No lo hemos alquilado, en honor a la verdad: lo arrendó ella sola, sin que yo hiciera otra cosa que quejarme. Pero Sofía es así, fuerte y combativa, y el huracán no ha destruido sus reservas de humor, y se ríe por eso de todo, de que el televisor esté roto y una lagartija corra por la alfombra y los mosquitos se enseñoreen en la casa y yo tenga que echarme un aerosol repelente en todo el cuerpo y me confunda a la hora de usar desodorante y termine echándome el aerosol contra insectos en las axilas, y ella riéndose a carcajadas de mi torpeza. El edificio ha quedado en un estado calamitoso, casi todas las ventanas rotas, las sillas, los colchones, las sábanas y toda clase de mobiliario desperdigado en el estacionamiento, en el jardín, al lado de la piscina. Nadie duerme en este edificio, sólo nosotros, los valientes que desafiamos a la policía y ahora pagamos cara aquella imprudencia, porque no podemos salir en automóvil, pues la calle sigue cerrada, aunque ya las cuadrillas de trabajadores comienzan a desbloquearla, cortando árboles caídos, retirando los postes y los cables de luz que se han desplomado sobre la pista, allanando con dificultad el camino.
Tan pronto como Brickell quede abierta, nos vamos, digo. Apestamos. Apesto yo, en realidad, porque Sofía siempre huele bien. No puedo bañarme, salvo que quiera meterme al agua verdosa con los sapos de la piscina. Me resigno a echarme desodorante y colonia varias veces al día, pero eso no mejora las cosas. Si me quieres así como estoy, toda cochina y sudada, es que me quieres de verdad, dice Sofía con una sonrisa estupenda. Yo no puedo querer a nadie cuando estoy con hambre y sueño; sin embargo, a ella la quiero aun así, y celebro que me acompañe en este momento desgraciado.
Salimos a caminar como zombis cuando el hambre acecha y todos los comercios siguen cerrados, no hay dónde conseguir comida, y yo me siento un idiota por no habernos aprovisionado de alimentos antes del huracán, como hizo la gente previsora que confió en los meteorólogos, hasta que por fin, exhaustos, bañados en sudor, hallamos un cafetín grasoso que está abierto y que ofrece cafés y medialunas frías de jamón y queso. Todavía me queda dinero en efectivo, lo que es una suerte, porque nadie acepta tarjetas de crédito, los bancos no funcionan y las máquinas para sacar dinero tampoco. Comemos al final de la tarde, volvemos al edificio ruinoso y le digo a Sofía es como si Miami se hubiese convertido de pronto en La Habana, no hay comida, no hay luz ni agua, no puedes hablar por teléfono, tienes que caminar para movilizarte, ¡extraño Lima! Sofía me calma y me dice que en Washington estaremos bien, que ya falta poco.
También falta poco, recuerdo en silencio, para que mi organismo digiera los cuatro emparedados llenos de mayonesa que he deglutido con violencia, y entonces tendré que ir al baño, ¿a qué baño, al inodoro del departamento, que no podemos jalar porque no hay agua? No: tendré que ir sigilosamente a algún rincón del jardín, esconderme tras los arbustos y los matorrales, con un de papel higiénico, y cagar como los perros. Yo, que antes era una estrella de la televisión de mi país, ahora ando defecando a la sombra de una palmera. El amor y el huracán han destruido mi vida. Ahora soy un náufrago, un sobreviviente, un hombre cansado y apestoso que no tiene dónde dormir. La calle sigue bloqueada y no podemos escapar. Ya hemos metido las maletas en el auto, estamos listos, aguardamos con impaciencia la partida, pero dependemos de los pobres trabajadores que se turnan sin descanso, día y noche, para reabrir el tránsito en la avenida y restaurar los servicios básicos en la ciudad. Entretanto, seguimos completamente desinformados, sin televisión ni periódicos, y sólo podemos escuchar las noticias encendiendo el auto y sintonizando la radio, pero no lo hacemos por más de cinco minutos para no consumir la poca gasolina que nos queda.
Por las noticias que escuchamos en la radio, sabemos que el aeropuerto permanece cerrado, la ciudad ha colapsado y en los barrios pobres la gente se pelea por bloques de hielo. No nos queda sino esperar. Sofía y yo, con todo el edificio estragado para nosotros, y con su linterna y la luna llena como únicas fuentes de luz, nos tumbamos afuera, en las perezosas maltrechas de la piscina, bien cubiertos de repelente antimosquitos, a descansar de este día tan miserable. No podemos dormir en el colchón del departamento porque el calor es insoportable y terminamos mojándolo todo de sudor. Es mejor estar afuera, mirando la luna, tratando de olvidar esta pesadilla. Para escapar un momento del infierno, hacemos el amor aquí, al aire libre, ella sentada sobre mí, el vestido apenas levantado. Cuando terminamos, me pregunta cómo será mi novela y yo empiezo a divagar, a contarle las ideas borrosas que excitan mi imaginación, y ella se entusiasma, me ayuda a aclarar dudas, me sugiere escenas o personajes y es un momento espléndido, Sofía y yo hablando con pasión de mi novela después del huracán, esta noche de luna llena al pie de la piscina.
No dormimos, pasamos la noche hablando, contándole yo pequeñas historias impresentables de mi familia, relatando ella las visitas que hacía, con su hermano Francisco y su hermana Isabel, a la casa rústica que su padre, Lucho, tenía al borde del río, en los Andes peruanos, donde debían dormir en el suelo, con las arañas y los alacranes, lavar la ropa en el río chucaro, llevar agua a la casa cargando unas bateas muy pesadas -que pobres de ellas si se les caían, porque entonces Lucho las castigaba sentándolas encima de una piedra en el río-, y cocinar pobremente en una cocinita a gas cualquier cosa que ellas, las hermanas, dos niñas apenas, pudiesen imaginar. Pienso en Sofía castigada porque se le cayó la batea de agua, sentada sobre una piedra del río turbio, y no puedo sino amarla y pensar que su padre resultó siendo casi tan loco como el mío. Mi padre no me castigaba así, exponiéndome a la corriente traicionera de un río, sino de maneras más retorcidas y sañudas, obligándome a recoger con las manos las cacas de los perros, golpeándome en las nalgas con un látigo para montar a caballo o burlándose de mí ante sus amigos, lo que me dolía en el alma, que papá fuese tan traidor como para decirles a sus amigos, en presencia mía, que yo era una mariquita y un bueno para nada, como si él, aparte de vivir de la fortuna de su padre, hubiese hecho algo útil con su vida.
Sofía al menos tuvo suerte, porque no le tocó una mamá beata, sino más bien casquivana y liberal, y porque su papá, siendo un lunático, prefirió irse al campo y no quedarse amargado en un matrimonio que lo hacía infeliz, al menos tuvo el valor de quemar todo -su matrimonio, su reputación, sus documentos de identidad y una parte de su cerebro con las drogas que consumía- y largarse a un rincón en la sierra donde nadie lo jodiese y él no jodiese a nadie, a diferencia de mi padre, que nunca tuvo coraje para irse a ninguna parte y se quedó torturando a mi madre y ensañándose conmigo, volcando en mí toda su rabia, sus complejos y sus frustraciones. Yo no le perdono eso, que fuese tan cobarde conmigo cuando yo no podía defenderme, pero Sofía no le guarda rencor al suyo, lo comprende y lo perdona, lo quiere de verdad, yo tampoco podría haber aguantado a mi madre, dice, yo también me hubiese escapado de ella a una casita en el río, el pobre tuvo que hacer eso para sobrevivir. Yo digo que me parece atroz que Lucho las obligase a ellas, dos niñas, sus hijas, a dormir en el suelo con las arañas, a cargar bateas de agua pesadísimas, a cocinar y a lavar la ropa en el río, y que me parece imperdonable que las castigase con tanta brutalidad, sentándolas sobre una piedra del río, pues nada justifica, salvo la locura, un comportamiento tan irresponsable y egoísta, el de abandonar a sus hijos, obligarlos a hacer un viaje larguísimo en autobús para verlo en ese paraje inhóspito del norte peruano y someterlos a las privaciones de su vida de ermitaño.