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El tipo guarda silencio, medita su respuesta, mide sus intereses y sus conveniencias. De ninguna manera puedes salir mañana hablando mal del golpe y jodiendo al chino, me dice. Sería un suicidio para ti y para mí. A mí me quitarían el canal. Y a ti podrían meterte preso. Me quedo frío, el coraje nunca fue una de mis virtudes. ¿Preso?, digo, incrédulo. Sí, confirma él, con voz sombría. He visto una lista de periodistas de oposición que podrían ser detenidos en cualquier momento y tú estás en esa lista. Sería una locura hacer el programa mañana contra el chino. Si sales, tendrías que hacerte el loco y no decir nada y hacer tus jodas de siempre, tus pendejadas, tus picardías que le gustan a la gente, pero sin meterte para nada con el gobierno, sin tocarle un pelo al chino, porque ahí sí que nos jodemos, y tú vas preso y a mi me quitan el canal.

Las cosas están claras, no puedo hacerme el despistado y salir en la televisión sin condenar el golpe, sin hacer gala de la irreverencia que el público espera de mí. Si me callo, me dejo intimidar, me hago el tonto y no digo nada, ni una broma siquiera contra el japonés felón, perderé mi fama de rebelde e irreverente. Entonces mejor no hacemos programa mañana y así todos contentos, digo. Porque si salgo, voy a decir lo que pienso, no voy a poder callarme, tú sabes cómo soy en la tele, agrego. Mi amigo, el empresario, listo como de costumbre, no lo duda: Sí, lo mejor es que no hagas el programa por ahora, tómate unas vacaciones, ándate de viaje y después hablamos según cómo vayan las cosas. Yo escucho esa decisión con júbilo. Perfecto, de acuerdo -me apresuro-. No hacemos más el programa y me voy a Miami mañana mismo y el contrato queda anulado, ¿de acuerdo? y él, firme: Sí, mejor así, va a ser una locura que salgas mañana en tu programa, vas a decir un montón de barbaridades y nos vamos a meter en un problemón del carajo. Arráncate a Miami, no digas nada y hablamos allá en unas semanas -me aconseja-. Pero eso sí -añade-: no hagas una sola declaración antes de irte, ándate calladito porque si te metes con el chino, te van a joder, vas a ir preso. No te preocupes, me voy calladito, que no tengo vocación de mártir, le digo. Nos vemos en Miami, me dice aliviado, y yo, muy contento, pues siento que estoy recobrando mi libertad, nos vemos en Miami, y gracias por la confianza.

Dejo el celular, apago la televisión y abrazo a Sofía. Me voy mañana en el primer vuelo a Miami, le digo. Tienes que irte, me dice, con una mirada llena de ternura. Vámonos juntos, la animo. No, yo me quedo, anda tú primero, yo ordeno mis cosas y voy después, lo importante es que te vayas de acá cuanto antes. Ya no alcanzo a llegar al vuelo de esta noche, tendré que irme mañana en la noche, digo. No voy a salir del departamento. No voy a contestar el teléfono. Mañana me quedaré encerrado acá y con suerte me iré para siempre. Sofía está asustada pero también ilusionada. Cree que no tendré problemas en tomar el avión, porque no soy un enemigo encarnizado del presidente, sólo un periodista risueño que a menudo se burla de él en la televisión. Si no dices nada y te subes al avión, no te van a hacer problemas -opina, exasperada como yo por los eventos de esa noche-. Pero si te haces el valiente y sales en tu programa y le das con palo al chino, te vas a joder, porque él ahorita tiene que demostrar que no le aguanta pulgas a nadie, y además, la gente apoya el golpe.

Es cierto, la mayor parte de los peruanos, asustados por el avance del terrorismo, apoya el golpe del felón y su camarilla militar. Sofía ha hablado por teléfono con Bárbara y con Peter, y ambos apoyan resueltamente la conspiración. Mis padres, a quienes he llamado por curiosidad, me han dicho lo mismo, que en buena hora el presidente ha tenido los pantalones de cerrar el Congreso y mandar a su casa a los legisladores. Este país de ignorantes sólo se arregla con mano dura -dice mi madre-. Mano dura es lo que nos hace tanta falta.

Claro, mi madre adora la mano dura, por algo es militante del Opus Dei. Mi padre, por su parte, que suele alegrarse cuando ve salir a los militares de sus cuarteles, pues considera que deberían gobernar este país como lo hizo Pinochet en Chile, está encantado con el discurso del mandón de turno: Me saco el sombrero por lo que ha hecho el chino, hay que tener cojones para gobernar este país, ahora si se van a arreglar las cosas, el Parlamento no lo dejaba gobernar, estaban jodiéndole la vida, bueno, que se dejen de joder, que les metan palo, que los bañen con el rochabas, yo apoyo ciento por ciento al chino, hay que gobernar con los militares, es la única manera de ganarle al terrorismo y poner orden.

No conviene discutir con ellos, sólo escucho sus opiniones y recuerdo con melancolía que ellos naturalmente defienden lo que siempre han encarnado: la prepotencia, la intolerancia, el triunfo de la fuerza sobre la razón. Porque mi padre no sabe razonar o discutir serenamente, siempre se impone a gritos y a manazos, y mi madre no es menos intransigente, ejerce su poder con un dogmatismo y una intolerancia dignas de una satrapía africana. No es casual entonces que se alegren cuando un felón pervierte la democracia e instaura una dictadura. ¿Cómo podrían ellos, un golpista de toda la vida y una ayatollah religiosa, creer en las virtudes de la tolerancia? Imposible. Estoy en la familia equivocada, en el país equivocado, en el trabajo equivocado, ¿con la mujer equivocada, porque debería volver con Sebastián y no aferrarme a la superstición de que podré ser un hombre cabal? No: Sofía es la mujer de mi vida y no la voy a perder. Me iré a Miami y pronto nos reuniremos allá.

Al día siguiente, no me muevo del departamento ni contesto el teléfono, sólo me dedico a hacer maletas y preparar el viaje, la esperada partida a la libertad. Antes de salir, hago el amor con Sofía, lloramos abrazados y le digo te amo como nunca amé a nadie, lo mejor está por venir, te espero allá. Ella me promete que venderá todas mis cosas -el departamento, el auto, el televisor, los teléfonos, la lavadora y secadora, el equipo de música, los muebles, todo lo que pueda vender, absolutamente todo, incluso mis corbatas usadas a los ropavejeros que deambulan por los alrededores de la clínica Americana-, y yo le agradezco porque no pienso volver en mucho tiempo a esta ciudad envenenada y pérfida.

Ahora Sofía me lleva al aeropuerto en mi Volvo. Vamos en silencio. Tengo miedo de que me detengan en los controles migratorios y me impidan viajar, pero no digo nada y ella tampoco. No bajes del carro, nos despedimos acá, le digo, llegando al aeropuerto. Nos besamos largamente. Me conmueve la nobleza de su mirada, no puedo evitar llorar, sentir que sin ella y Sebastián voy a estar perdido, que los voy a extrañar miserablemente. Te amo, le digo, y me voy llorando.

Dos horas después, el avión despega haciendo un estruendo. Miro el perfil pobremente iluminado de la ciudad. No pienso volver más a este arenal. Juro por lo poco que me queda de dignidad que no volveré a vivir en esta ciudad, que sólo volveré cuando haya publicado una novela y que seré un escritor y escupiré sobre este páramo hediondo.