Miami me ha recibido con más calor del que esperaba en abril. He pasado las primeras noches en el hotel Hampton de la avenida Brickell, que es barato y bien ubicado, y luego he alquilado un apartamento en un edificio nuevo, a pocas cuadras del hotel, en el número 550 de la avenida Brickell. En el auto que también he arrendado, he ido a comprar a regañadientes -porque detesto ir al centro comercial de Da-deland- las cosas mínimas para estar cómodo, es decir, una cama, una mesa, un teléfono y un televisor. Una vez instalado, no hago nada. Paso los días durmiendo, hablando por teléfono con Sofía, saliendo a correr por el vecindario y comiendo en los cafés cercanos. No quiero salir más en televisión. Me han llamado de un canal en español, ofreciéndome un programa de entrevistas, pero he sido evasivo y no he querido comprometerme porque no deseo seguir esclavizado a la televisión, prefiero esperar a Sofía y luego viajar adonde ella decida.
Mi rutina es de una pereza deliciosa: me mantengo en forma, duermo diez horas, hago una dieta sana y curiosamente no extraño a nadie, a Sebastián ni a Sofía, ni mucho menos a mis padres. Soy extrañamente feliz viviendo solo en este pequeño escondrijo mal amueblado, sin trabajo ni ocupación conocida, esperando las once y media de la noche para ver el programa de Letterman, que me hace reír mucho. El calor es agobiante, pero a todo se acostumbra uno. Me molesta el aire acondicionado, me irrita la garganta y me provoca dolores de cabeza, aunque más me molesta sudar cuando lo apago y trato de sobrevivir abriendo las ventanas y exponiéndome al aire sofocante de esta ciudad.
Sofía vendrá en unas semanas. De momento, está dedicada a vender mis cosas en Lima. Por lo demás, ya decidió estudiar en Georgetown. Celebro su decisión. La universidad de Ginebra no le parece una buena idea porque Laurent estaría muy cerca. Washington nos conviene más, dado que ella es ciudadana de Estados Unidos y yo estaré más cómodo en esa ciudad. Todo está saliendo razonablemente bien. Animado por ella, hago unas gestiones ante la Universidad de Georgetown y consigo que me admitan en los cursos de inglés que comenzarán en agosto, cuando empiece su maestría. Qué vergüenza, ella estudiará un postgrado en ciencias políticas, y yo, ¡Inglés como segunda lengua! No es que no pueda hablar ese idioma, sé hablarlo con algún decoro, aunque bastante peor que Sofía, que lo habla con envidiable fluidez, pero, si quiero estudiar en Georgetown, como ella desea, haría bien en desempolvar mi inglés macarrónico y hacerme a la rutina de la vida universitaria, que abandoné con euforia cocainómana años atrás.
Todo está bien en Miami, mis días son una fiesta de libertad y holgazanería. Todo está bien menos mi vida sexual, que ha entrado en franca decadencia, a falta de Sofía y Sebastián, y se limita a tocarme en las noches pensando en él, en ella, en ellos. Duermo mejor si me masturbo y termino a gritos, perturbando seguramente al vecino. Para despertar del letargo que se ha instalado en mi vida amorosa, llamo a Sebastián y le ruego que venga: Te extraño, vente unos días secretamente, sin que nadie se entere allá, y quédate en mi depa, y hagamos el amor como antes, como al comienzo, cuando nos enamoramos, pero él, con una voz muy seria, me dice no quiero verte, quiero dejarte atrás, me haces daño, por favor, no me llames más y olvídate de mí, que lo nuestro se ha terminado. Luego cuelga y me deja triste, sin poder entender por qué se permite estos exabruptos, por qué se ha ensañado conmigo desde que empecé a salir con la chica que me presentó en el Nirvana.
Te jodiste, Sebastián, ahora me iré despechado a South Beach y buscaré en otros hombres el amor que tú, mezquino, me niegas. No es cosa de ponerse muy atildado, pues detesto las ropas ajustadas y los productos químicos en el pelo, sólo es cuestión de recorrer el afiebrado circuito de la noche gay y, tomando las debidas precauciones, irme a la cama con un hombre que sepa amar con ternura.
Aunque parece fácil, no lo es: las discotecas, llenas de gente tonta y vulgar, me aturden, dejan apestando a humo y odiando a los fumadores, y me recuerdan el tiempo en que fui un drogadicto, pues en sus baños la gente se droga con descaro y, además, me reducen a un pedazo de carne adiposa -es obvio que no estoy en condiciones de bailar con el torso desnudo, como esos chicos lindos, de admirable musculatura, a los que, por pura envidia, encuentro idiotas- en aquellos mercadillos de carne fresca de los que me marcho disgustado, jurando no volver. Prefiero tocarme en mi cama, desintoxicado, lejos de las drogas, sin soportar el asedio de los viejos libidinosos con miradas de hienas y chacales. No puedo estar bien sin un hombre que me ame ocasionalmente, pero tampoco quiero ser una loca escandalosa, chillona, desesperada, putísima, rogando por una verga enhiesta.
Una noche, paseando por Lincoln Road, entro en un café con aire francés y me atiende un camarero muy guapo, francés, que extrañamente huele bien, y no tardamos en mirarnos con interés y curiosidad. Espero a que termine su turno a las once de la noche, lo subo en mi auto y lo llevo de prisa, sin darle tiempo a que se arrepienta, a un hotel cercano, el National, en la avenida Collins. Francois, que así se llama, es un chico alto, delgado, con ojos de gato y manos de pianista, se desnuda con una facilidad asombrosa, se echa en la cama y me espera. Yo me quito la ropa, me echo en la cama y lo espero. Está claro que él quiere que se la meta y yo también quiero que me la meta. Estamos los dos echados, besándonos, y nadie toma la iniciativa.
Entonces me pide que se la meta, pero yo declino cordialmente y le digo que no me apetece, que es mucho estrés porque hay que usar cremas, lubricantes, preservativos, toda una operación que me abruma y me disgusta. Yo le sugiero que me haga el amor, pero él también declina cordialmente, porque, me explica decepcionado, es sólo pasivo, no puede ser activo. Entonces yo le digo bueno, se ve que no somos lesbianas, no hay mucho futuro entre nosotros, casi mejor si cada uno se toca y ya.
Luego nos tocamos mientras Francois me cuenta que está pensando en el marroquí que se lo cogía en los baños de la universidad, y yo me consuelo con el recuerdo pálido de Sebastián. Cuando terminamos, cada uno se va a su casa y trato de olvidar tan desafortunado encuentro. Irritado porque Sebastián insiste en no hablarme, dispuesto a vengar tan innoble afrenta, decido subirme a un avión a Nueva York y buscar a Geoff, a quien conocí en Manhattan paseando por el Museo de Arte Moderno, donde trabajaba como guía y repartidor de folletos informativos. Desde entonces nos hicimos amigos. No nos hemos acostado, no todavía, pero cuando hablamos por teléfono nos excitamos diciéndonos las cosas que nos gustaría hacer cuando estemos juntos. Geoff no es demasiado guapo, es flaco y tiene una voz afeminada, lo que a veces me disgusta, pero está siempre caliente y con ganas de hacer travesuras. Dice que es bisexual y yo no sé si creerle, porque ahora todos dicen que son bisexuales y nadie se acuesta con una mujer, aunque Geoff jura que tiene una amante en Manhattan, una cubana, Grettel, que estudia arte y quiere ser pintora.
Geoff no me cree cuando le digo que me he acostado con varias mujeres y sólo con un hombre, Sebastián. No me cree porque ya tengo veintisiete años, cinco más que él, pero yo le digo que es verdad, que no tendría por qué mentirle, que Sebastián es el único hombre que he amado, sin contar por supuesto a mi urólogo, el doctor Ramírez, que atiende al lado de la clínica Americana y me hace unos tactos rectales tan delicados que ¡cómo podría no amarlo!
Geoff me recibe contento, excitado, más guapo de lo que recordaba y más flaco también. Salimos a cenar y después volvemos a su departamento, donde acaba pasando lo que tenía que pasar, es decir, me hace el amor con una ternura, una paciencia y una destreza que nunca, y no lo digo por despecho, tuvo Sebastián conmigo. Luego se duerme sin demora y ronca toda la noche, lo que me impide conciliar el sueño. A la mañana siguiente, va a trabajar al museo y recién entonces consigo dormir profundamente. Cuando vuelve del trabajo, no salimos. Sólo nos interesa hacer el amor y conversar en la cama. Tras un fin de semana de mucho sexo, nos despedimos llorando en La Guardia, prometiéndonos un encuentro en Miami, y vuelvo entonces a mi departamento de Brickell sintiéndome un puto y un canalla: un puto porque ahora son dos los hombres con los que me he acostado y un canalla porque Sofía estaba en Lima vendiendo mis cosas mientras yo hacía el amor con Geoff.