Sofía camina golpeando los tacos, las manos metidas en el abrigo negro, un gesto de fastidio avinagrando su mirada: ¡Pero lo que más me jodió fue que coquetearas tanto a Isabel delante de mí, como si yo fuera un florero o qué! Me río exageradamente, burlándome de la acusación: ¡No digas tonterías, por favor! No he coqueteado a Isabel, simplemente la traté con cariño porque es buena gente conmigo, punto, nada más. Sofía se exalta, me toma del brazo, se detiene en la esquina de las calles 34 y P, por donde pasan los rieles del viejo tranvía ya en desuso: ¡Te has pasado toda la noche haciéndole ojitos y coqueteándole descaradamente, no creas que soy una cojuda y no me doy cuenta! ¡Y al final le has dado un abrazo que un poco más y le manoseas el poto! Yo me río de buena gana y pienso que no se le escapa un detalle, y digo: Bueno, sí, tu hermana me parece guapa, ¿no puedo sonreírle y admirar su belleza? ¡No, no puedes, si estás conmigo no puedes!, contesta furiosa, y yo le digo: No grites, por favor, que parecemos un par de actores malos de telenovela, cálmate. Sofía hace un esfuerzo por permanecer en silencio pero no lo consigue y vuelve a disparar: No sé por qué, siempre tienes que estar coqueteando con alguien, sea hombre o mujer. Me enferma tu coquetería. Si fueras mujer, serías la más puta de todas. Yo, para irritarla, le doy la razón: ¡absolutamente, sería la más puta de todas, no una celosa amargada como otras. ¡No me insultes!, se enfurece ella, y yo sonrío sarcásticamente y digo bueno, tú me has dicho puta, yo sólo te he dicho celosa. Pobre de ti que te atrevas a coquetear con Isabel delante de mí otra vez, que te tiro una bofetada y se te acaba todita la gracia, me amenaza, turbia la mirada, y yo reacciono con virulencia y digo: Mira, hijita, yo puedo coquetear con quien puta me dé la gana, porque tú y yo vivimos juntos pero no somos una pareja formal y tú lo sabes, yo en un par de semanas me voy a alquilar un estudio y se acabó, así que no me jodas con tus celos histéricos.
Es una vulgaridad discutir en estas calles tan apacibles y hermosas, en las que reina el silencio, que estamos envileciendo con nuestras pequeñas intrigas domésticas. Pero Sofía no cede, no se acobarda: Está bien, ándate cuando quieras, no te voy a rogar que te quedes conmigo, y coquetea con quien te dé la gana, para que te des cuenta de que no eres como dices y vengas después a llorarme como niñito arrepentido, pero eso sí, te prohíbo que coquetees con mi hermana, te prohíbo terminantemente que te acerques a ella y le hables todo melosito, ¿está claro? Ha gritado esa última pregunta, ¿está claro?, que es también una amenaza velada, y yo por eso levanto la voz y contesto: ¡Yo voy a coquetear con Isabel todo lo que me dé la gana y tú no tienes ningún derecho de prohibirme eso ni nada! Sofía vuelve a detenerse, como dando énfasis a sus palabras, y me sujeta fuertemente del brazo: ¡Claro que tengo derecho! ¡Es mi hermana! ¡Tú la conociste por mí, porque yo te la presenté! ¡No puedes ser tan degenerado y no respetar nada! Yo me enfurezco, me irrita que me llame degenerado, no es para tanto, sólo encuentro guapa y encantadora a su hermana, eso es todo.
Para provocarla, no mido mis palabras y digo: La verdad, me muero de ganas de acostarme con Isabel y me he tocado pensando en ella. Sofía no vacila en darme una bofetada que sacude mi rostro y me deja ardiendo la mejilla. ¡Eres un degenerado! -grita, llorando, histérica-. ¡Me voy a dormir a casa de Andrea, no me llames!, añade, y da vuelta y se marcha presurosa calle abajo, rumbo a la esquina de Prospect y Wisconsin, donde vive Andrea. Camino rápido, avergonzado por la escena, y al llegar al departamento me tiro en la cama a recuperar el aire. Suena el teléfono. No contesto. Prefiero que se ocupe la máquina. Es Bárbara, que deja un mensaje corto pidiéndole a Sofía que la llame. No me manda saludos. No existo para ella. Vieja malvada, yo sé que me detestas, el sentimiento es recíproco. Me gustaría llamar a Isabel y decirle sobre tomarnos una copa en la barra del Four Seasons. No tomo alcohol, pero ahora estoy descontrolado y un poco de champagne no me vendría mal.
Me levanto de la cama y reviso los papeles de Sofía hasta encontrar las cartas que le ha enviado Laurent todas las semanas desde París. Trato de leerlas y entender algo, pero no lo consigo, lo que me enardece más porque imagino que le ruega que me deje y se vaya con él, le recuerda los momentos de amor que compartieron y le promete días mejores si me abandona y se marcha a París a vivir con él. Encuentro los poemas que le escribí a Sofía en Lima cuando viajó a Washington a encontrarse con Laurent. Leo esas palabras inflamadas, aquellas promesas rotas, y siento vergüenza, rompo los poemas y los tiro a la basura. Estoy mal, descontrolado. Necesito una copa. Con qué ganas me fumaría un porro. Hace años dejé la marihuana, pero en momentos así, abrasado por la ira y el rencor, la echo de menos. Levanto el teléfono y marco el número que Laurent ha anotado en sus cartas a Sofía. Miro el reloj, deben de ser las seis de la mañana en París. Suena el timbre varias veces, luego contesta la voz somnolienta de un hombre. Sin pensarlo, digo con mi peor voz: Hey, fucking asshole, stop writing letters to Sofía, she’s my fiancee now, so go to hell and stick your letters up your ass! Cuelgo y me río de la estupidez que acabo de perpetrar. Si quiero vivir solo y acostarme con un hombre, ¿por qué me molesta tanto que Laurent siga enamorado de Sofía y trate de reconquistarla? No lo sé, pero me indigna. Si ella puede coquetear con él, pues sin duda le escribe de vuelta cartas amorosas que yo no he leído y tampoco entendería, ¿por qué yo no puedo coquetear con Isabel?
Necesito tomar aire. Salgo a caminar. Está helado. Es medianoche. Me encantaría besar a un chico guapo. No estoy desesperado por besar a Isabel, como cree Sofía: lo que me desasosiega es el recuerdo de los hombres que dejé, Sebastián y Geoff, para entregarme a ella, posesiva hasta la locura. Necesito estar con un hombre. No conozco en todo Georgetown un lugar gay en el que pueda probar suerte. Sé que en Dupont Circle hay bares de hombres, pero la noche está helada y me da miedo ir hasta allá. Recuerdo entonces que hay un festival de cine gay en la calle M, casi frente al Four Seasons. Es tarde para ver una película, pero podría pararme en la puerta del cine y esperar a que salga algún chico lindo que me salve de esta noche en la que me siento una mentira, un hipócrita más, un marica asustado que tiene novia y cena con la familia de ella y sonríe cuando le dicen que su futuro está en la política y juega a coquetear a su cuñada cuando, en realidad, secretamente, es más gay de lo que todos saben, más gay incluso de lo que su orgullo le permite reconocer.
Camino de prisa por la 34, bordeando el parque y la piscina pública, y bajo por la calle P hasta Wisconsin, evitando las miradas de los negros con ropas fosforescentes que venden chucherías, baratijas y toda clase de drogas, y cruzo los dedos para que Sofía y Andrea no me encuentren en esta misión gay, rumbo al festival que me estoy perdiendo por comer pizzas con una señora que me llama perdedor y su esposo que me exhorta a dedicarme a la vida pública. Llego por fin al cine modesto en la calle M, pasando la librería Borders, y la señora lesbiana de la boletería -y digo que es lesbiana porque en ciertos casos las apariencias no mienten- me dice que están exhibiendo la última película y ya falta poco para que concluya, así que decido quedarme allí tranquilo, con mis viejos zapatos Clarks, mis pantalones Gap chorreados y el abrigo negro usado que compré en la feria de pulgas de los domingos. Me congelo pero no importa, estoy seguro de que pronto saldrán hombres guapos del cine y alguno de ellos me mirará intensamente y se quedará conmigo esta noche y me dará el amor que ni Sofía ni Isabel ni ninguna chica podría darme, el amor áspero de un hombre mordisqueándome el cuello y las tetillas.