Выбрать главу

Estoy molesto conmigo mismo. Corro más de prisa que de costumbre para sacarme de encima esta furia que me aprieta la mandíbula y me pesa en la cabeza como un ladrillo. No debería haber dejado a Sebastián por ella, pienso. No debería haberme engañado pensando que era posible ser feliz con una mujer. No debería haber venido a esta ciudad. No debería haber tenido sexo sin protegerme. No debería haber confiado en su palabra. No debería haber sido blando, viajar a Lima y decirle que no me opongo a que seamos padres. Toda esa larga cadena de errores, me digo corriendo como un energúmeno en medio del frío, es la consecuencia de mi probada cobardía. He tratado de huir de mí mismo y no ser gay, por ahora tengo una novia y la he dejado embarazada. Mi vida es una película mala, serie B, bajo presupuesto y cámara vacilante.

Tengo que editar esta secuencia de hechos desafortunados en la penosa cinta de mi vida. Editar, borrar, suprimir, eliminar; eso es lo que haré, editar el error que hemos cometido. Todavía puedo corregir la película y buscarle un final feliz. Ese desenlace no es otro que abortar, despedirme de ella, mudarme solo, seguir escribiendo y buscarme un novio. Porque Sebastián también será editado de la película de mi vida. No tiene sentido seguir pensando en él, darle un protagonismo que él mismo desprecia. No me conviene estimular más la fantasía boba, irreal, de que volveremos a ser amantes. En realidad, no quiero tener un novio peruano. No volveré a vivir en ese país. Me quedaré acá. Buscaré un novio en este barrio tan lindo, un hombre que no tenga miedo de ser gay, que no esconda como Sebastián su verdadera identidad y no necesite salir a la calle tomado de la mano con una mujer que en verdad no ama. Editaré al bebé, a Sebastián y a Sofía: haré un corte preciso en el momento oportuno, se irán a negro y recién entonces retomaré la dirección de la película de mi vida. Porque ahora he perdido el control y la cámara la lleva Sofía, es ella quien tiene la última palabra y no será fácil convencerla de que editemos su embarazo. Porque su película termina de un modo muy distinto de la mía: tenemos al bebé, nos casamos enamorados, me gradúo en Georgetown como filósofo, regresamos a Lima, nos afiliamos al club de polo, compramos una casa de playa en esa franja privilegiada del kilómetro cien donde los indios y los mestizos sólo caben como empleados domésticos y me dedico a la política para que ella algún día sea la Primera Dama que convirtió a un Escritor Gay en Presidente Heterosexual del Perú.

Esa superstición me aterroriza. Sé bien que me haría infeliz. Mi película es un corto oscuro y deprimente, una sucesión de imágenes tristes en las que un hombre, incapaz de amar, se hunde en su propia soledad, devorado por un profundo rencor contra sus padres, y se encierra a escribir con una violencia que no puede dominar, traicionando a su familia y a sus amigos, y entregándose al sexo en encuentros desalmados. Así me veo cuando sea viejo: escribiendo en un cuarto con arañas en las esquinas, gordo, solo y apestoso, rumiando en silencio mis fracasos, gritando obscenidades contra mí mismo, llorando porque no tuve coraje para ser padre. Entretanto, a la espera de que ella vuelva de Lima, he regresado a mi rutina de escribir, dormir mucho y salir lo menos posible para evitar el ruido y la gente. Me acompañan los niños del patio de juegos, las cucarachas de la cocina, los jadeos amorosos de la pareja vecina, unos pocos discos que repito sin cesar y la voz de Sofía en el teléfono, anunciando que está por llegar.

Ahora estoy en el aeropuerto Reagan una noche helada, esperándola con flores en la mano. La gente me mira y piensa que soy un hombre bueno. No saben que estas rosas son una trampa, una emboscada, un señuelo para que ella crea que la amo y, contra sus instintos, se resigne a abortar. Sofía llega con retraso, se ilumina con una sonrisa cuando me ve extendiendo las flores, luego me besa y me abraza, y nos quedamos abrazados un momento. Ella me dice pensé que el avión se iba a caer, y yo no seas tontita, bienvenida a Washington, y ella me mira con sus ojos amorosos, sonríe y me dice tengo un antojo, y yo, como jugando, dime, ¿cuál?, y ella que me lleves a comer ahorita a Au Pied du Cochon, y yo sonrío, beso su frente y le digo vamos, encantado, dejamos las maletas en la casa y vamos a comer.

En el taxi nos tomamos de la mano, nos besamos, nos decimos cosas dulces al oído, le prometo que todo va a estar bien. ¿Por qué, cuando estoy con ella, caigo en este trance hipnótico, quedo embobado, olvido mis planes y digo tantas insensateces que después, estoy seguro, no podré cumplir? No lo sé, será que esta mujer es adorable y que, muy a pesar mío, la amo más de lo que quisiera. Me alegro de tenerla de vuelta. ¿Quién no quisiera tener una novia como la mía?

Después de dejar las maletas en el departamento, la llevo a cenar a Au Pied du Cochon. En medio de los comensales que hablan agitadamente y fuman en su mayoría, elegimos una mesa afuera, en la terraza cubierta por un techo de plástico que la protege del frío, en un rincón débilmente iluminado por pocas velas. Sofía me mira con gratitud y ordena una sopa de cebolla, un plato de quesos y una copa de tinto de la casa. No puedes tomar, me apresuro, y ella, halagada, una copita no es nada, y yo bueno, como quieras, pero casi mejor si tomas sólo agua, y ella ay, no, no seas aburrido, te prometo que sólo tomo media copita, y el mozo nos mira impaciente y yo ordeno un pollo al horno. Si quiero que Sofía aborte, ¿por qué finjo preocuparme cuando pide una copa de vino? Soy un idiota, pienso una cosa y digo otra distinta y contradictoria. Es lo que soy, una suma incontable de miserias y traiciones. Sofía me cuenta los pormenores del viaje, ensañándose con una azafata que la trató con rudeza (no sé por qué, siempre se pelea con alguna azafata). Parece animada, contenta. No sabe que tengo un plan secreto, hacerla abortar, y que he hecho una cita en una clínica cerca de Dupont Circle para la próxima semana. Me siento un impostor: la miro embobado como si la amase, cuando en realidad pienso hacerla abortar y luego escapar, dejándola sola, malherida.

Cuando se cansa de contarme los chismes de nuestra ciudad, y mientras comemos con remordimiento esos panes con mantequilla, pierdo el control, dejo de actuar, me harto de la duplicidad y revelo mi verdadero rostro, el de un hombre mezquino, sin escrúpulos. He cambiado de opinión, digo, muy serio. ¿A qué te refieres?, pregunta ella. Creo que tenemos que abortar, digo, mirándola con ternura, pero mis palabras me delatan y no la engañan. ¿Por qué piensas eso?, pregunta, dolida. Porque lo nuestro no tiene ningún futuro, afirmo. Yo sé que las cosas son difíciles, pero no tires la toalla tan rápido -me anima, forzando una sonrisa-. Tratemos de estar juntos, yo creo que sí podemos ser felices -insiste-. Tienes que dejarte querer, no le tengas miedo al amor -me aconseja-. Yo te amo y estoy segura de que tú también me quieres mucho, sólo que tienes miedo a comprometerte y eso es normal. Sofía me mira con ojos rebosantes de amor y eso me enerva. No es así -la interrumpo-. No estoy enamorado de ti. No te engañes. Te quiero mucho, sí, y eso no va a cambiar, pero soy gay. Ella ha escuchado las palabras prohibidas: Soy gay. Su rostro se ensombrece, frunce el ceño. ¿Tenemos que hablar de eso ahora?, pregunta, molesta. Sí, ahora mismo -respondo-. Soy gay y voy a publicar un libro gay y no me vas a obligar a tener un hijo, digo, con una violencia que me sorprende. No, no te puedo obligar a que seas papá -dice ella, a punto de llorar, y toma un trago de vino-. Tampoco puedo obligarte a que te quedes conmigo. Si no estás feliz en el departamento, ándate cuando quieras. Pero tú no puedes obligarme a abortar, dice, ahora llorando con mucha dignidad. Sí, vas a abortar -digo, y me siento un canalla, un miserable-. Vas a abortar porque no tienes derecho a obligarme a ser papá. Ella me interrumpe, furiosa: ¡Y tú no tienes derecho a quitarme a mi bebito! Yo insisto: Vas a abortar, ya hice una cita para la próxima semana, déjate de huevadas románticas, acepta que soy gay y que lo nuestro no tiene ningún sentido, y acabemos cuanto antes con esta pesadilla.