Выбрать главу

No es justo. Yo quiero a Sofía pero no menos a Sebastián, y necesito la ternura de mi chica y también la de mi novio. ¿Por qué todo tiene que ser tan complicado? Entro al carro, estoy llorando, enciendo la radio y pasan una canción de Sting, If l ever lose my faith in you, que a Sebastián le encanta. Llegando a mi cama, me toco pensando en él y luego le escribo un poema triste a Sofía y estoy a punto de llamarla a Washington y decirle que mejor terminemos, que no puedo vivir sin Sebastián, que será mejor para todos si se queda con Laurent y yo con Sebastián, pero no la llamo porque algo en mí me dice que esta relación torturada con Sebastián no tiene futuro y que Sofía es, en cambio, una promesa de felicidad. No sufras, Gabrielito, que a lo mejor ahora mismo ella está haciendo el amor con Laurent.

Sofía ha regresado de Washington extenuada, como si viniese de una batalla. Dice que ha terminado su relación con Laurent y está triste por eso, porque estuvo muy enamorada de él, vivieron juntos en París, pensaron en casarse y ahora todo se ha acabado y eso le duele aunque tenga ilusión en mí, en nuestro futuro. No fui a buscarla al aeropuerto, la esperé en mi cama y ella llegó con una sonrisa espléndida y la casaca de cuero que le presté para el viaje aunque le quedaba grande. Le he dado los poemas que escribí en su ausencia, la mayor parte escritos en servilletas del café en el que suelo comer, y, luego de entregarme los chocolates que me trajo de regalo, los ha leído con emoción y me ha agradecido con muchos besos. Yo sé que nunca seré un poeta como mi amigo Bolaño, el gran maestro, pero esas líneas inflamadas de nostalgia son una manera de decirle que he pensado en ella, que mi vida en su ausencia es más triste. Sofía lee mis poemas, hacemos el amor, comemos chocolates en la cama y luego me cuenta que los días en Washington fueron de una intensidad brutal y que por eso se desmayó, porque Laurent no la dejaba tranquila, la acosaba, le rogaba que no lo dejase, que se fuera con él a París, y ella tenía que explicarle llorosa que ya no estaba enamorada de él, que no podían seguir juntos, y entonces él se ponía histérico, agresivo, rompía cosas, pateaba las puertas y las paredes, le preguntaba si estaba con otro hombre, y ella mentía, decía que no, que no había nadie más, porque habría sido imprudente hablarle de mí, Laurent es demasiado celoso, y entonces él no entendía nada y trataba de hacerle el amor, pero ella se negaba o al menos eso es lo que me cuenta, quizá cedió, lo que sería muy comprensible después de todo el tiempo que estuvieron juntos como pareja. Por suerte, no compartían el hotel, pues Sofía dormía en el departamento de su hermana Isabel, en Georgetown Park, y Laurent se alojó bastante cerca, en el Four Seasons de la calle M, pero igualmente se veían todos los días.

Yo le pregunto a Sofía si durmieron juntos y ella me dice que no, que él se lo rogaba, le pedía que se quedase a dormir en su hotel aunque no hicieran el amor, pero ella declinaba tan peligrosa invitación y entonces él enloquecía, gritaba obscenidades, rompía floreros y por eso una noche, abrumada por tan desmesuradas presiones, y con unas ojeras de no dormir varias noches, Sofía cayó desmayada. No fue nada serio, no había comido nada en todo el día y me quedé sin fuerzas, me dice cuando le pregunto si la llevaron a una clínica. Seguramente que este francés histérico aprovechó para manosearla mientras quedó inconsciente, el muy cabrón, mal perdedor, patético en sus ruegos y amenazas, pienso, pero no le digo nada, pues Sofía aún lo quiere y está preocupada porque él le ha dicho que si no siguen juntos se matará. Es un cobarde y un infeliz, le digo, indignado, y ella pobre, está pasando por un mal momento, y yo pero no tiene derecho a presionarte de esa manera, es una bajeza decirte que se va a matar si no sigues siendo su novia, ¿qué clase de dentista perdedor se rebajaría a esos niveles de abyección?, ¿no tiene un poquito de amor propio?, y ella, comprensiva, no, tú no lo entiendes, los franceses son así y él me ama, no es tan racional como tú, es más apasionado, y yo siento en sus palabras que todavía lo quiere, pero no me molesta porque la entiendo, cómo no comprender que siga queriendo a ese francés deportista, aventurero, rubio, de cuerpo atlético y mirada soñadora, cuyas fotos ella me enseña con cierta reticencia y yo admiro secretamente.

Es muy guapo, le digo, y ella sí, pero tú más, y yo no creo, no creo, y me quedo pensando por qué será que ya no lo quiere. Sofía dice que se aburrió, que no lo admiraba intelectualmente, que la rutina de Laurent era simple y tediosa, todos los días al consultorio y en las noches salir a cenar y luego follar como un guerrero y los fines de semana subir al auto deportivo y manejar al campo. Sofía me dice que se aburrió de hacer el amor con él, que ya no lo aguantaba, no soportaba su olor, su cuerpo, sus exigencias desaforadas, su insaciable apetito sexual. Las últimas veces que hicimos el amor, me daba náuseas, lo rechazaba, me confiesa. Por otra parte, me cuenta que su hermana Isabel no pasa por un buen momento, pues está divorciándose de Fabrizio, un italiano muy rico y con aires de aristócrata que nunca le hacía el amor y la tenía abandonada en Washington mientras viajaba con sospechosa frecuencia y que ahora se ha mudado a Río de Janeiro, huyendo al parecer de ciertos problemas tributarios en Estados Unidos y, esto no me lo dice pero lo sospecho, tal vez porque se habrá enamorado de un jovencito brasilero, pues de otro modo no me explico, siendo tan linda Isabel, cuyas fotos he visto con admiración, que no quisiera hacerle el amor y la abandonase en Washington sin darle una explicación, dejándole el departamento en Georgetown Park, que no baja del millón, apunta Sofía, siempre atenta a esos detalles, y el Mercedes de lujo en el que las hermanas iban a tomar el té en el hotel Four Seasons.