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Pero yo me niego, aferrándome a un solo argumento: Quiero escribir mi novela y si no la escribo ahora no la escribiré nunca, y si me preguntas qué me hace más ilusión, publicar una novela o graduarme en Georgetown, sin duda prefiero publicar. Infatigable, Sofía sigue tratando de convencerme. Ella sueña con reformar mi vida, adecentarme, convertirme en un hombre serio, y para eso cree indispensable que termine la universidad y me gradúe con honores. También le parece bueno que escriba la novela, pero esto último le parece menos importante o en todo caso menos urgente. Yo discrepo: lo más urgente es escribir. Si me dicen que me voy a morir en un año, no perdería mi tiempo estudiando pendejadas en la universidad, me dedicaría exclusivamente a escribir, le digo. ¡Pero no te vas a morir en un año, tienes que planificar tu vida pensando que el futuro es largo, que vas a vivir cincuenta años más!, se ríe ella. Esta vez, sin embargo, no doy mi brazo a torcer y me niego a seguir estudiando. Además, la universidad es muy cara, yo estoy viviendo de mis ahorros y no me parece prudente dilapidarlos en unas clases que no me apetece llevar. Si escribo y llevo una vida austera, puedo estar dos años, quizá tres, sin trabajar, viviendo en esta ciudad, leyendo sin costo alguno en la biblioteca, persiguiendo en secreto a los chicos guapos que tanto animan la vida del campus, dándome, en suma, la vida que tanto soñé en Lima, cuando me sentía un prisionero.

Empiezo a escribir la novela con una rutina estricta: me levanto a las siete, cuando Sofía me despierta, desayunamos hojeando el Washington Post que nos dejan en la puerta envuelto en una bolsa amarilla, caminamos a la universidad por las calles de siempre, pero en vez de meterme a las clases de inglés me dirijo al centro de computación, elijo un ordenador, empiezo a rumiar mis ficciones truculentas y no me muevo hasta oír las campanadas de las dos de la tarde, salvo para ir a los lavabos, comer algún bocadillo en las máquinas tragamonedas del pasillo o, lo que es más importante, coquetear con un italiano que estudia inglés, un joven rubio y de contextura delgada que, por desgracia, no parece tener el menor interés en mí, porque cuando le digo para ir al cine algún día, se pone nervioso y me contesta que mejor no, que hace mucho frío y que prefiere ver vídeos en casa. No hace tanto frío, aunque ya va cediendo el verano y se sienten los primeros rigores del otoño.

Estoy contento todas las mañanas en las computadoras de la universidad. Es un ambiente muy propicio para escribir, pues reinan el silencio y el orden, aunque a veces me perturba la chica que se sienta a mi costado y golpea histéricamente las teclas mientras chatea con un amante presumo que calenturiento, así como un argentino insoportable, con aires de intelectual, que tiene la manía de sentarse a mi lado, hacerme preguntas impertinentes, opinar con aires de sabiondo y, lo que es peor, fisgonear las cosas que escribo, las palabras inflamadas que titilan en la pantalla y que él no se cansa de espiar. Entre la chica del chat y el argentino espía, escribo con más paranoia de la habitual, pero esto quizá sea bueno. De todas formas, confirmo que esta rutina me da mucha más satisfacción que sentarme a bostezar como alumno en una clase, sólo para complacer las alucinaciones de Sofía, que insiste en recordarme mi destino como filósofo. A sugerencia de ella, que ve como una amenaza a la chica que me acosa en las computadoras y comparte mi alergia por el argentino fisgón, decido comprarme un ordenador, cuya marca ella elige tras leer todas las revistas, reportes al consumidor y boletines cibernéticos disponibles. Es una alegría recibir tres días después la computadora Dell, instalarla en mi mesa de trabajo, frente a la ventana que mira al parque infantil, y cargarla con los programas piratas que nos ha enviado Francisco desde Boston, en un acto de generosidad que le agradezco por teléfono. Ahora puedo quedarme a escribir en casa todas las mañanas, después de despedir a Sofía y desearle un buen día en la universidad.

Lo primero que hago cuando ella se marcha es meterme de nuevo en la cama y dormir un par de horas más, para escribir contento y relajado al despertar, a media mañana, oyendo el barullo de los niños que juegan en el parque vecino y que me recuerdan las inestimables ventajas de vivir solo. Ya no voy con frecuencia a la universidad, salvo en ocasiones a la biblioteca o con Sofía a alguna conferencia. Sólo echo de menos a mi amigo Huan, que se ha ido a Maryland a estudiar ingeniería, y al italiano desdeñoso que ignoró mis avances amatorios. Una mañana, escribiendo en ropa de dormir, tomando un té más, caminando en pantuflas como un demente, suena de pronto la puerta apolillada y me acerco presuroso pensando en que quizá Sofía olvidó algo o se siente mal. Pero no: tan pronto como abro, me encuentro con una mujer muy guapa, de pelo marrón levemente enrulado, ojos almendrados y una sonrisa dulce.

No la reconozco en seguida porque soy un tontorrón. Ella me saluda con cariño: tú debes de ser Gabriel, hola, yo soy Isabel, la hermana de Sofía. Entonces me siento un estúpido porque claro, es ella, Isabel, más linda en persona que en las fotos que había visto. La hago pasar, le digo que Sofía no está en casa y ella echa un vistazo y dice no está mal el departamento, tiene su encanto, y yo comprendo que es sólo una pocilga al lado del suyo, tan lujoso y confortable, pero ella no me hace sentir mal, sonríe con cariño, acepta la taza de té que le ofrezco y me cuenta que acaba de llegar de Río. Yo prefiero no preguntarle nada porque seguro que las peleas con su marido han sido horribles, sólo atino a preguntarle si habla brasilero y ella me responde con unas palabras sensuales en portugués que confirman la impresión que me he llevado al verla: es una mujer espléndida. Está vestida con elegancia y sus ademanes son finos y muy suaves, los de una persona cuya vida ha sido amortiguada por el dinero. Mira y sonríe divertida, como si no hubiese perdido un cierto espíritu travieso con el cual me identifico en seguida. Nos sentamos sobre el sofá cama, el único lugar donde podemos sentarnos a no ser el piso, y, como es pequeño y ella no se sienta en un extremo sino casi al medio, quedamos bastante cerca. No puedo evitar mirarla, recorrer su cuerpo con mis ojos, adivinar sus pechos y sus piernas, desearla en silencio mientras ella me cuenta que Washington es la ciudad perfecta para vivir, es tranquila y tiene mucha cultura, y hay gente de todas partes, lo único malo es el frío, pero yo prefiero vivir en una ciudad fría, con estaciones marcadas, que en Miami, donde el calor me vuelve loca. Mientras habla, miro su boca, sus labios, sus brazos, sus pechos erguidos, y siento ganas de besarla, pero sólo la miro con una sonrisa mansa y me excito imaginando las cosas que me gustaría hacerle en la cama donde duermo con su hermana, tan linda y distinta de ella.