Poco después comemos en Booey-monger, un café lleno de estudiantes guapos que multiplican mis ganas de volver a la vida académica, y regresamos caminando por la avenida Wisconsin, entre comercios de ropa, licorerías, farmacias y salones de belleza, hasta encontrar una mueblería en la que, apurados, recordando que no tenemos dónde dormir esta noche, compramos un colchón y unas sábanas que la vendedora se compromete a entregarnos personalmente, un par de horas más tarde o quizá menos, en el departamento de la calle 35. Esperamos a que nos traiga el colchón columpiándonos en el parque de juegos al lado del edificio. No hemos fumado marihuana, pero reímos como si estuviésemos volados. Sofía es una droga buena que me hace reír. No quiero irme nunca de acá. Por suerte, la vendedora llega con el colchón y nos ayuda a cargarlo hasta el cuarto. Esa noche hacemos el amor en ese colchón tirado en el piso, Sofía sentada sobre mí, y no nos importa que la ventana esté abierta y que el vecino pueda vernos. Sofía grita de placer cuando termina. Nunca habías gritado así, le digo. Es que nunca me habías querido como hoy, contesta con una sonrisa.
Las clases han comenzado y, aún me cuesta creerlo, he vuelto a la universidad. Me siento un extraño en las clases de inglés en que me inscribí para complacer a Sofía. Las clases se dictan desde muy temprano, las ocho de la mañana, lo que resulta una pesadilla para mí, pues a esa hora suelo estar malhumorado, y terminan a las dos de la tarde. Mi profesora, una señora de mediana edad, regordeta, de aspecto descuidado, con gafas gruesas y el pelo largo y algo canoso, me cae bien. Cumple su trabajo con un aire de pesadumbre y aburrimiento, sin fingir que la está pasando bien. No trata con severidad a nadie y eso me gusta. En el salón predominan los estudiantes orientales: chinos, coreanos, japoneses, vietnamitas e indonesios. También hay un puñado de árabes -un marroquí, un libanés y un par de sacudís con aires de millonarios y sólo dos latinoamericanos: un colombiano y yo. Me resulta penoso aceptar todas las mañanas que, a mi edad, habiendo sido expulsado de la universidad en mi país, pertenezco a este grupo académico, el de los inmigrantes que tratan de mejorar su dominio del inglés, es decir, el último escalón, los de más abajo.
Es una vergüenza asistir a estas clases pero lo hago por amor a Sofía, que parece tan contenta cuando caminamos juntos por la mañana las pocas cuadras que separan nuestro departamento de la universidad. Ella también ha comenzado sus clases de ciencias políticas. Entre sus profesores, está muy contenta con un cubano, Luis Aguilar León, que le parece un sabio humilde, y con el gran escritor chileno Jorge Edwards, que, según me cuenta, dicta unas clases fascinantes. Yo no hago amigos en mis clases, mantengo las distancias e intervengo sólo cuando es inevitable, aunque a veces, en los recreos, se acerca a conversarme un chino simpático, Huan, que me cuenta, en su inglés desopilante, cómo es la vida en Pekín, donde nació. En realidad, cuento los días para terminar el curso, rendir un examen y quedar libre para escribir mi novela.
Sofía no ignora que me aburre estudiar inglés, pero me anima a perseverar para sacarme un buen puntaje en el examen y quedar en condiciones de seguir estudiando en Georgetown, ya no inglés, sino lo que ella sueña para mí, filosofía. Yo sonrío y no digo nada, porque estoy seguro de que no podría ser un filósofo. A pesar de la humillación que significa asistir a las clases de inglés y tener como amigo al chino Huan, que usa unos anteojos muy gruesos de científico perseguido, come los bagels solos, habla atropelladamente y al hacerlo muestra los pedacitos blancuzcos del bagel que se le atracan entre los dientes; y a pesar de que todavía no comienzo la novela y ningún chico lindo del campus corresponde mis miradas, la estoy pasando bastante bien. El departamento ha quedado muy bonito gracias a los esfuerzos de Sofía, que ha comprado, en la feria de pulgas que se monta todos los domingos en el parqueo aledaño a nuestro edificio, sillas, mesas, velas, espejos y hasta un televisor usado que ha colocado en el dormitorio, sobre unos contenedores plásticos. Yo contribuyo a duras penas, y quejándome, con un equipo de música y un aparato telefónico que conseguimos en las tiendas de Georgetown Park.
Increíblemente, la primera llamada que recibimos es la de mi padre, que está en Lima y habla a menudo con Bárbara, la madre de Sofía, quien le dio nuestro número sin consultarnos. No contesto a mi padre, escucho disgustado su voz ronca en la grabadora y me niego a responderle. No sé para qué llama este pesado, le digo a Sofía. Contéstale, no seas malo, me dice con ternura. Yo no quiero hablar con él, sólo me trae malos recuerdos. Si nunca me llamaba en Lima, ¿por qué me llama ahora que estoy lejos? Será porque está aburrido en la oficina y quiere saber cómo está el tiempo en Washington. Aunque no contesto sus llamadas, papá insiste en hablarle todos los días a mi grabadora. Nada más regresar de clases, escucho sus mensajes generalmente largos, en los que no me llama Gabriel, sino hijo, y me cuenta las novedades familiares -quién viajó, quién se enfermó, quién celebró su cumpleaños, quién salió retratado en una revista- y las desgracias políticas que, como de costumbre, afligen a ese desdichado país. Estoy harto de que papá llame todos los días, qué ganas de joder, ¿cuándo se va a dar cuenta de que no quiero hablarle?, me quejo con Sofía. Te llama porque te quiere, es una manera de decirte que sabe que ha jodido las cosas contigo y quiere mejorarlas, dale una oportunidad, dice ella, conciliadora. Que no me joda, que me deje en paz, digo.
Como si fuera poco, mi padre ha conseguido, gracias a Bárbara, la dirección del departamento en que vivimos, y ahora me acosa también con despachos de correo que llegan cada semana. En ellos me envía revistas y periódicos peruanos y especialmente recortes en los que se hace alusión a mí y se me critica con mezquindad. Me irrito cuando leo todo eso. ¿Cómo se le ocurre a este viejo huevón mandarme recortes donde me dicen cosas feas y mezquinas?, se nota que disfruta obligándome a leer toda esa mierda, es el colmo del desatino y la estupidez que se dé el trabajo de recortar y mandarme críticas negativas, le digo a Sofía, indignado, y ella me da la razón e intenta calmarme. No te guardes todo eso que sientes, díselo a tu papá, habla con él y explícale que no quieres que te mande recortes de periódicos que te atacan, me dice con serenidad. En la siguiente llamada de mi padre, yo todavía furioso por sus impertinencias, escucho su voz, levanto el teléfono y grito: ¿No te das cuenta de que no quiero hablar contigo? ¿Vas a seguir llamando todos los putos días aunque no conteste nunca? ¿Me vas a seguir mandado esos estúpidos recortes de periódicos que me critican?
¡Deja de joderme la vida, por favor! ¡No me llames, no me mandes revistas ni periódicos, no me recortes nada, ni cosas buenas ni cosas malas, déjame tranquilo! Oigo que tose nerviosamente y me pregunta: Hijo, ¿qué te pasa?, ¿estás tomando drogas otra vez? No me llames más, digo, y cuelgo el teléfono. No estoy tomando drogas. No creo que vuelva a tomarlas. Si quiero ser un escritor, no puedo ser un cocainómano.
Has sido muy duro, no deberías haberle tirado el teléfono -me reprocha Sofía, con cariño-. Pero al menos es bueno que te atrevas a decirle todo lo que piensas, añade. Desde entonces, papá deja de llamarme y de mandar correos. Mucho mejor así. Nadie más me llama desde Lima, esa ciudad que quiero olvidar. Cuando Sofía no está en casa, a veces llamo a Ximena, que estudia en Austin y fue mi primera novia. Ximena conoce a Sofía porque estudiaron en el mismo colegio de monjas americanas en Lima. También conoce a Sebastián, sabe de mis andanzas con Geoff y cree que soy demasiado gay para poder ser feliz con una mujer. Le parece cómico que esté estudiando inglés con chinos, coreanos y vietnamitas, que mi mejor amigo sea Huan el pekinés y que Sofía me obligue a levantarme a las siete de la mañana para ir a clases. Ximena es un amor. No la veo desde hace un par de años, pero su voz me reconforta. Como yo, detesta Lima y no piensa volver. Tiene un novio tejano que sabe darle muy buenos orgasmos y que es medio pobretón, cosa que ella pasa por alto. Me anima a escribir mi novela y a visitarla en Austin si alguna vez me peleo con Sofía. Ojalá te pelees pronto para que vengas a vernos, acá hay un montón de chicos lindos, o sea, que estarías muy feliz, me dice traviesamente.