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El departamento es pequeño y no le toma mucho caminar hasta su habitación sin decir palabra, tumbarse en la cama y estirarse con una mueca perezosa. ¿Te acostaste muy tarde anoche?, pregunto, sentándome en la cama, y él me mira sabiendo lo mucho que lo deseo, y dice sí, tuve una fiesta con Luz María, ahora estoy con una resaca de mierda, y yo, servicial, ¿quieres que te traiga algo de la farmacia?, y él no, gracias, pero tráeme una botellita de agua de la cocina. Voy a la cocina con premura de empleada recién estrenada y regreso con una botella de agua, y él toma un par de tragos largos y eructa sin vergüenza. ¿Cómo van tus cosas?, pregunto, y él ahí, dándole, y yo ¿pero contento?, y él sí, no me quejo, al menos tengo trabajo y gano buena plata, y yo ¿y qué tal con Luz María?, y él, abriendo las piernas, rascándose la entrepierna, contento, tranquilo, cero problemas con mi chica, nos compenetramos súper bien, y yo lo odio por decir eso que suena tan feo, nos compenetramos, pero Sebastián es así, siempre me sorprende con alguna palabreja, y no me pregunta nada, me mira con cara de perro, no hace el menor gesto de cariño, mira el reloj y dice en un ratito me tengo que duchar porque Luz María me espera. Me atrevo a preguntarle ¿estás molesto conmigo?, y él, tranquilo, no, para nada, ¿por qué voy a estar molesto contigo?, y yo no sé, porque te siento frío, y él no, no, lo que pasa es que estaba durmiendo y tengo una resaca de puta madre, ¿qué quieres?, ¿que me ponga a bailar un merengue contigo? Yo miro ese cuerpo hermoso que ahora siento tan lejano y maltrato mi orgullo diciéndole he venido porque me muero de ganas de estar contigo como antes. Luego pongo una mano en su pierna y lo miro suplicándole un beso, y él aja, ¿o sea que me extrañas?, y yo sí, muchísimo, he pensando en ti todo este tiempo, me he hecho mil pajas contigo en la cabeza, y él sonríe halagado y dice qué bueno, ¿pero sigues con Sofía o ya terminaron?, y yo no, no, seguimos, estamos viviendo juntos en Washington, pero igual te extraño un huevo, y él no me dice si me extraña, me mira con arrogancia y dice ¿pero ella sabe que me extrañas, que te la corres pensando en mí?, y yo claro, y él ¿no le jode?, y yo no, no le jode, si ella también fue tu amante, y él se ríe de buena gana y dice sí, pues, qué cague de risa, me acosté con los dos y ahora ustedes son pareja, y yo me pongo serio y digo en realidad no somos pareja, vivimos juntos pero yo soy demasiado gay para ser feliz en pareja con una mujer, tú sabes, y él sí, claro, yo te dije eso cuando tú empezaste a salir con Sofía, pero no me hiciste caso y te importó un pincho, y ahora me habla como si estuviese resentido, no me mira bien, hay un rencor empozado en sus ojos, y por eso le digo ¿sigues empinchado conmigo por eso, porque me enamoré de Sofía y dejamos de vernos?, y él me mira con frialdad, no, empinchado no, pero dolido sí, porque te fuiste con una hembrita que era mi amiga íntima y dejé de verlos a los dos.

Me acerco a darle un beso y él deja que bese sus labios pero no hace el menor movimiento, simplemente se deja besar. Luego beso su cuello, su pecho, sus tetillas, y él no se mueve, se queda inmóvil, como si estuviese concediéndome un premio de consolación, el de su cuerpo espléndido. Cuando acaricio su sexo por encima de los calzoncillos negros y lo siento endurecerse, él me detiene con una sonrisa cruel y dice sorry, Gabriel, es tarde, voy a ducharme. Luego se levanta de la cama y me da un abrazo, gracias por venir, feliz año, cuídate y salúdame a Sofía, y yo ¿puedo ducharme contigo?, y él me mira con lástima y me dice no, mejor no, nos vamos a confundir, lo nuestro ya terminó y es mejor dejarlo así. Le doy un beso rápido en la boca, y él, sabiendo que me hace sufrir, se baja los calzoncillos y queda desnudo y con el sexo erguido frente a mí, recordándome lo que me estoy perdiendo, lo que dejé por irme con Sofía, y me dice chau, buen viaje, gracias por la visita. Lo miro embobado y él me da la espalda y se mete en la ducha soltando una flatulencia.

Disgustado, me marcho tan rápido como puedo. Camino perdido por el malecón, viendo a los amantes que se besan calenturientos, arrepentido de haber visitado a este hombre que fue mío y que ahora me desprecia, y detengo el primer taxi que veo pasar. Me hundo en el asiento de atrás y lloro en silencio. Lima me está matando. El aire que viene del mar me golpea la cara, me revuelve el pelo y se lleva las lágrimas que caen por Sebastián, por Sofía, por el bebé que no puede nacer, porque todo se ha ido a la mierda y ahora estoy solo, triste y confundido.

Regreso a Georgetown antes de lo previsto. Apenas pasé dos noches en Lima y no aguantaba una más. Sofía no quiso acompañarme en el viaje de regreso. Prefirió quedarse unos días en esa ciudad que le resulta menos hostil que a mí, descansando, siendo mimada por las empleadas a su servicio, visitando a sus amigas, almorzando en el club de polo y pasando tardes tranquilas en la playa, cien kilómetros al sur. Llego extenuado pero contento al aeropuerto de Washington. Me subo a un taxi manejado por un africano que no tiene interés en hablar más de lo estrictamente necesario, lo que se agradece, teniendo en cuenta las nueve horas de vuelo que llevo encima, y me dejo embargar por una cierta alegría cuando cruzamos el Key Bridge y veo las calles apacibles de Georgetown, este barrio tan hermoso del que no quiero irme. Nadie elige el lugar en el que nace, es una arbitrariedad a la que debo resignarme, pero, si tengo suerte, podré elegir el lugar en el que deseo vivir, y yo quiero vivir en este país, en esta ciudad y especialmente en este barrio.

Mientras recorremos la calle 35, admiro las casas de tres pisos que miran los campos verdes, adyacentes a la universidad, donde juegan al fútbol las mujeres jóvenes con una vehemencia de la que yo sería incapaz a estas alturas de mi vida. Al llegar al departamento, enciendo la calefacción, mato tres cucarachas arrojándoles un aerosol en la cocina, reviso el correo -sólo cuentas por pagar y cartas de Laurent que no voy a abrir porque no las entendería-, me pongo ropa deportiva y, a pesar de que las calles están heladas y ya oscurece, salgo a correr para sentir el pulso del barrio y ordenar mis ideas. Trotando a paso lento por la calle 34, me digo que debo volver al plan originaclass="underline" Sofía tendrá que abortar. Lo haremos acá. Será más fácil que en Lima. Quizá hasta lo pague el seguro médico de la universidad. Estos días averiguaré cuál es el mejor lugar para llevarla a abortar, cuánto cuesta la operación y qué debemos hacer para pedir una cita. De ese modo, cuando ella regrese, se encontrará con que todo está dispuesto para abortar.