Saliendo del consultorio, encuentro a Sofía ansiosa, que no tarda en preguntarme qué tal salió todo. Yo no sé bien qué decirle, no quiero mentirle, pero tampoco lastimarla. Entonces le cuento que el doctor me hizo un tacto rectal y que me dijo que todo está bien, que no hay nada serio, pero ella me pregunta ¿pero no te recetó nada?, y yo sonrío y le digo no, dice que el dolor se irá sólito, y ella se enfada ¿cómo que sólito?, y yo dice que no tendré ese problema cuando tenga una vida sexual feliz, y ella me mira incrédula, indignada, y pregunta ¿eso te dijo?, y yo sí, tal cual, y ella ¡pero qué se cree este viejo maricón pervertido para venir a decirte eso!, y yo bueno, no sé, ésa es su opinión, que yo debería hablar con grupos gays y que así se me iría el dolor, que todo es provocado mentalmente, que es una tensión que yo genero y se convierte en dolor, y ella ¿eso te dijo, que hables con grupos gays?, y yo sí, tal cual, y ella, furiosa, ni más volvemos donde este viejo amanerado, qué asco me da, seguro que se morboseó contigo, yo me di cuenta clarísimo que te miraba con ojitos de vieja loca, y yo muy sumiso, porque no quiero que se enfade más, sí, ¿viste cómo me miraba?, era un asco el viejo, no sabes cómo respiraba cuando me tocaba el poto, juraría que se excitó tocándome, y entonces Sofía sentencia ni más volvemos donde este viejo maricón, y yo la secundo ni más, pero pienso secretamente qué ganas de volver.
Esa noche, en el baño, me toco pensando en el doctor Rumsfeld mientras Sofía duerme plácidamente, confiando en el hombre que cree que soy y que yo sé que no podré ser.
Una noche regreso a la cama después de tocarme en el baño, traicionando el amor de Sofía y evocando a los hombres que me desearon, y ella me espera despierta con un gesto de fastidio. Me acomodo a su lado, la beso en la mejilla y el cuello, paso mi brazo sobre su camisón blanco, pero ninguno de esos gestos de cariño logra borrar esa mirada sombría, la tristeza que no consigue esconderme. ¿Qué hacías en el baño? pregunta, y siento la pesadez de su aliento. El cuarto es muy austero, sólo hay una cama, un televisor sobre unas cajas de plástico y una silla vieja que compró en la feria de baratijas de los domingos. Nada, nada importante, tuve que ir un ratito, contesto con dulzura, tratando de disipar su preocupación. Pero ella no quiere dormir, necesita saber la verdad. ¿Estabas masturbándote?, me pregunta a quemarropa. No, no, para nada -miento-. Sólo tuve que ir a sentarme al baño, eso fue todo, añado, y trato de darle un beso, pero ella lo elude y me mira con desconfianza. Me estás mintiendo, me acusa. No me estaba masturbando, tontita, estás alucinando, duerme, que estás cansada y mañana tienes clases, me hago el tonto, con mi pantalón de franela de cuadros que ella me ha regalado, la camiseta de manga larga que debería lavar más a menudo y los calcetines que jamás me quito para dormir, pues me previenen de las pesadillas que suelen asaltarme cuando tengo frío. Mientes -dice secamente-. Te he oído. Sé que te has masturbado. De pronto comprendo que no puedo seguir encubriendo la verdad: cuando terminé, hice más ruido del que hubiera querido, un gemido ahogado que ella quizá ha oído en toda su intensidad.
Bueno, sí, es verdad, me toqué en el baño, admito, avergonzado. Recuerdo entonces la culpa que sentí la primera vez que me masturbé y no fui a comulgar ese domingo en misa: de regreso en la casa, mi madre me interrogó con severidad, preguntándome por qué no había comulgado, qué pecado mortal había cometido. Tuve que confesarle llorando, sintiéndome un pecador que ardería en el infierno, que me había masturbado. Entonces ella se cubrió el rostro con las manos y rompió en un llanto sofocado, como si le hubiese confesado que había matado a alguien. ¿Por qué me mentiste cuando te pregunté qué hacías en el baño?, pregunta Sofía, con una cierta tosquedad. Porque me daba vergüenza, respondo. Sí, debería darte vergüenza -afirma indignada, sentándose en la cama, sin el menor ánimo de volver a dormir-. Debería darte vergüenza que prefieras irte a masturbar al baño que hacerme el amor. Me quedo herido: esa noche no he querido hacerle el amor, alegando cansancio y dolores de espalda, y ahora ella me descubre agitándome en el baño, jadeando, gozando a escondidas. Lo siento, digo, y guardo silencio. ¿En quién pensabas?, pregunta. No sé qué decirle. No quiero decirle la verdad, que he pensando en Sebastián, en Geoffy también en el vaquero del walkman amarillo que camina melancólico por la universidad y nunca me mira. No quiero confesarle que he terminado mascullando el nombre de Sebastián, rogándole que me hiciera el amor con esa violencia que tanto me excitaba.
No pensé en nadie en particular, simplemente me toqué porque estaba desvelado y quería relajarme para poder dormir, contesto, tratando de preservar la calma. Si no podías dormir, me hubieras despertado, sabes perfectamente que me encanta que me despiertes para hacer el amor, dice ella, dolida, haciendo un esfuerzo por no llorar. No quise despertarte, lo siento, digo. Ella queda callada un momento, como midiendo la pregunta que ahora lanza sobre mí: ¿Pensaste en un hombre en el baño? Yo no vacilo en contestar: No. Porque es verdad: no pensé en un hombre, pensé en varios. Pero ella no me cree: Estoy segura de que estabas pensando en Sebastián o en Geoff, me dice, y le cuesta decir esos nombres que la amenazan y le roban la paz. Me quedo unos segundos en silencio, los suficientes para que ella sepa que no quiero seguir mintiéndole, que la amo y que me siento un canalla cuando la engaño. ¿Pensaste en ellos, verdad?, insiste, desolada. Bueno, sí, un poquito, digo. Ahora está llorando y yo trato de consolarla pero me rechaza. Déjame -dice-. No me toques. Yo intento calmarla: No es para tanto, Sofía. No lo tomes así. Sabes que te quiero muchísimo, pero también sabes que soy bisexual y es normal que a veces tenga ganas de pensar en un hombre. Ella se encoleriza, levanta la voz: ¿Te parece normal que prefieras masturbarte en el baño pensando en el huevón de Sebastián que hacer el amor conmigo? ¿Eso te parece normal? Yo no quiero gritar, rasgar la calma de la noche con recriminaciones mezquinas: No prefiero tocarme que hacer el amor contigo. Nada se compara a hacer el amor contigo. Pero me toqué porque no podía dormir, eso es todo. Tampoco es para tanto.
Sin embargo, ella se toma todo con mucha seriedad, sabe que algo está mal, por eso llora furiosa y humillada y me dice: ¿Por qué no te masturbaste acá, en la cama, mirándome? ¿Por qué te fuiste a esconder al baño? ¿Por qué me engañas así? No puedo entender que sigas pensando en Sebastián cuando él te ha demostrado que es un pelotudo, un vanidoso de mierda, un gran huevón que vive enamorado de sí mismo. Me duele en el alma que seas tan maricón de mentirme, de encerrarte en el baño mientras yo duermo. ¿Cuántas veces lo habrás hecho antes? Dime: ¿lo has hecho un montón de veces mientras yo dormía? Yo, cobarde, sigo mintiendo: No, lo he hecho poquísimas veces. Pero ella no me cree y grita con un descontrol que me irrita porque va a despertar a los vecinos: ¡No te creo! ¡Sigues mintiendo! Estoy segura de que lo has hecho muchas veces porque te he sentido ir al baño, sólo que ahora me pareció raro que te demorases tanto y me acerqué a la puerta y oí todos tus ruiditos. No sabes cómo me ha dolido en el corazón oír eso. Sofía se cubre el rostro y llora y me recuerda al día en que mi madre también lloró cuando le confesé que me había masturbado, aunque por suerte mamá no me preguntó en quién había pensado, hubiese tenido que decirle la verdad, que había pensado en mi prima Inés, que era tan linda y graciosa. Perdóname -digo, y le acaricio el pelo, pero ella hace un gesto de disgusto y se aleja de mí-. No puedo evitar que me gusten los hombres -añado-. No puedo evitar pensar en eso de vez en cuando. Entonces ella me mira con menos lástima que enfado: ¿Pero sigues pensando en Sebastián? ¿Estás enamorado de él? ¿No estás enamorado de mí? Yo no sé bien qué contestar, no quiero herirla, pero tampoco seguir mintiendo, por eso digo: No estoy enamorado de Sebastián, pero a veces necesito estar con un hombre y me toco pensando en él porque es el hombre con el que más gocé. Ella hace un gesto de disgusto: ¿El hombre con el que más gocé? -me remeda-. ¿Acaso has estado con muchos hombres? Me apresuro en contestar: No, sólo con Sebastián y con Geoff, tú sabes todos mis secretos, digo. ¿Me quieres, Gabriel?, pregunta ella con una seriedad que me desarma.