Выбрать главу

Después de identificarnos ante la recepcionista, nos sentamos en unos sillones y esperamos a que nos llamen. Hojeo unas revistas en las que aparece gente bonita y famosa, pero sólo estoy pensando: ¿Lo hará o no lo hará? ¿Se arrepentirá, saldrá corriendo, se convertirá en una manifestante antiabortos más y me gritará insultos cuando salga de la clínica? Sofía bebe el vaso de agua que le ha alcanzado la recepcionista. Tiene una mirada inexpresiva, vacía, y cruza las manos sobre su barriga, como protegiendo al bebé cuya vida quiero interrumpir. De pronto, aparece una doctora y la llama. Nos ponemos de pie. La mujer me dice que sólo puede entrar Sofía, que yo debo esperar. No sé qué decirle a Sofía. La miro a los ojos. No puedo decirle: Suerte. Simplemente le doy un beso en la frente y le digo: Te quiero. Sé que lo estás haciendo por mí. Nunca lo voy a olvidar. Ella no me contesta. Me mira triste, decepcionada de mí, aterrada de lo que está por venir, y camina lentamente, las manos en los bolsillos, perdida la mirada. Me dejo caer en el sillón y trato de relajarme, pero sólo oigo el eco de los insultos en la calle, los cánticos y las admoniciones de esos manifestantes que, desafiando el frío, nos llaman asesinos, criminales, genocidas. ¿Qué he hecho tan mal para terminar viviendo esta situación espantosa? Sólo quise amar a una mujer, no ser gay: ¿merezco un castigo tan severo? y la pobre Sofía, que me amó con pasión: ¿merecía vivir esta mañana de mierda que nunca olvidará ni me podrá perdonar? Dios, perdóname, perdónala, cuida, por favor, a mi bebé, porque yo no puedo hacerlo, a duras penas puedo conmigo mismo. Contigo, si existes, estará en mejores manos, y si no existes, y estos espantapájaros allá afuera te inventan para odiarnos, prefiero que mi bebé se salve de esta vida sin sentido, llena de crueldades y sufrimiento.

No te arrepientas, Sofía. Relájate, no pienses, déjate llevar, deja que el bebé se vaya a un lugar mejor. No te aferres a una ilusión absurda, a un sueño que terminará mal. Hazme caso. No pienses y aborta. Después, me quedaré unas semanas contigo, me iré y no me verás más, no me querrás ver más. De pronto, una mano toca mi hombro, sacándome de estas cavilaciones. Abro los ojos. Es Sofía y está llorando. Vamos, me dice. ¿Qué pasó, tan rápido?, pregunto, sorprendido. Vamos, no aguanto este lugar un minuto más, contesta, y empieza a caminar hacia la puerta. La doctora me mira y dice: She’s not ready, take good care of her.

Salimos a la calle. Sofía camina unos pasos delante de mí y yo me apuro para alcanzarla porque me da miedo que pase sola frente a los manifestantes, pero ella camina tan rápido que no logro alcanzarla. Entonces arrecian los gritos, las miradas de odio, los insultos y las diatribas, las amenazas de que arderemos en el infierno y Dios descargará su rabia infinita sobre nosotros. Sofía se detiene frente a una gorda loca que le grita baby killer!, baby-killer!, y le grita en la cara shut up, you asshole!, I still have my baby and I’ll keep it!, y la gorda se queda sorprendida y se calla la bocaza, y ahora algunos de esos fanáticos aplauden a Sofía y yo camino detrás de ella odiándola, odiando a estos predicadores cretinos, odiando mi vida y esta mañana que no pudo ser peor.

Vamos callados en el taxi. No me digas nada -me advierte Sofía, con una mirada fría-. Traté y no pude. Pobre de ti que me digas una cosa fea. Yo entiendo, guardo silencio. La tomo de la mano y digo: Gracias por tratar, no te preocupes, está todo bien. Ella no contesta. No te voy a perdonar nunca que me hayas llevado a ese lugar, dice, y siento que me odia. Llegando al edificio, bajamos de prisa y entramos sin decir una palabra. Sofía va a la cocina y abre la nevera. Yo me dirijo al cuarto, saco mis dos maletas y comienzo a empacar. Un momento después, me ve haciendo maletas y pregunta sorprendida: ¿Te vas? Tratando de no llorar, digo: Sí. Me voy. Es mejor así. Ella me mira con desprecio, como si ya supiese la verdadera catadura de la que estoy hecho, y dice: Muy bien, ándate. Tendré a este bebito yo sola. Si no quieres ser el papá, ándate y no vuelvas más. Luego vuelve a la sala, pone un disco de Rachmaninov que me eriza los nervios y espera a que me vaya. Cargo mis maletas llorando como un niño, avergonzado de mí mismo, y le digo desde el umbral de la puerta, sin acercarme a ella, porque sé que si la abrazo no podré irme: Adiós, Sofía. Que seas muy feliz. Gracias por todo. Ella me mira incrédula y no dice una palabra. Salgo de la casa y cargo mis dos maletas por la calle 35 y sé que ella me mira por la ventana y llora como estoy llorando yo. Pero sigo caminando sin saber adonde ir, alejándome de la mujer que más me quiere y del bebé que me rehúso a amar.

Estoy alojado en el Georgetown Inn, en el número 30 de la avenida Wisconsin, enfrente de Au Pied du Cochon. Es un hotel tradicional, de seis pisos, cómodo sin ser lujoso, con una vista lateral a las casas de la calle N y no muy lejos del departamento de Sofía, distancia que he recorrido a pie, arrastrando mis maletas como un miserable. No es un hotel distinguido como el Four Seasons, pero tampoco llega a ser tan económico como el Holiday Inn de la avenida Wisconsin.

No puedo escribir. He pasado el día frente a la computadora, encerrado en mi habitación, pero el recuerdo de Sofía me atormenta. La he abandonado en el peor momento, como un cobarde. Estará llorando, pensando que su bebé no tendrá un padre. No pudo abortar y la castigué de la peor manera, huyendo, dándole la espalda cuando más me necesitaba. Pero no puede obligarme a ser padre. No es un acto de amor: es una locura, una insensatez. Por eso debo ser fuerte, olvidarme de ella, resistir y seguir escribiendo. Sin embargo, no puedo. No consigo escribir una palabra. Me arrastro por la habitación, me echo agua fría en la cara para sacarme las lágrimas, me siento como un zombi frente a la pantalla y se me aparece, una y otra vez, sin que pueda evitarlo, el recuerdo de Sofía angustiada con el bebé que ahora quiero ignorar. No sé qué hacer. Podría buscarme un departamento por acá y tratar de escribir, pero no le veo sentido porque este barrio es pequeño y no tardaría en cruzarme con ella, su hermana y sus amigas. Si quiero desaparecer de su vida, que no me vea más como la amenacé, debería irme de Washington. Además, todo me recuerda a ella, no hago sino pensar en Sofía.

No salgo del hotel por temor a encontrarla en la calle, a no poder mirarla a los ojos porque me siento un tipejo acobardado, un pusilánime que salió corriendo por temor a ser padre. Tendré que irme de esta ciudad. Pero ¿adonde? ¿De regreso a Lima? Imposible. Muy pronto, todos los que me conocen allá sabrán que he abandonado a Sofía embarazada y nadie me lo perdonará. Lima no es una opción. Además, he jurado terminar la novela antes de poner pie en esa ciudad, y esta vez cumpliré mi juramento. Quizá podría tomar el tren a Nueva York, buscarme una madriguera, esconderme del mundo y tratar de anestesiar mi conciencia, que ahora, ya de noche, sin haber escrito una línea en todo el día ni haber salido del cuarto, no me deja dormir porque me recuerda que tengo una obligación moral con ese bebé y que nada justifica eludirla. Esto es lo que no me deja escribir, dormir, respirar con calma: la certeza de que mi conducta es indigna, deshonrosa. El bebé no tiene la culpa de nada y merece tener un padre. Que yo sea gay, que quiera ser escritor, que no pueda ser pareja de Sofía, que necesite vivir solo, que esté a favor del aborto en esta ocasión, no justifica, en ningún caso, abandonar al bebé y negar mi paternidad. Sí, Sofía me está obligando a ser padre, pero tiene derecho a hacerlo, porque el bebé está en su barriga, no en la mía, y ella tiene la última palabra, y me consta que trató de abortar pero no pudo, porque, siendo una mujer noble y bondadosa, se impuso su instinto maternal y prefirió complicarse la vida por ser mamá. La culpa del embarazo, en todo caso, es mía, no suya, porque yo no tuve suficiente cuidado al hacerle el amor. Ahora que está embarazada, el bebé es más suyo que mío, una parte de su cuerpo, una prolongación suya, y por lo tanto es justo que sea ella quien decida, aun contra mi opinión, la suerte del bebé.