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Ahora salen los espectadores del cine, al parecer contentos con la película que acaban de presenciar, y yo los miro, las manos en los bolsillos, ofreciendo mi alma a quien desee atraparla esta noche, pero nadie se fija en mí, todos salen felices, distraídos, en medio de un gran barullo chismoso y alborotado, y casi todos enamorados, en pareja, tomados de la mano, o grupos de amigos más o menos chillones, y hay una que otra lesbiana por ahí, pero nadie, ninguno de esos chicos lindos se fija en mí, todos pasan a mi lado, me ignoran y me dejan solo, muy triste, cuando ya el cine se ha vaciado y no queda nadie sino la boletera lesbiana que me pregunta si espero a alguien, y yo le digo que no, porque no espero a nadie en particular, sólo al amor, que por lo visto no está aquí esta noche y habrá que buscarlo en otra parte. Camino entonces hasta la universidad, donde tiene que estar el chico que el destino me escamotea vilmente, y me siento en una banca frente a la rotonda principal, desde la cual me mira adusta la estatua de John Carroll, patriot, priest, prelate, y espero a mi chico mientras me pregunto qué tres palabras dirán de mí cuando muera, qué escribirán de mí, no ciertamente patriot, priest, prelate, sospecho que más bien puto, pusilánime, potón, tres palabras que describirían mejor las andanzas y las peripecias a que me entregué con la pasión que siento esta noche, sentado en una banca frente a los dos cañones vetustos del Healy Hall, en el corazón de la universidad que los jesuitas fundaron en Georgetown en 789, esperando a que pase un chico, corresponda mi sonrisa, se detenga y se siente conmigo, me deje abrazarlo y comprenda la urgencia que tengo de sentir sus labios con los míos, comerle la boca y rogarle que me lleve a su cama no para tener sexo, sino para acomodarme en su pecho y dejar caer un par de lágrimas.

Pero ese chico no pasa ni pasará esta noche, sólo me acompañan un viento helado que me cala los huesos y las ardillas que se acercan en busca de comida. Me echo en la banca derrotado y lloro por el chico que no aparece.

Sofía ha viajado dos semanas a pasar la Navidad y el Año Nuevo en Lima, aprovechando un breve receso académico y la invitación de Peter, que le ha enviado billetes de avión en primera clase, lo mismo que a Isabel y Francisco, para que los tres hermanos se reúnan con Bárbara y con él a pasar las fiestas de fin de año. A mí, por suerte, Peter no me ha invitado, y mis padres menos, así que, aunque Sofía insistió mucho en que la acompañase a Lima, me he quedado en Georgetown, dispuesto a pasar a solas las fiestas navideñas en medio del frío. Ni siquiera la he acompañado al aeropuerto: he cargado sus maletas hasta el taxi, le he dado un abrazo y un beso en la mejilla y le he deseado buen viaje.

Ahora estoy solo en el departamento y es un placer. Hago lo que me da la gana, duermo hasta cualquier hora, escribo de madrugada en calzoncillos, engordo comiendo helados de chocolate y salgo poco, ni siquiera a correr, sólo al supermercado o a dar una vuelta a la manzana, porque hace un frío atroz. Nadie me saluda por teléfono, mis padres saben que sus llamadas no son bienvenidas y por eso han desaparecido de mi vida; mis hermanos prefieren no saber de mí tal vez porque me consideran una mancha en la familia, y Sebastián y Geoff al parecer me han olvidado como yo no he podido olvidarlos. Sólo llama Sofía todas las noches a contarme las novedades de Lima y muy rara vez la adorable Ximena, desde Austin, a contarme lo bien que está con su novio pobretón y animarme a que los vaya a visitar, pero yo no quiero interrumpir mi novela ni salir de casa, y me parece agradable pasar una Navidad a solas.

Las Navidades en Lima son deprimentes: la gente se atropella por comprar regalos, el tráfico enloquece aún más, la miseria de los que no pueden comprar nada se hace más visible y golpea los cristales del auto, mi madre entra en trance religioso y canta villancicos como una alucinada, mi padre se emborracha y anda paranoico pensando en que los ladrones se van a meter a su casa porque él afirma que se roba mucho más en Nochebuena, y yo tengo que correr comprando regalos para toda la familia, y si no voy a la misa de gallo con el cura marica que habla boberías, mi madre me mira mal y en represalia me sirve menos puré de manzana en la cena. No, esta Navidad no haré regalos, ni cantaré villancicos ni iré sumiso a la misa de gallo. Esta Navidad escribiré y seré más egoísta que nunca. No adoraré a ningún niño en el pesebre: me adoraré a mí mismo, nacerá el Niño Gabriel en Nochebuena y será un Niño Muy Gay, y le haré regalos y prenderé velas en su honor. Sofía, un amor, quiso comprarme un arbolito de Navidad en el mercado de pulgas de los domingos y dejarlo instalado en la sala antes de partir, pero yo le rogué que no lo hiciera y ella me dejó en paz.

Navidad es perdonar y amar: tengo que perdonarme por ser tan gay y amarme por ser tan gay; perdonarme por tener unos padres tan trastornados y amarme por vivir lejos de ellos; perdonarme por no querer estudiar en la universidad y amarme por escribir todos los días un fragmento más de la novela; perdonarme por haberme enamorado de Sofía y amarme por desear a su hermana Isabel; perdonarme por nacer en Lima y amarme por vivir en Georgetown; perdonarme por ser el loser total que me considera Bárbara y amarme por ser un loser totalmente feliz cuando me dejan solo en este departamento lleno de cucarachas; perdonarme por estar tan gordo y amarme por ser tan puto; en suma, esta Navidad me voy a amar y a perdonar como nunca lo hicieron mis padres. Sin embargo, algo debe de amarme mi madre todavía, aunque lamentando mi debilidad por los hombres y la alergia que siento por los curas, pues recibo un papel del correo, notificándome de que me ha llegado un envío certificado, y me apresuro en caminar bajo el frío inclemente hasta la pequeña oficina de correos enfrente de la universidad, y me doy con la sorpresa de que mamá me ha mandado un regalo navideño.

Nada más salir de la oficina, de vuelta al frío despiadado de diciembre, me siento en una banca y abro impaciente el regalo que ella ha envuelto cuidadosamente en un papel colorido en el que predominan el verde, el rojo y las repetidas figuritas de Papá Noel. Mamá, indesmayable en su fe, no deja de sorprenderme: al abrir la caja, encuentro una bolsa de fruta seca, otra de nueces y almendras, y una tercera de chocolates redondos envueltos en papelitos dorados como si fuesen monedas y, en medio, una biblia verde, de tapa dura, en cuyas páginas ha deslizado una tarjeta de saludo navideño que abro en seguida y leo con una sonrisa:

«Mi hijo querido: Que Dios, la Virgen y el Niño te enseñen el Camino de la Rectitud en esta Navidad y te lleven por la Senda de la Santificación del Trabajo Ordinario y la Oración al Altísimo. ¡Abre tu Corazón al Niño Jesusito y Pídele que Te Ilumine con Su Infinita Bondad! Te quiere y reza por ti, Tu Mamita Querida, que te conoce mejor que nadie y sabe lo triste que está tu Corazón de Oro.»