Cuando he visto toda la cartelera y empiezo a desarrollar una fobia pertinaz contra los fumadores, Sofía me anuncia que está lista para viajar y decido volver a Miami. Álvaro me despide con cariño y yo me alegro de volver a Miami, donde casi nadie fuma, hay una brisa fresca que viene del mar y me encontraré muy pronto con la mujer que amo. Sin embargo, apenas llego a Miami y sufro el calor agobiante, echo de menos caminar por las calles de Madrid, tomar el metro, entrar a museos y librerías. Acá me siento en una jungla espesa y bárbara, llena de mosquitos, iguanas y lagartijas. Exhausto y abatido, llego a mi departamento y me doy una ducha llorando porque no sé adonde ir, no sé cuál es mi lugar en el mundo, no puede ser Miami, porque acá no se puede caminar por la calle, y tampoco Madrid, pues todo el mundo fuma. No me queda sino confiar en que Sofía me revele el lugar en que estaré bien, no me queda sino esperarla y seguirla. Mientras tanto, me consuelo riendo con Letterman, mi mejor amigo aunque él no lo sepa, y extrañando a mis chicos, los que dejé o me dejaron, Sebastián y Geoff, y llorando con Sofía en el teléfono mientras le prometo, como le escribía en las cartas desde Madrid, que todos mis besos, todos, son para ti, mi amor. Unos días después, Sofía llega a Miami y yo la espero en el aeropuerto y quedo arrobado al verla tan guapa y elegante, empujando el carro de las maletas. La abrazo, me recuesto en su cuello y siento cuánto me quiere. Comprendo entonces que es allí donde quiero estar, donde mejor me siento, entre sus brazos.
Manejo de prisa al apartamento y al llegar hacemos el amor con una pasión que había olvidado y, amándola en mi cama, no pienso en ningún hombre, sólo me pierdo en su belleza y en su mirada y en sus jadeos. Luego nos vamos a cenar al restaurante de Gloria y Emilio Estefan en la calle Ocean Drive y al terminar, no sé por qué, me invade una tristeza extraña, inexplicable. Tal vez por eso le pido que caminemos por la playa. Es de noche y ella me acompaña encantada. Nos sentamos en la arena, contemplando el mar manso cuya quietud es sólo alterada ocasionalmente por los pobres balseros que huyen del sátrapa. Sofía está contenta y me lo dice, presiente que seremos felices en Washington, ella estudiando y yo escribiendo. De pronto estoy llorando, y ella ¿qué te pasa, por qué lloras?, y yo porque no sé si voy a poder ser feliz contigo, y ella ¿por qué?, y yo porque me gustan mucho los hombres, porque a veces necesito estar con un hombre, y ella yo entiendo eso, no te preocupes, poco a poco vas a ir dejando eso atrás, no hay apuro, y yo, lloroso, pero es que no sé si voy a poder cambiar, mi amor, y tú estás segura de que sí y yo creo que no, que siempre me van a gustar los hombres.
Ella se queda en silencio, no dice nada, y me siento un tonto por haberla lastimado, y yo ¿estás bien?, y ella sí, pero no, no está bien, y yo tú sabes que te amo, y ella yo también te amo, te amo como nunca he querido a nadie, y no quiero perderte, y yo pero qué coño hago con los hombres, porque no quiero mentirte, no quiero decirte que voy a poder cambiar, que no me van a gustar más, me sentiría un farsante, un cabrón, porque yo creo que a veces va a ser inevitable que quiera estar sexualmente con un hombre, por eso me escapé para estar con Geoff, no por amor, sino porque tenía una necesidad, ¿me entiendes?, y ella sí, te entiendo, pero ¿no te basta estar conmigo?, ¿no eres feliz cuando estamos juntos?, ¿igual necesitas estar con un hombre?, y yo sí soy feliz contigo, y sí me encanta hacerte el amor, pero a veces mi cuerpo me pide otras cosas, otras sensaciones, y estar con un hombre es algo distinto, no digo mejor ni más lindo ni más placentero, pero distinto, y hay una parte de mí que me lo pide, y si lo niego y te miento, todo será peor y lo nuestro se irá a la mierda, por eso estoy llorando, porque te quiero y no quiero mentirte, y ella me abraza y me besa y me dice por eso te quiero tanto, porque no me mientes, pero no te preocupes por el futuro, pasará lo que tenga que pasar y yo te quiero igual, no te quedes en Miami, esta ciudad no es para ti, y no vuelvas a la televisión, que te vas a arrepentir, vámonos a Washington y siéntate a escribir por fin y haz lo que quieras, yo te amo y tú lo sabes, yo quiero que seas feliz, y si un día me dices que quieres estar con un chico, yo te llevaré a la mejor discoteca gay de la ciudad y te ayudaré a encontrar al chico más lindo, al que te haga más feliz, y yo la abrazo, la beso y la amo con desesperación, eres la mujer más genial y adorable del mundo, por eso te quiero tanto, porque siento que me entiendes como nadie y me quieres incondicionalmente, y lloramos abrazados y ella ¿vas a venir conmigo a Washington?, y yo claro, por supuesto, y vamos a ser muy felices y te juro que nunca te voy a mentir, y si necesito estar con un hombre te lo diré y tú serás mi cómplice, mi amante y mi mejor amiga, y ella suena bien, creo que es un buen acuerdo, ya verás que todo saldrá bien, pero eso sí, nunca más me hagas lo que me hiciste con Geoff, no me mientas, no me trates como a una tonta, no me digas que estás en un lugar cuando estás en otro, dime siempre la verdad que yo no puedo dejar de quererte, y yo, los ojos llorosos, mi rostro en su pecho, enterrados mis pies en la arena, te prometo que nunca más te voy a mentir, y perdóname por eso, fue sólo una aventura tonta, y ella ¿pero al menos valió la pena?, y yo no, porque te hice llorar, y ella pero ya estoy hecha a esa idea, tú has venido a mi vida para hacerme muy feliz y para hacerme llorar mucho, y por eso te amo.
Luego regresamos callados al departamento, oyendo en el auto Tears in heaven, la canción que Clapton canta en memoria de su hijo Connor, que murió al caer del piso cincuenta y tres de un rascacielos en Manhattan.
Cuando llegamos a casa, hacemos el amor con una pasión inolvidable. Al terminar, lloro en su pecho y le digo nunca he sido tan feliz como esta noche contigo llorando en la playa y ahora acá, en tu pecho.
Isabel, la hermana de Sofía, ha viajado a Río para discutir su divorcio con Fabrizio, dejando desocupado su departamento en Washington, que según Sofía es precioso, digno de verse, ubicado en el corazón de Georgetown, al lado del centro comercial más exclusivo del barrio. Sofía me anima para aprovechar que el departamento está vacío, a nuestra disposición, y viajar unos días a Washington y, dado que faltan pocas semanas para que comience su maestría y mi curso de inglés, alquilar un lugar en el cual podamos instalarnos en agosto, cuando nos mudemos a esa ciudad. Yo aún tengo dudas: ¿me atreveré a mudarme, a vivir con ella, volver a la universidad y escribir la novela? ¿O me vencerá el miedo y volveré derrotado a Lima a seguir sonriendo sin ganas en la televisión? Aburrido de la vida previsible en Miami -desayunar veinte uvas contándolas, leer como un viejo jubilado los periódicos en inglés, ir al cine en las primeras funciones, que son las más baratas, ver el programa de Letterman comiendo helados de chocolate, correr con Sofía cuando cede el calor, al final de la tarde-, celebro la idea de pasar unos días en Washington, ciudad que aún no conozco, y alojarnos en el departamento de Isabel, quien ha tenido la gentileza de ofrecérnoslo mientras dure su viaje a Río.
Desde el avión, oteando el horizonte boscoso de la ciudad, el río marrón que la divide, la imponente arquitectura de la universidad que nos espera, comprendo que ésta es una ciudad digna de ser llamada así, a diferencia de Miami, que es sólo un pueblo. Sofía sonríe al ver el júbilo contenido con que contemplo la ciudad desde el avión. Sabía que te gustaría, vas a ser muy feliz acá, Miami no es para ti, me dice, tomándome de la mano, ya en el taxi. Siendo un peruano familiarizado con el caos y la inmundicia, quedo pasmado al ver tanto orden, tanta belleza. El departamento de Isabel es hermoso, lleno de detalles exquisitos y decorado con el mejor gusto. Lo primero que llama mi atención son las fotos: a pesar de que está divorciándose, no las ha retirado todavía. Enmarcadas en plata, siguen allí, en una mesa de la sala, las fotos de su boda con Fabrizio, de la luna de miel, de los viajes a esquiar, de los momentos felices que vivieron esos tres años que estuvieron casados. Fabrizio es atractivo, con un aire misterioso, como si sus ojos marrones escondieran secretos turbios que su esposa ignoraba al casarse y nunca sabrá, pero no llega a ser un hombre guapo y ciertamente no parece contento, porque, aunque sonríe, una sombra de tristeza se cierne sobre su rostro. Isabel es muy linda, con el pelo marrón ensortijado, unos ojazos vivarachos y traviesa la sonrisa, y uno advierte en seguida que ella no vio venir la infelicidad, que se casó enamorada y engañada y sin saber quién era realmente ese hombre de mirada esquiva y aire taciturno, que, sospecho, bien podría ser un gay en el clóset. Me quedo un rato mirando las fotos, examinando cada expresión de ese italiano que, según me cuenta Sofía, es un tipo encantador, muy refinado, pero al mismo tiempo enigmático, indescifrable.