Ya es primero de enero, Año Nuevo, y yo le digo feliz año y le doy un beso en los labios, y ella me mira traviesa y dice no seas loco, que si me ven besándote me botan, y yo le digo entonces, que no nos vean, y nos agachamos y le doy un beso borracho y desesperado, y ella se incomoda un poco aunque no tanto y me dice eres un loquito pero un loquito lindo, voy a dar una vuelta y regreso en un ratito. Me quedo borracho y triste pensando que soy un patético aspirante a gigoló que anda seduciendo a todas las azafatas de la cabina. Esta pobre chica no va a regresar con más champagne porque ya sabe que quiero besarla y que no me importa si después la echan del trabajo. Es Año Nuevo, voy a ser papá y estoy borracho.
Cuando bajo del avión, la azafata se despide cariñosamente y me deja un papel con su teléfono. Es un agrado sentir la brisa húmeda que me revuelve la cara al bajar la escalinata, sacándome por un momento del aturdimiento alcohólico en que me encuentro. Juré que no volvería en mucho tiempo, que sólo regresaría con la novela publicada, y ahora, nueve meses después, estoy de regreso, borracho, angustiado, con una pena horrible porque amo a Sofía pero no quiero ser papá y odio la idea de hacerla abortar pero no veo otra alternativa. Mientras camino a duras penas hacia el sudoroso agente de migraciones que sellará mi pasaporte después de una cola infernal que me recuerda el caos tercermundista del que salí huyendo, pienso que, una vez más, he sido incapaz de cumplir una promesa y he vuelto a esta ciudad que tanto aborrezco de la peor manera, ebrio y enfermo del corazón, más gay que nunca y con mi novia embarazada. Soy un perdedor, Bárbara tiene razón, soy un loser total, pienso en el taxi.
La ciudad no ha cambiado, es el mismo caos polvoriento y bullicioso, los letreros de pollerías con nombres en inglés, las casas de juego con luces de neón y dueños seguramente narcotraficantes, los colectivos cochambrosos que zigzaguean sin respeto alguno por la ley, un fragor de bocinazos, gritos de cobradores y obscenidades de peatones borrachos y barras bravas del fútbol que lo rompen todo a su paso, las paredes embadurnadas de lemas políticos y promesas de amor, la cochinada general, la mugre en los rostros desdentados, la sensación de pobreza, de abatimiento y de confusión de la que quise escapar y que ahora me atrapa en el asiento trasero de este taxi decrépito que se mete en todos los huecos de la calle y me golpea sin tregua.
Sofía sabe que he llegado y me espera en un hotel de San Isidro en el que me ha hecho una reserva por tres noches. No quiero ir a casa de sus padres y menos a la de los míos. No quiero que se enteren de que estoy en esta ciudad. Sólo Sofía y sus dos empleadas de confianza, Matilde y Gloria, que darían la vida por ella, saben que he venido a Lima, aunque esas dos señoras a su servicio ignoran que ella está embarazada y creen que mi viaje es un acto de amor. Llego al hotel, me registro de prisa y, todavía de noche, el eco de las fiestas de Año Nuevo retumbando en el aire, entro en la habitación donde ella, mi chica embarazada, me espera. Toco la puerta. Sofía me abre, me mira con amor y nos abrazamos sin pudor delante del botones que carga mis dos maletines. Gracias por venir, me dice al oído. He venido porque te amo y nunca te dejaría sola en un momento así, le digo, mirándola a los ojos, tan pronto como el botones se marcha con su propina. Nos besamos. Ella siente el aliento amargo del champagne en mi boca y me pregunta si he tomado. Le digo que no, pero mi mirada me traiciona y quizá mis pasos erráticos también. Espérame en la cama, me voy a lavar, digo. Entro al baño, me doy una ducha rápida y salgo con una toalla en la cintura. Ella se ha metido en la cama, está viendo la televisión y tiene los ojos hinchados de tanto llorar. Es una mujer hermosa, no merezco que me ame. Ahora está así, jodida, por mi culpa, porque soy un demente, un irresponsable.
Me acuesto a su lado, la beso, acaricio su pelo, ella se esconde en mi pecho. ¿Qué vamos a hacer?, pregunto con la voz más tierna que me sale del corazón. No sé, no sé qué hacer, dice ella y me mira con angustia. ¿Qué quieres hacer tú?, pregunto. Ella se queda callada, mueve la cabeza con ansiedad, me mira como pidiéndome perdón. Es una locura -dice-. No sé. Yo, borracho a pesar de la ducha y amándola no obstante ser gay, le digo: Sí, es una locura tenerlo, pero ¿quieres tenerlo? Ella me mira con amor y se atreve: Sí, quiero tenerlo, no puedo abortar este bebito que es tuyo, nuestro. Yo la beso despacio, la miro a los ojos y digo: Si quieres tenerlo, vamos a tenerlo, cuenta conmigo absolutamente. Ella me abraza, se enrosca conmigo, llora en mi pecho. Te quiero tanto -susurra-. Eres un hombre bueno. Por eso te amo. Yo sé que se equivoca, pero guardo silencio, conmovido. ¿Dónde quieres tenerlo?, pregunto, con serenidad, como si nada me diese miedo. Allá -contesta ella, sin dudarlo-. Acá sería una locura. Yo le doy la razón: Si vamos a tener este bebé, tiene que nacer allá. Claro -dice ella-. Mucho mejor. Acá sería un escándalo con mi familia y la tuya y tu imagen de televisión y todo eso.
Se hace un silencio mientras acaricio su pelo y ella me da besos en el pecho. Le encanta acomodarse así, su cabeza en mi pecho, y sentir mi mano jugando en su pelo. ¿Entonces vamos a tenerlo?, insisto. ¿Tú quieres?, pregunta ella. Si tú quieres, yo quiero, respondo. Ella suspira abrumada y es valiente: Sí, yo quiero, y quiero tenerlo allá, y quiero que estés conmigo. Le doy un beso en la frente y digo: Muy bien, entonces nos vamos cuanto antes a Washington. Luego nos besamos y hacemos el amor muy delicadamente, y antes de quedarme dormido pienso que quizá no sea una locura convencerme de que todavía puedo ser feliz con esta mujer y nuestro bebé. No puedo obligarla a abortar, me digo en silencio. Seré un hombre y la ayudaré a tener al bebé. Luego busco su barriga, la beso, acomodo mi cabeza sobre ella y lloro porque soy un perdedor, un mal escritor, un puto perdido, el novio de esta chica y el padre de este bebé que no merecía un papá tan impresentable. Estoy jodido, pienso, besando su barriga. Estoy condenado a ser un hombre aunque no quiera.
Amanece en Lima. Se oyen todavía los fuegos artificiales serpenteando en el aire y estallando allá arriba, el ladrido de unos perros chuscos, el chirriar de las llantas de un auto cuyo conductor borracho morirá unas cuadras más allá. Esta noche tampoco voy a dormir.
Es primero de enero. Sofía se ha ido a casa de sus padres. Yo estoy malhumorado porque he dormido poco. Odio comenzar el año así, fatigado, ojeroso, con dolor de cabeza y en la ciudad equivocada. No sé qué hago en Lima, para qué vine, debería haberme quedado en Georgetown y no darle ilusiones a Sofía. Es una locura tener al bebé. ¿En qué estaba pensando anoche cuando me hice el valiente y le dije que no hay ningún problema con tenerlo? Ahora Sofía está ilusionada con ser madre y no será fácil llevarla a abortar. Será mejor postergar el aborto para cuando volvamos a Washington. Estoy muy incómodo en esta ciudad. Ya no tengo un departamento ni un auto, ahora soy un turista y un peatón. No me provoca salir a la calle. Tengo vergüenza de que me reconozcan. No quiero que me pregunten dónde estoy viviendo, qué me pasó, por qué desaparecí, cuándo volveré a la televisión. No tengo fuerzas para mentir ni dar explicaciones. Tampoco tengo coraje para decir que me fui porque soy gay, porque no me atrevo a ser gay y tampoco a escribir en esta ciudad. Esa es la verdad, aunque duela. Podría pasar por casa de mis padres pero sería un mal rato seguro. Los puedo imaginar sentados al lado de la piscina, comiendo los bocaditos que trae una empleada con mandil celeste, comentando la noche de Año Nuevo, papá renegando de los vecinos que reventaron cohetes hasta el amanecer, mamá un poco somnolienta porque tomó una copa de vino y le sentó mal. No debo ir a verlos.