Выбрать главу

No, no fue así -dice ella-. Mi papá se volvió loco, estaba enfermo, no estaba bien de la cabeza. Nos abandonó y se fue a la sierra porque tenía que hacerlo, porque era la única manera de sobrevivir. Pero no era malo con nosotros. Nos quería a su manera. Cuando lo visitábamos, nos obligaba a vivir como él, pero no por malo ni egoísta, sino porque ésa era su manera de querernos. Así nos mostraba su mundo. Así nos hacía un poquito como él. y a nosotros nos gustaba eso, que mi papá tuviese un mundo propio, completamente distinto del de todos. Nadie tenía un papá que vivía solo al borde del río, sin luz, sin agua, sin teléfono, sin empleadas. Eso me hacía sentir especial No me acomplejaba. Al contrarío, me daba orgullo que mi papá fuese un hippy genial. Yo no quiero ser un hippy. No quiero comerme los sapos de la piscina ni las lagartijas que corren por la alfombra del departamento. Quiero irme de acá. Quiero volver al mundo civilizado.

A la mañana siguiente, Sofía y yo seguimos vivos, aunque hediondos, y la avenida Brickell ha sido reabierta. Me arrastro de cansancio, el hambre aguijonea mi estómago y la conciencia me remuerde diciéndome que no debería haberme ido de Lima, donde lo tenía todo tan fácil, incluyendo, con intermitencias, el cuerpo de Sebastián. Tras hablar a gritos con los trabajadores que siguen limpiando la avenida y asegurarnos de que podemos llegar al acceso a la autopista I-95 y manejar sin interrupciones rumbo al norte, subimos al auto, abandonamos sin pena los muebles desvencijados y el colchón heroico, dejamos las llaves del departamento en medio de la alfombra, entre charcos grisáceos, lagartijas y mosquitos que se multiplican, y nos largamos del maldito 550, Brickell, donde nos pasó por encima el huracán, del que ahora somos orgullosos sobrevivientes. Cuando, tras sortear ramas, cables y camiones de trabajadores, logramos subir a la autopista I-95 rumbo al norte, miro a Sofía, sonreímos, y ella me dice acelera, baby, que Georgetown nos espera. Te amo, le digo, y no le doy un beso porque mi aliento apesta.

Es una mañana luminosa a finales de agosto. Lima ha quedado atrás, Miami es un mal recuerdo, el huracán nos ha dejado inmundos y hambrientos pero no ha logrado doblegarnos, y ahora nos espera Georgetown, donde nos amaremos y escribiré mi novela. Acelero. El auto es demasiado pequeño y está atestado de maletas y no parece cómodo hacer el viaje hasta Washington en estas condiciones. En Fort Lauderdale tomamos un desvío, paramos en un lugar de comida rápida y comemos como carreteros. Ya no me suena la barriga de hambre, ahora sólo apesto. Necesito darme una ducha. Sofía también parece desesperada por eso, quiere un baño decente y una cama en la que podamos echar una siesta. Le parece imprudente manejar así, con tanto sueño y estas ropas de presidiarios. Me convence sin mucho esfuerzo. Nos desviamos en West Palm Beach y nos registramos en un hotel modesto al borde de la autopista, en el que nos miran con cierta desconfianza, pues nuestro aspecto es de terror. Entonces Sofía explica que venimos huyendo del huracán y el tipo de la recepción sonríe y nos da las llaves con amabilidad.

Es un cuarto horrible, con una decoración nauseabunda, digna de una película truculenta de bajo presupuesto, pero con aire acondicionado, un inodoro que puede jalarse, luz, agua, teléfono y una alfombra seca y sin lagartijas, todo aquello de lo que no disponíamos en Miami. Nos damos una ducha muy larga, la mejor de nuestras vidas, y luego nos tumbamos en la cama y caemos dormidos.

Despierto asustado horas después. No sé dónde estoy. Sofía me sonríe, me da un beso y me devuelve el sentido de la realidad. Has dormido cuatro horas, dormilón, susurra, enroscándose conmigo, ovillándose. ¿Todavía apesto?, le pregunto, y ella mordisquea mi oreja y me dice tú siempre apestas, pero me encanta tu olor. Nunca imaginé que haría el amor con una mujer tan linda en un motel deplorable a la salida de Palm Beach. Ahora estoy de buen humor, seguro de que lo mejor está por venir. Nos vamos del motel y Sofía me convence para dejar este auto y cambiarlo por uno más grande, que nos permita disfrutar del viaje. Se ve que a mi chica le gusta la comodidad, ¿pero cómo podría reprochárselo, cuando tiene que ser una grandísima incomodidad ser mi chica? Damos vueltas, nos perdemos, encontramos por fin la tienda de autos y cambiamos este coche pequeño por una camioneta grande, color guinda, con un buen equipo de música y unos asientos mullidos en los que hundiremos el trasero las no sé cuántas horas, dieciocho o veinte, que nos esperan en la carretera. Ahora avanzamos en la camioneta a una velocidad ilegal, las ventanas abajo, el viento despeinando a Sofía, sonando con fuerza la música que ella ha escogido, y yo la miro de soslayo y la veo canturrear y mover levemente la cabeza, como bailando sola, y siento que no merezco tanta felicidad y que la vida no es tan mala como pensaba.

Podríamos hacer el viaje hasta Georgetown durmiendo una sola noche en la carretera, pero eso sería agotador. El huracán nos ha dejado cansados y no me gusta conducir de noche, por eso decidimos viajar sin apuro, dormir un par de noches en hoteles de paso y recorrer en tres días las mil cincuenta millas que nos separan de Washington. Serán más o menos veinte horas al timón de esta camioneta. El primer día de viaje avanzamos unas cuatrocientas millas, por las horas que perdimos durmiendo la siesta en West Palm Beach, así que apenas alcanzamos a trepar en unas seis horas todo el litoral de la Florida y, ya de noche, paramos a dormir en el hotel Ramada de Brunswick, Georgia, no sin antes ver en «Nightline», con Ted Koppel, los destrozos que ha causado el huracán en Miami. Desde el modesto cuarto de hotel, Sofía llama a su madre y le asegura que estamos bien y que no debe preocuparse. Por suerte, no me pide que hable con ella. No quiero hablar con Bárbara porque sé que no me quiere, desconfía de mí y me ve con el aire de superioridad con que suele desdeñar a las personas que tenemos menos plata que ella. De momento, parece resignada a que su hija quiera vivir conmigo. Ha tratado de disuadirla, diciéndole que soy un peligro, un personaje de la farándula que goza de mala reputación, un tipo que se viste mal, con los pantalones caídos y el pelo bochornosamente largo, pero todo eso no hace sino avivar el cariño o la pasión que Sofía siente por mí, de modo que, por ahora, Bárbara se repliega y espera el momento para atacarme. Si supiera que no soy tan malo con su hija, que le compro donuts y helados en las gasolineras en que me pide detenernos, que sé hacerla reír, que la complazco decorosamente en la cama y pago todas sus cuentas, tal vez me odiaría menos. No deja de sorprenderme que esa señora tan frívola y odiosa tenga una hija como Sofía, quien, por suerte, se parece bastante más a su padre.

En el hotel de cuarenta y nueve dólares la noche, sin servicio a la habitación ni una cafetería digna, nos damos un atracón de comida chatarra que sacamos hambrientos de una máquina tragamonedas. Si la madre de Sofía nos viese así, mal vestidos, en el estacionamiento de un hotel barato, tragando con felicidad estos bocadillos grasosos, quizá contrataría a unos matones y me haría desaparecer. Supongo que sueña con que Sofía se case con un millonario y vengue así las privaciones que ella tuvo que sufrir cuando su marido la abandonó para hacerse hippy. Sin embargo, ahora tiene que resignarse a que ella se haya enamorado de un bisexual que detesta a sus padres, hace escándalos en la televisión y se opone al régimen mandón que ella tanto admira. Sofía y yo dormimos esa noche en camas separadas porque así nos ha tocado la habitación, con dos camas pequeñas de una plaza, y yo estoy irritado tanto por el cansancio del viaje como por un ardor en la entrepierna que atribuyo a la excesiva frecuencia de nuestros encuentros amorosos.

A la mañana siguiente, buscamos en este pueblo perdido una cafetería donde podamos desayunar, pero no hay sino lugares de comida rápida, y no nos quejamos por eso y comemos huevos con tocino y salchichas, un festín de grasa. Sofía cuenta a quien puede que hemos escapado del huracán Andrew, por ejemplo, a la cajera negra y obesa de este McDonalds de Brunswick, Georgia, y yo le reprocho que ande alardeando de nuestro heroísmo por todo el sureste del país, pero ella no me hace caso, está orgullosa de haber mirado a los ojos al huracán y se lo cuenta al primero que cruza su camino. Tras desayunar, manejo despacio, sin traspasar la velocidad máxima que manda la ley por temor a que nos detenga la policía y compruebe que sólo tengo un carnet de conducir expedido en mi país, que además es fraudulento, a pesar de lo cual me ha servido para alquilar esta camioneta. Aunque en general no me gusta conducir, por momentos puede ser un agrado recorrer esta autopista sin sobresaltos, ancha y bien afirmada, rodeada de una vegetación que se hace más boscosa a medida que avanzamos al norte, tan distinta de las rutas ahuecadas y polvorientas de mi país. El paisaje es hermoso, inspirador, y me da una sensación de libertad, como si hubiese salido de un largo cautiverio. La compañía de Sofía no podría ser más gratificante. Ella reclina el asiento para atrás, pone los pies sobre el tablero y a veces saca el pie derecho fuera de la ventana y decide sin consultarme la música que hace sonar. Cada cierto tiempo, examina obsesivamente el mapa que hemos comprado en una gasolinera para decirme el nombre del pueblo por el que estamos pasando. Cuando le da hambre o quiere estirar las piernas, me ordena con dulzura que debemos detenernos en la siguiente gasolinera, y al llegar, busca los enrollados de canela que le encantan.