Sofía me mira desolada. Hace una hora le daba un ramo de rosas y acariciaba su barriga y le decía al oído tranquila, mi amor, que todo va a estar bien, y ahora, en su restaurante favorito, la traiciono y le digo que tendrá que abortar porque no la amo y es un estorbo en mi vida. Soy un mal bicho, no tengo perdón. El mozo deja la sopa de cebolla pero Sofía ni la mira. No sé si voy a poder abortar -dice-. No seas malo conmigo. -Me suplica con la mirada-. Entiéndeme. No puedo matar a un bebito que llevo en mi barriga. ¿Tan difícil es entender eso? Yo muestro mi peor cara: ¿Y tan difícil es entender que no quiero ser papá porque soy gay y no puedo ser tu pareja? Sofía no aguanta más. Está llorando. Me voy a dormir con Andrea, no me esperes, dice, y se pone de pie y se marcha presurosa. Yo bebo su sopa de cebolla y me siento un tipo abyecto.
Más tarde, tirado en la cama, viendo a Letterman sin poder reírme, llamo al departamento de Andrea y pregunto por Sofía, pero Andrea me contesta: No quiere hablar contigo. Dile que, por favor, venga a dormir, insisto. No creo que vaya, está descansando, llámala mañana, responde, y cuelga. Ésta va a ser la peor pesadilla de mi vida, pienso, y trato de tocarme pensando en un hombre pero no puedo. Recuerdo la escena de Au Pied du Cochon y me invade una vergüenza profunda, que me hace llorar bajo la almohada. ¿Por qué soy tan malo y egoísta? ¿Por qué hago sufrir tanto a la única mujer que me ha querido incondicionalmente? ¿Por qué la he humillado así? Dios, perdóname, que es tu oficio, porque yo no puedo perdonarme.
Sofía me perdona siempre, sólo ella es capaz de perdonar lo imperdonable. Regresa al día siguiente, después de clases, cuando estoy escribiendo. Al verla entrar con el rostro demacrado, me pongo de pie, la abrazo y le digo perdóname por las cosas feas que te dije anoche en el restaurante. Ella, con una calma que me sorprende, dice: No te preocupes, yo entiendo que no es fácil para ti, ya pasó, está todo bien. Luego entra a la cocina, prepara cosas ricas que acaba de comprar y me llama a tomar lonche. Sobre un mantel de cuadros, sirve muffins con queso y jamón, galletas, pasta de guayaba, ensalada de frutas y unos jugos de pera exquisitos. Amo a esta mujer tan hacendosa, que no se cansa de idear maneras para hacerme feliz. Comemos en silencio. Extrañaba tanto mi mesa y mi cocina, dice. Me imagino, digo. No quiero mencionar el tema prohibido. Parto un pedazo de guayaba y saboreo el dulce que se deshace en mi boca. ¿Te vas a mudar?, pregunta, con una voz débil. No sé -digo-. No sé qué hacer. Ella pone su mano sobre la mía y me acaricia. Perdóname -dice-. Este embarazo es mi culpa. Yo sé que el momento no podía ser peor. Te juro que lo siento en el alma por ti. Yo la miro con ternura y digo: No, perdóname tú. Yo debería haberme cuidado y no lo hice, y ahora estás sufriendo por mi culpa.
Sofía pasa su mano por el pelo que cae sobre sus hombros. Está vestida con unos jeans, casaca gruesa y botas de jebe para protegerse de la lluvia. ¿Qué quieres que haga?, me pregunta, con una serenidad que me desarma. Me quedo en silencio. No quiero lastimarla pero debo ser franco. Tenemos una cita el lunes en la clínica, digo, sin mirarla a los ojos. Creo que lo mejor es ir juntos. Ella permanece callada, me mira con pena. ¿Estás seguro?, pregunta. No -digo-. No estoy seguro de nada, me da mucha pena, pero creo que es lo mejor. -Como ella no dice una palabra, insisto-: Si vamos a la clínica, será duro para ti, yo lo sé, pero me quedaré contigo, no me mudaré, lo tomaré como un acto de amor y no te daré la espalda. Sin embargo, al mismo tiempo pienso: es mentira, huiré como un cobarde tan pronto como te recuperes del aborto. Continúo hablando: Podemos irnos unos días al campo, a Maryland o a Virginia, a esos bed and breakfast lindos que salen en los periódicos, y recuperarnos juntos de este mal momento. Yo te prometo que no te voy a abandonar y te voy a querer más si vienes conmigo a la clínica.
Me siento un manipulador y un tramposo prometiéndole amor siempre que aborte. Soy un asco. Ella, que es tan buena, no lo advierte. Pero duda: ¿Y si no voy a la clínica? Yo no vacilo mi respuesta: Si no vamos el lunes a la clínica, me tendré que ir de acá cuanto antes, no podría quedarme contigo. Ella trata de tomarlo con calma pero le duele y apenas consigue disimularlo: ¿Por qué? ¿Por qué te quedarías conmigo si aborto y me dejarías si no aborto? ¿No te das cuenta de que si no puedo abortar es por amor a ti? Yo procuro no enfadarme. Mantengo la calma, preservando un tono de afecto en mi voz: Sí, entiendo que no quieras abortar por cariño al bebito y a mí. Lo entiendo. Pero si decides tenerlo, yo no podría quedarme contigo porque estaría muy nervioso, muy abrumado, viviría de mal humor y te haría la vida imposible. Por eso me iría, para dejarte en paz y no amargarte el embarazo. Muerdo más dulce de guayaba y ella me mira desolada, como pidiéndome un poco de nobleza. No me dejes -me ruega-. Voy a tratar de abortar, pero si no puedo, no me dejes, añade. ¿Vas a tratar?, pregunto, acercándome a ella, acariciando su rostro. Sí, voy a tratar, confiesa con un dolor que ensombrece su mirada y le quiebra la voz. ¿Vas a venir conmigo a la clínica el lunes, mi amor?, pregunto, besándola en la frente, en las mejillas. Sí, voy a ir, se resigna, derrotada. Es lo mejor, digo, mirándola con cariño, y pienso al mismo tiempo: soy un manipulador, estoy torturando a esta pobre mujer, no tengo derecho de hacerle esto. Yo no sé si es lo mejor, pero si tanto me lo pides, lo haré por ti, dice ella, y rompe a llorar, y yo la abrazo, su rostro en mi pecho, y le prometo: Tranquila, todo va a estar bien, tenemos que ser fuertes, salir de esta crisis y seguir juntos. Quizá más adelante, cuando sea el momento adecuado, tendremos un hijo. Pero ahora no podemos, mi amor. Es una locura. Vamos a sufrir mucho y esa pobre criatura sufrirá también. Sofía asiente llorando y dice con dificultad: Entiendo, entiendo, pero igual me muero de la pena.