Son casi las cuatro de la mañana y no quiero pelear. Si no logro dormir, seré incapaz de escribir mañana. Claro que te quiero -respondo-. Te quiero muchísimo, tú lo sabes. Sofía no parece contentarse con esa respuesta: Si me quieres, si estás enamorado de mí, ¿por qué diablos tienes que irte al baño a pensar en Sebastián? Siento que me estás engañando, que yo no te basto para ser feliz. No entiendo que necesites pensar en un hombre para satisfacerte cuando me tienes a mí. Empiezo a irritarme, aguijoneado por un dolor de cabeza: ¿Es tan difícil entender que soy bisexual y que te puedo querer mucho pero también desear mucho a un hombre? -levanto la voz-. ¿Es tan difícil entender eso, que me gustaban los hombres antes de conocerte y que me van a seguir gustando toda la puta vida? Ahora estoy gritando y tengo miedo de que el vecino, un gordo que va a jugar al golf los fines de semana, se entere de mis debilidades y mis pecadillos. Sí, a mí me duele muchísimo que no seas feliz conmigo y que necesites pensar en otras personas, no me importa si son hombres o mujeres, pero que tengas que encerrarte en el baño a correrte la paja como un enfermo, sacándome la vuelta mentalmente con otras personas que ni siquiera te quieren el uno por ciento de lo que yo te amo. Sí, me jode en el alma que me digas eso, añade, muy triste, otra vez llorando. Pero sus lágrimas no me conmueven, más bien me irritan, y por eso digo: ¡Deja de llorar, por favor, que sólo me he hecho una paja! ¡Si vas a llorar porque soy bisexual, mejor cómprate un montón de kleenex porque te vas a pasar llorando la vida entera! Sofía me mira, ofendida. ¡No me importa que seas bisexual o qué, lo único que quiero es que me ames a mí y sólo a mí, que me seas fiel como yo soy contigo! -grita-. ¿O acaso te gustaría que me vaya al baño a masturbarme cuando tú estás durmiendo y que piense en Laurent? ¿Te gustaría descubrirme en el baño así? Yo sonrío con más cinismo del que ella es capaz y digo secamente: Me encantaría que te encierres en el baño a hacerte una paja pensando en Laurent. Me parecería delicioso. No me molestaría en absoluto. Más bien te pediría que me cuentes todo lo que has pensando para calentarme yo también. Ella se pone de pie y grita, moviendo con virulencia la mano derecha: ¡Eres un degenerado. Yo me río mientras ella se retira de prisa del cuarto y grita: ¡Me voy a dormir a la sala, buenas noches! Luego tira la puerta del cuarto haciendo temblar estas viejas paredes.
Me tiendo de espaldas en la cama y trato de recuperar la calma y respirar profundamente para dejar ir el enojo. Me duele la cabeza. No puedo dormir. Las palabras de Sofía me taladran el cerebro y me rasguñan el corazón. No sé por qué le enerva tanto que me gusten los hombres. No puedo cambiar eso. Tampoco me ha pillado con otro hombre, sólo haciéndome una paja de madrugada. No es para tanto. Pero entiendo que se moleste. Es una mujer noble, está enamorada y no quiere tener a un puto o casi puto como novio. El problema es que yo no puedo ser el hombre que ella quisiera. ¿Cómo dejo de ser gay? ¿Cómo elimino de mi cabeza esas fantasías que perturban mis noches? No lo sé, creo que estoy condenado a ser medio puto toda mi vida, aunque a ella le moleste.
Me levanto abatido de la cama, abro la puerta y camino hasta la sala. Sofía está acostada en el sofá cama, cubierta sólo por una manta de cuadros que robó de algún avión cuando viajaba con Laurent. Me siento a su lado y la oigo sollozar. No llores, mi amor -le digo, acariciando su cabeza, besándola con ternura. Ella no contesta, sigue llorando-. No llores, por favor, que me partes el corazón -digo, y ahora yo también derramo unas lágrimas-. Ven a la cama, no duermas acá sólita. Tú sabes que yo te amo, pero me tienes que querer como soy, aceptarme como soy, porque yo no puedo cambiar. Entonces ella me sorprende: No puedo. No puedo estar contigo si me eres infiel, se lamenta. Yo me defiendo: Pero no te he sido infiel, mi amor, sólo me he masturbado. Ella dice, derrotada: Pero te masturbas pensando en hombres. Eso es serme infiel. Los deseas más que a mí. Prefieres imaginarte con ellos que hacerme el amor a mí. Eso me destruye, me duele en el alma. No puedo vivir así, Gabriel. No puedo. Me hace muy infeliz. Yo me quedo en silencio, acariciando su pelo, y sólo atino a decir: Te entiendo. Entiendo que quieras tener un novio que te sea fiel. Es normal. No mereces nada menos. Pero, siendo bisexual, creo que no puedo prometerte eso, mi amor. Porque sé que en algún momento voy a necesitar estar con un hombre, y si eso te lastima, no quiero lastimarte. Ella solloza derrotada, escondiendo su rostro. No sigas, por favor, dice.
Me hace daño verla así. Ven a la cama, te ruego que vengas a la cama, insisto. No, no puedo -dice ella-. No puedo seguir acostumbrándome a ti. Te vas a ir, me vas a dejar. Mejor me quedo acá sólita. Anda a dormir. Le doy un beso en la mejilla, apretándome contra ella, y le digo: Duerme, mi niña linda. Te amo mucho. Luego me voy a la cama, me dejo caer derrotado y pienso que ella tiene razón: me voy a tener que ir pronto, no puedo seguir haciendo sufrir a esta mujer tan noble y tampoco puedo dejar de ser muy gay, y si a ella le fastidia que yo desee a un hombre ocasionalmente, me voy a tener que ir. Pero ¿adonde? ¿De regreso a Lima? ¿A Miami? No: si Sofía se niega a aceptarme como soy, me iré a un departamento cercano, en este mismo barrio, seguiré escribiendo la novela, seremos buenos amigos y a lo mejor ella volverá con Laurent y yo con Sebastián. Sí, eso haré, me quedaré en esta ciudad pero viviré solo. y cuando quiera tocarme pensando en un hombre, no tendré que esconderme en el baño y sofocar mis gemidos de hombre/mujer.
Mi vida es todo, menos excitante. Virtualmente no salgo de casa. Me abandono con placer a la mecánica repetición de unos actos que se parecen a los de un hombre retirado. Duermo hasta bien entrada la mañana, con toda la cama para mí; desayuno huevos y tostadas leyendo el periódico; salgo a correr por la calle 35, desde la esquina con la T, donde está nuestro edificio, hasta la calle N, más allá de la cafetería Sugars, y luego regreso por la 34, que es más bonita que la 35 y también algo más empinada; me doy una ducha en el baño del pecado; visto las mismas ropas viejas y holgadas que lavo sólo una vez por semana en el sótano terrorífico donde están las máquinas de lavar y secar; pongo música suave, generalmente Mozart, Bach o Vivaldi, los discos de siempre, y me siento a escribir toda la tarde. Si me da hambre, como una manzana o una rebanada de pan integral. Sólo bebo agua, mucha agua. No contesto el teléfono. Por suerte, mi padre ha dejado de llamar. Sólo contestaría si llamase Geoff o Sebastián, pero eso es imposible, ya sé que no llamarán. Bárbara, la madre de Sofía, llama todos los días y yo dejo que desarrolle una amistad con la máquina contestadora. No quiero perder el tiempo, sólo contesté una vez y me arrepentí, la señora me abrumó con preguntas e impertinencias, por ejemplo: ¿Hasta cuándo piensas quedarte en el departamento de Sofía? Yo le dije: No sé, ya se verá. Debería haberle dicho lo que pienso: no es el departamento de Sofía, es de ambos, pues lo pagamos a medias. No es caro, por suerte: cuesta mil dólares al mes y cada uno paga quinientos.