu hija me gusta mucho, y él ríe y ella también, y yo siento que he pasado la prueba.

Ahora Lucho baja del carro, de regreso en su edificio, y yo le doy la mano y él gracias, chau, y yo nos vemos pronto, encantado de conocerte, pero él ya se fue, gracias, chau, se fue con su helado y habiendo conocido al cabro de la televisión basura que sale con su hija pero al menos tiene plata para invitarle helados.

Un loco genial tu papá, me cayó muy bien, le digo a Sofía, mientras manejo por el malecón, rumbo al centro de Miraflores, donde presumo que ya comenzó Sebastián a dar sus alaridos desgarrados, y ella sabía que te iba a caer bien, se parece en algo a ti, y yo me quedo pensando que en realidad no nos parecemos mucho, porque yo tengo más entrenamiento en el oficio de mentir, y ella me pregunta ¿te molestó lo de cabro?, y yo, no, para nada, me hizo mucha gracia, sólo me sorprendió que me dijera que todo el mundo piensa eso, y ella no es así, tú sabes que la gente siempre habla estupideces de los famosos, y yo ¿tú crees que soy amanerado?, y ella sorprendida no, para nada, y yo ¿pero tú alguna vez, viéndome en la tele, pensaste que era gay?, y ella no, pensé que eras churrísimo y que quería conocerte, y me da un beso y yo acelero por amor a Sebastián.

Llegamos al teatro, ubicado en una calle muy angosta, refrescada por la brisa que llega del mar, y la función ya ha comenzado pero la señora de la boletería me reconoce, se contenta al verme, me pide un autógrafo para su hija, se niega a cobrarnos y nos hace pasar. Como al parecer desea halagarnos, descorre una cortina y nos hace subir por una escalera. Los voy a acomodar en la mezzanine, para que estén solitos y nadie los moleste, nos dice susurrando. Sofía y yo nos acomodamos en la primera fila de esta mezzanine desierta. Allá abajo está mi ex novio, mi Rimbaud despechado que ya no me quiere, vestido con ropas que parecen de otro tiempo, diciendo unas parrafadas ampulosas, mientras su compañero, el Verlaine esmirriado que lo acompaña, recita sus líneas floridas, ambos muy exagerados, muy sobreactuados, tanto que no les creo nada. Trato de pasarla bien pero siguen recitando una cháchara retorcida y pomposa que me irrita y me hace extrañar a Lucho, que no se las da de hombre culto y te pregunta si eres cabro como los valientes. Entonces le digo a Sofía esto es un plomazo, no entiendo un carajo, y ella sonríe con malicia y me dice sí, Sebastián sobreactúa tanto, es insoportable, y yo sí, gritan como locas histéricas, y dicen un montón de cosas que se han aprendido de memoria y no tienen ni puta idea de lo que significa, y ella se ríe cubriéndose la boca y dice sí, tal cual, esto es un bodrio. Entonces yo la beso y ella se deja besar, se enardece y yo me erizo y nos besamos con pasión.