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Le pregunto si cree que Fabrizio es gay en el clóset y me dice que no le sorprendería, que no es afeminado pero que no parece tener un interés por las mujeres, con lo cual, añade, es gay o simplemente asexuado, pero yo le digo que esto último no creo que exista, que todos tenemos deseos, pulsiones, apetitos y fantasías sexuales, sólo que algunos se resignan a reprimirlas y eso les da una apariencia de asexuados, pero no porque carezcan de unos deseos, sino porque los sofocan y los ahogan. Mientras Sofía toma una ducha, me pregunto por qué las dos hermanas habrán tenido la debilidad de enamorarse de Fabrizio y de mí, que somos bisexuales en el mejor de los casos y gays en el peor, en el peor de los casos para ellas, digo. Será porque son mujeres muy sensibles, que buscan hombres con una ternura femenina; o porque tuvieron un padre ausente que las abandonó y fue duro con ellas; o porque crecieron con una madre mandona, egoísta y caprichosa, que no supo darles amor propio; o simplemente porque tuvieron mala suerte o poco criterio para elegir novio.

Del hermano mayor de Sofía, Francisco, no sé mucho, con excepción de las fotos que he visto de paso, en las que siempre aparece rechoncho, cachetón y con anteojos gruesos. Es un joven estudioso con aires de nerd, que ha tenido novias de paso y ahora está en Boston estudiando una maestría de negocios y viviendo con una peruana de familia muy tradicional, Belén Pardo, que era muy amiga de mis hermanas y, hasta donde recuerdo, un encanto y muy guapa, como sus seis hermanas, que causaban alborotos adonde iban porque no había chicas más lindas en Lima que ellas seis, nada menos que seis hermanas Pardo, espléndidas todas y acechadas por los muchachos más apuestos de la ciudad. Yo, por cierto, no soy uno de esos chicos, yo soy bisexual, me gusta acostarme con hombres, pero no le he mentido a Sofía, ella lo sabe y me comprende, y no le molesta porque sabe que ante todo la amo. No soy un canalla como Fabrizio, porque mi chica sabe quién soy, sabe que me encanta hacer el amor con ella y que jamás la dejaría sin darle al menos una explicación.

Ahora Sofía sale de la ducha, se viste de prisa, me da un beso apurado y se va corriendo a visitar a Lucho, su padre, a quien llamó desde Washington y, según me cuenta, sintió mal, raro, deprimido, al parecer ha dejado de tomar las pastillas que le ha recetado la psiquiatra y está más alterado que de costumbre, tengo que verlo, tengo la corazonada de que algo está mal con él, me dice, y se va apurada. Yo tampoco pierdo tiempo porque tengo que correr a la televisión. Me doy una ducha rápida en agua fría, porque la poca agua caliente ya la consumió Sofía, y visto el terno de siempre, el único traje azul que me compré en Fort Lauderdale y que aguanta gallardamente cada noche de carnaval barato en la televisión.

Me subo al Volvo, disparo el volumen en REM y me dirijo al canal por el zanjón, esa horrenda hendidura de asfalto que parte la ciudad en dos y parece un río seco, atestado de autos desvencijados que expelen humos negruzcos, un espanto de ciudad es la que me ha tocado, ya falta poco para terminar mi contrato y salir corriendo. Cumplo con la euforia esperada mi papel de bufón, agitador de escándalos, exhibicionista y provocador en una hora de televisión que me permite vivir muy cómodamente en Lima y no hacer nada útil las veintitrés horas restantes, ni siquiera visitar a mis padres, que me deprimen, ni ir al gimnasio, que es un agobio porque todos tienen cuerpos mejores que el mío, ni meterme al cine, llenas de pulgas todas las salas, ni pasear por la ciudad, que es dantesca, sólo acuartelarme en mi pequeño bunker privado, una inmundicia porque nadie viene a limpiarlo, y leer los periódicos, los serios y los canallescos, y luego alguna novela.

Fuera de eso, no hago nada, tampoco escribo, cosa que Sofía me reprocha diciéndome que no tengo excusas, que si de verdad quisiera, lo haría en un cuaderno, a mano, pero no diría que no tengo computadora y que por eso no escribo. Soy un pusilánime. Al menos en la televisión no doy esa imagen de zángano, allí finjo ser emprendedor, audaz, lleno de vitalidad y picardía, lo que es una impostura, pues sólo me mueve una codicia rampante para cobrar el dinero malhadado que me procura esa caja boba, llena de mitómanos y egomaníacos como yo. Cuando estoy saliendo del canal, Sofía me llama al celular y dice llorosa que está en la clínica San Felipe, que su papá está mal, que, por favor, vaya corriendo a acompañarla. En cinco minutos estoy allá, espérame, le digo, y acelero por la avenida Salaverry, que bordea interminables cuarteles militares, casas de estudio militares -como si fuese posible que los militares pudiesen aprender algo- y estatuas de próceres militares.

Me abruma que la vida de este país esté dominada por militares que me recuerdan a mi padre. Llego a la clínica, estaciono mal pero no importa, entro de prisa, llamo a Sofía al celular, me dice dónde está, subo dos pisos por la escalera, vaya que huele mal esta clínica, parece la escalera del estadio nacional, que despide el olor del ácido úrico reseco de miles de peruanos en medio siglo de fútbol paupérrimo, y encuentro por fin a Sofía, sola, llorosa, descompuesta, sentada en una banca. ¿Qué pasó?, le pregunto, y ella me abraza y llora y no dice nada. ¿Qué ha pasado?, insisto, y ella me dice mi papá, y yo temo lo peor y espero a que me diga algo más, pero ella no puede hablar, está agitada por el llanto y la emoción contenida que ahora la desborda. No me atrevo a preguntarle si ha muerto. Ella me dice trató de suicidarse, y yo me quedo perplejo, sin saber qué decir, y pregunto ¿está muy mal?, y ella no sé, lo han dormido, llegué al departamento y no lo encontré, y el llanto la interrumpe, se abraza a mí, por suerte estamos solos a medianoche en este pasillo desangelado, y yo ¿qué hizo?, y ella se cortó, se cortó los brazos, lo encontré sangrando en la azotea del edificio, estaba loco, quería tirarse, y yo Dios mío, pobre mi amor, ¿y qué hiciste?, y ella le hablé, traté de calmarlo, pero estaba loco, no me escuchaba, decía cosas absurdas, y trató de saltar pero yo lo agarré y no lo dejé, fue horrible. Sofía llora desconsolada porque no sólo le tocó un padre que la abandonó cuando era niña, sino que además quiso abandonarla esta noche saltando por la azotea del edificio, pero ella tuvo el coraje de impedírselo, de retenerlo y abrazarlo y decirle que lo quería mucho, que no podía irse y dejarla una vez más.

Sofía llora y yo con ella, y le digo te amo, nunca te voy a abandonar, eres la mujer más noble y buena del mundo, y ella se recuesta en mi hombro y me dice no sé qué haría sin ti, y yo siento que nunca he amado a nadie como a esta mujer tan noble que acaba de salvar la vida a su padre.