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De vuelta en la carretera, se entretiene enseñándome francés. Yo no hablo francés. A pesar de que mi madre me matriculó en la Academia Francesa cuando era niño, he olvidado las pocas palabras que aprendí. Sofía, para mi vergüenza, lo habla muy bien, tal vez mejor que el inglés, lo que atribuye a los años que vivió en París con Laurent. Me pregunto si lo seguirá extrañando, si pensará en él cuando hacemos el amor, si lo llamará por teléfono secretamente y le prometerá que irá a visitarlo en sus vacaciones. Ella me dice que ya no está enamorada de él que sólo quiere ser su amiga, pero yo no la creo del todo y sospecho que todavía juega con la idea de irse a París, casarse con él y someterse con resignación a sus desmesuras amatorias; sospecho que piensa todo eso cuando yo le recuerdo que todavía me gustan los hombres. Pero ahora no se lo digo porque estamos jugando a que es mi profesora de francés y yo su alumno remolón.

Mientras avanzamos a setenta millas por hora por la carretera 95 a través de Carolina del Sur, ella me enseña unas pocas palabras en francés y yo las repito obediente, y ella se ríe de mi acento y me enseña la correcta pronunciación y yo lo intento pero soy un desastre, y entonces ella vuelve a reír de lo mal que hablo francés y lo lento que soy para aprenderlo. Nos reímos y la amo cuando, ruborizándose, me dice, a sugerencia mía, cosas atrevidas en francés, y yo las repito con mi acento macarrónico y el brazo izquierdo bastante más tostado que el otro por el sol, y ella se sonroja, sonríe pudorosa, se reclina, descansa en mi pierna y me pide que acaricie su pelo mientras vemos pasar los verdes campos de Carolina.

Esa noche dormimos en el hotel Hampton Inn de la calle Industrial Park Drive, en Selma, un pueblo desolado a poco de entrar en Carolina del Norte. Estamos contentos. El hotel es bastante mejor que el de la noche anterior. Hay un comedor muy grande, decorado con simpleza, en el que atienden unas señoras negras, ya mayores, con mandiles amarillos y sonrisas fatigadas. Después de cenar, nos damos un baño en la piscina. Aun de noche, hace calor. Desde el tercer piso, parado fuera de su habitación, con el torso desnudo que muestra el obsceno tamaño de su vientre, un hombre se apoya en la baranda de fierro y nos mira con obstinación. Podría ser un pervertido, un asesino en serie o más probablemente un tipo solitario, hastiado de su vida. Su mirada pertinaz me asusta, y por eso evito besar o abrazar a Sofía y le digo de volver al cuarto de inmediato. No hacemos el amor porque me duele el sexo, pero amo a esta mujer y ella lo sabe.

Despierto de madrugada, acalorado, sin saber dónde estoy. Ella duerme a mi lado. La miro con perplejidad, sin entender por qué una criatura tan hermosa elegiría amarme. No puedo evitar tocarla, besarla, despertarla, pero ella no se queja y se entrega al acto del amor. Me duele un poco pero no importa, porque quiero que Sofía me siga diciendo que soy el mejor amante que ha tenido y que ni siquiera Laurent la hacía gozar como se estremece cuando me muevo entre sus piernas y le digo cosas inflamadas. Al día siguiente, amanecemos tarde, yo con los ojos hinchados y un dolor de espalda que atribuyo a la blandura del colchón, y salimos dispuestos a recorrer las casi trescientas millas del tramo final, dejar atrás Carolina del Norte, cruzar el estado de Virginia y llegar a Washington, al apacible barrio de Georgetown, a la calle 35 del noroeste, esquina con la calle T, donde nos espera vacío el departamento que hemos alquilado.

Una creciente excitación se apodera de nosotros a medida que dejamos atrás los pequeños pueblos de Virginia -Sussex, Petersburg, la capital Richmond, Fredericksburg, Stafford- y nos acercamos a Washington. Por primera vez en el largo trayecto, acelero con impaciencia y traspongo el límite de velocidad. Sofía ya no quiere parar en las gasolineras para comprar donuts, enrollados de canela, helados de yogur, pasteles de manzana y chocolates, ahora sólo desea llegar a la calle 35, tomar posesión del departamento y llevarme a caminar por ese barrio que tanto ama. Como está contenta, casi eufórica, pone nuevamente los pies descalzos sobre el tablero, deja que el viento desordene su pelo y me somete a un examen de francés, recordándome las palabras que me ha enseñado el día anterior, cuando surcábamos los bosques de Carolina, y corrigiendo de paso mi pronunciación. Es un momento fantástico: yo repitiendo cómo se dice en francés queso, pan, auto, señorita, camarero, y ella riendo de mi torpeza y mi horrorosa pronunciación y soltando una carcajada que rompe el aire quieto de Virginia y me contagia de su felicidad. Por alguna razón, Sofía parece más feliz que nunca, tal vez porque el sueño de llegar juntos a Georgetown se hace realidad, y todo parece sugerir que seremos felices en esta aventura. No te había visto así de contenta en mucho tiempo, le digo, y le doy un beso en la mejilla, sin desviar la mirada de la ruta. Estoy feliz porque sé que en Georgetown vas a ser más feliz que nunca en tu vida, me dice, y luego se deja caer en mis piernas para que, como hacíamos en mi auto azul cuando nos conocimos en Lima, le acaricie la cabeza mientras ella cierra los ojos y canturrea alguna canción.

Son casi las cinco de la tarde cuando cruzamos el Key Bridge, contemplando a ambos lados el río Potomac y admirando la cúpula de la Universidad de Georgetown que se perfila a lo lejos. Sí, tienes razón, acá voy a ser muy feliz, le digo. Poco después, entramos por la calle M, nos metemos entre los recovecos de Georgetown, recorremos la calle 35 y llegamos a la puerta del edificio viejo, de ladrillos rojos y puerta de vidrio, con el número 83, en la esquina de la 35 y T, donde dormiremos esta noche. No lo podemos creer. Hemos llegado. Me duelen la espalda, las piernas, el trasero, todo el cuerpo, y tengo el brazo izquierdo más moreno que el otro, pero hemos llegado por fin. Entramos al edificio, caminamos por un pasillo oscuro, abrimos la puerta del departamento y compruebo que Sofía ha elegido bien: es pequeño pero acogedor, con el piso de madera y una bonita vista al parque de juegos vecino. Nos abrazamos. Te amo, le digo. Acá vas a escribir tu novela, dice ella. Seguro que sí, prometo. Luego salimos a caminar. Vamos a un café que te va a encantar, me dice. Bajamos por la calle 34 tomados de la mano, admirando la belleza de las casas antiguas y señoriales, de estas calles tan silenciosas en las que la gente se saluda al pasar. Es un momento de gran felicidad y se lo debo a Sofía, que sonríe como diciéndome confía en mí, lo mejor está por venir.