Выбрать главу

Cuelgo el teléfono y siento que me han pegado con un bate de béisbol en el pecho, no puedo respirar bien, camino al cuarto, me tumbo en la cama, pienso que esto no puede ser verdad, que tiene que ser un mal sueño. Luego veo la biblia mutilada y pienso: Dios me ha castigado por limpiar mi esperma con su santa palabra. Soy gay y he dejado embarazada a mi chica. Estoy jodido. Ahora sí que estoy jodido. ¿Qué mierda voy a hacer? ¿Por qué diablos no me puse un condón esa noche que la amé sobre mi mesa de trabajo antes de salir a correr? Nunca más usaré la biblia para limpiar los residuos de una paja navideña. Ansioso, me pongo ropa deportiva y salgo a correr a toda prisa en medio del frío y siento que ésta es la Navidad más extraña de mi vida, una que nunca olvidaré.

Estoy en un vuelo entre Miami y Lima. Es la última noche de diciembre y el avión está vacío. Me quiero emborrachar. Una azafata muy amable no deja de traerme champagnes, la última fila de clase económica en la que trato de olvidar mis angustias. Le pido que se siente a mi lado y me haga compañía, pero ella se excusa con una sonrisa y promete que vendrá más tarde, apenas pueda. Es guapa, no me molestaría darle un beso.

Trato de dormir, estoy extenuado, no he podido dormir bien las últimas noches en Georgetown, abrumado por la noticia que Sofía me dio el día de Navidad, pero mis esfuerzos son inútiles, no logro conciliar el sueño, una sola idea me golpea como un martillo la cabeza: voy a ser papá en el peor momento de mi vida, justo cuando quería ser un escritor y atreverme a ser todo lo gay que me diese la gana. No puedo ser papá. No puedo ser pareja de Sofía, vivir con ella, hacerla feliz. Quiero estar solo, sentirme libre, vivir austeramente como escritor y, si tengo suerte, enamorarme de un hombre. Sería una locura ser papá. Sofía tendrá que entenderlo. Si no somos una pareja y estamos separándonos y ella está en medio de una maestría y yo escribiendo una novela y es casi un hecho que soy gay o al menos bisexual y en todo caso los hombres me gustan más que las mujeres, ¿qué sentido tiene obligarnos a ser padres en este momento crucial de nuestras vidas? Ninguno. Ella tendría que dejar sus estudios y quedarse sola con el bebé porque yo no puedo ser su pareja. Yo no podría seguir escribiendo la novela.

Estos últimos días, angustiado por la noticia del embarazo, arrepentido por haber cometido un descuido tan elemental que nos ha llevado a esta crisis, los nervios crispados, no he podido escribir una línea. Si quiero ser escritor, no puedo tener un hijo de este modo tan irresponsable con una mujer de la que no estoy enamorado. Sí, la amo, la amaré siempre, pero no puedo ser su novio o su esposo, el hombre que ella sueña y necesita, porque yo también sueño con un hombre que me ame. No hay alternativas: Sofía tendrá que abortar. Lo siento por ella, porque un aborto debe de ser un trauma, pero es un pésimo momento para ser padres y no me parece bueno traer al mundo a una persona en tan adversas circunstancias. Eso haré: hablaré con Sofía, seré tierno pero firme al mismo tiempo, le explicaré que este embarazo es un error, un descuido de ambos, le recordaré que debe terminar su maestría y yo mi novela y que no podemos seguir viviendo juntos porque yo no soy feliz con ella, y le daré todo el apoyo necesario para que, sin demora, cuanto antes, se haga un aborto, mejor aún si en Lima, donde, a pesar de estar penado por la ley, es bastante fácil someterse a una intervención de esa naturaleza en algún consultorio confiable y discreto.

Sofía tendrá que abortar. No puede obligarme a ser padre. Es una mujer inteligente, bondadosa, y no se le escapará lo que resulta obvio: que no podemos traer al mundo a una persona en estas circunstancias. ¿Podré convencerla? ¿Se resignará a abortar? ¿Me mandará al diablo y se aferrará a su bebé invocando principios morales? No lo sé. No lo sé y por eso tengo miedo. Estoy aterrado porque mi futuro ha dejado de pertenecerme y ahora está en manos de otra persona. Le pido a la azafata otra copa de champagne y ella, aunque sabe que estoy borracho o casi, no duda en traérmela con una sonrisa, y yo le sonrío por eso y le recuerdo que estoy esperándola para conversar y ella me promete que ahorita viene. Bebo champagne con un descontrol que me recuerda la facilidad con que puedo hacerme adicto a cualquier cosa que me saque de la realidad, y recuerdo con precisión el instante en que amé a Sofía sobre mi mesa de trabajo, antes de salir a correr, y la dejé embarazada cuando ya era un hecho que no podíamos seguir juntos. Recuerdo que ella me aseguró que era un día confiable, que no había necesidad de usar un condón. Me enfurezco por eso y me pregunto si habrá sido una trampa en la que ella cayó sin darse cuenta, una manera desesperada de aferrarse a mí y seguir creyendo en nuestro amor.

¿Fue en cierto modo un embarazo deseado por su parte? ¿Me mintió? ¿Sabía que era un día peligroso y no me lo dijo? ¿Pensó como piensan algunas mujeres que un bebé nos unirá como pareja y traerá la felicidad que se nos ha escapado? No lo sé, pero sólo pensar en eso me llena de rabia y de rencor hacia ella y confirma mi decisión de pedirle un aborto. Debo pedírselo con cariño, sin resentimiento, para que ella no piense que si aborta desapareceré de su vida. Debo ser cuidadoso. Debo decirle que podemos seguir juntos como amantes pero que eso sólo será posible si ella no me echa encima el lastre de una paternidad accidental. Sofía sólo abortará por amor a mí, y por eso, ahora más que nunca, debo ser amoroso con ella. Si insinúo que quedó embarazada deliberadamente, me arriesgaré a que prevalezcan su rebeldía, su terquedad, sus instintos maternales y su amor por lo único que le quedaría de mí, el bebé que lleva en el vientre. Además, conociendo su bondad y su nobleza, no creo que haya planeado, deseado o buscado de un modo deshonesto este embarazo. Tiene que ser un accidente. Cuando me dijo que era un día seguro, lo pensó de veras y no me mintió a sabiendas. Sofía es incapaz de jugarme sucio y hacerme trampa. Es la mujer más buena que conozco y no me haría eso nunca. ¿Nunca? ¿Ni siquiera por un amor loco, obstinado, irracional? ¿Porque me ama tanto que no puede dejarme ir? Ya no tengo nada claro, no me queda otra certeza que la de rogarle que aborte.

Llegaré en pocas horas a Lima con esa misión: que Sofía aborte sin que nadie se entere y que regresemos juntos a Georgetown. Tal vez tenga que acompañarla unas semanas más antes de mudarme, me quedaré con ella hasta que se recupere del trauma del aborto, que no debe de ser una cosa menor. Pido más champagne. La azafata linda me lo trae y por fin se sienta conmigo. El avión está desierto, nadie nos mira, la cabina sigue a oscuras y yo humedezco mis labios en ese líquido burbujeante que adormece mi conciencia. Ella me pregunta por qué estoy tan preocupado y yo le miento, me hago el tonto, le digo porque nadie me quiere. Entonces ella me sonríe y yo la coqueteo y le hago preguntas bobas y ella me cuenta cosas de su vida y yo finjo interés pero en realidad sólo quiero olvidar por un momento mi desgracia y darle un beso. Por eso dejo caer con aire distraído mi mano sobre la malla negra de su pierna. No parece incomodarse, seguimos conversando y ella toma un poco del champagne de mi copa y yo le digo eres linda, y ella se sonroja y le brillan los ojos almendrados y se acomoda el pelo negro azabache.