Llegamos al hospital por la puerta de urgencias, cargan la camilla con el cuerpo inerte de Sofía y yo camino a su lado, viéndola ensangrentada, inconsciente, al borde de morir, y me siento asquerosamente culpable de todo y maldigo el momento en que fui tan cobarde y la abandoné por no abortar. Entran con ella a la sala de urgencias y me dicen que no puedo ingresar, que debo quedarme afuera. Es la media hora más larga de mi vida, caminando como un energúmeno por este pasillo desangelado. Pienso que, si Sofía muere, no podré seguir viviendo. Me siento en el piso, de espaldas contra la pared, hundo la cabeza entre mis rodillas y lloro porque no puedo creer que este día, el peor de mi vida, haya comenzado en una clínica de aborto con aquellos manifestantes insultándome y termine acá, en el hospital de Georgetown, con Sofía desangrada y muriéndose. Por fin aparece el doctor con una expresión serena y me mira con lástima al verme así, encogido en el piso. Me pongo de pie y espero lo peor. El doctor habla con aplomo: No se preocupe, va a vivir, las heridas no son tan malas y no ha perdido mucha sangre, de todos modos, le hemos hecho una transfusión, y yo ¿y el bebé?, y él está vivo, está bien, y yo ¿pero han visto si tomó pastillas para dormir, porque quizá eso pueda hacerle daño al bebé?, y el doctor tomó algunas, está sedada, pero no las suficientes para hacerse daño o lastimar al bebé, no se preocupe que va a descansar y a recuperarse y en unas horas, quizá a mediodía, podrá llevarla de regreso a casa. Gracias, doctor, le digo y lo abrazo.
Se queda pasmado y no hace nada, no corresponde el abrazo pero tampoco me rechaza. Yo lloro en su hombro y él me deja llorar y no hace preguntas porque tal vez comprende que soy el culpable de tanto dolor en el corazón de esa mujer que yace adentro con las muñecas heridas. Tranquilo, tranquilo, váyase a dormir un rato y regrese por la mañana, me dice, y se marcha con paso sereno. Pero yo no puedo irme, no puedo dejar sola a Sofía. Me siento en una esquina del pasillo, me cubro la cara de vergüenza, lloro desolado y juro que nunca más dejaré a Sofía y a mi bebé. Si hasta hoy fui el peor enemigo de este pobre bebé, ahora seré su aliado y su protector incondicional y no permitiré que le hagan daño. Perdóname, Sofía, por ser tan canalla.
Sofía y yo salimos del hospital caminando lentamente. Por fortuna, ha sobrevivido y el bebé también. No tengo palabras para decirle cuánto lo siento, mi mirada lo dice todo. Ella me trata con ternura, que es también una manera de perdonarme. Hace frío pero un sol radiante mitiga el rigor del invierno. Caminamos en silencio, yo paso un brazo sobre sus hombros, ella va con las muñecas vendadas y el rostro hinchado por los sedantes. Su familia no se ha enterado de su intento de suicidio y sus amigas tampoco. Le ruego que no diga nada y ella promete que guardará el secreto. Llegando a casa, me pide que nos sentemos en los columpios del parque vecino, que a esa hora está vacío. Bien abrigados, nos balanceamos en los columpios y ella me sonríe. No quiero hablar de cosas difíciles, quiero verla así, distraída y contenta, como en los primeros días de nuestro amor, cuando tan fácilmente la hacía reír. Te ves linda así, le digo. Tú también, me dice. Me gustan los hombres, pero amo a esta mujer más de lo que nunca amé a un hombre. Hay algo en ella -las heridas de su alma, esa nobleza que tan bien conozco, sus ganas de arriesgarlo todo por mí, una pasión para amar que yo ignoraba- que me resulta irresistible. Todo va a estar bien, le digo. Ella me mira, se columpia y sonríe. A partir de ahora, todo será de bajadita, prometo. Gracias por volver -me dice-. Pensé que no te vería más y así no valía la pena seguir, añade, y no me mira con rencor, sino con aire bondadoso. ¿Qué puedo hacer para que seas más feliz?, pregunto.
Desde la ventana del departamento número 4, la vecina de los pechos grandes, aquella que hace unos ruidos escandalosos en la cama, nos mira con perplejidad, quizá preguntándose cómo ayer Sofía yacía ensangrentada en una camilla de urgencias y hoy se balancea tan contenta en el columpio de los niños del barrio. Son hispanos, estará pensando. Esa gente es distinta, se pelean, se pegan y luego se aman, dirá para sí misma. Sofía me mira con serenidad y dice: Nada, sólo quiero verte tranquilo y feliz, eso es todo lo que quiero. Seguimos columpiándonos. No podemos quedarnos en este departamento, necesitamos algo más grande y bonito para nosotros tres, digo, y ella sonríe con gratitud y yo me siento bien de haber dicho eso, nosotros tres, y ella dice con humildad como quieras, podemos quedarnos acá y acomodarnos, pero yo insisto no, este departamento nos queda muy chiquito y, además, ya me trae malos recuerdos, quiero que nos mudemos cuanto antes a uno más grande. Ella asiente, sonríe, me dice que me ama con sólo mirarme y se columpia con más fuerzas, levantando los pies y dejando que su pelo se alborote. Mañana mismo empezamos a ver departamentos -digo-. Tú eliges el que más te guste y nos mudamos. y a partir de ahora yo pago toda la renta, no la compartimos más. Ella se sorprende: No, estás loco, yo quiero pagar mi parte. No way -digo-. Pago yo y punto final.
Me pregunto si el bebé estará bien después de tanta angustia en el cuerpo de su madre. Espero que esté disfrutando de esta tarde en el columpio, una tarde que me hace pensar que ser feliz con Sofía no es una quimera, es algo que podemos conseguir esporádicamente si persistimos en el empeño de amarnos a pesar de todo. ¿Qué más puedo hacer para que seas feliz?, pregunto. Nada más, baby, no quiero que hagas nada por mí -dice ella-. Tú escribe tranquilo y relájate, no hagas ningún esfuerzo por mí. ¿Quieres que nos casemos?, pregunto, y me sorprendo de haberlo dicho. Ella me mira, perpleja y halagada, y dice: Pero tú no crees en el matrimonio, me dijiste siempre que no querías casarte. No me casaría nunca por la religión -aclaro-. Pero creo que debemos casarnos por el bebé, digo. Ella dice con timidez: Me encanta la idea, pero no quiero que te sientas obligado. Yo siento que le hace mucha ilusión casarnos y por eso prosigo: Sería bueno, sobre todo, por los papeles. Yo estoy acá como turista y tengo que salir en unos meses. Tú eres ciudadana de este país. El bebé nacerá acá y también tendrá la ciudadanía. Yo no quisiera seguir como turista. Si nos casamos, puedo aplicar de inmediato a la residencia y quedarme acá con ustedes todo el tiempo que nos dé la gana. Sofía me mira con un aire risueño y pregunta, traviesa: ¿Sólo por eso quieres casarte conmigo, para sacar la residencia? Yo le digo: No, también porque te amo. Ella se burla: Pero en ese orden, primero por la residencia, después porque me quieres. Yo sonrío y digo: No seas tontita, creo que es una buena idea por razones prácticas, yo no tengo que ir donde ningún juez para decirle que te quiero, pero me parece una buena idea casarnos para que los tres podamos vivir tranquilos en este país. Ella aprueba con entusiasmo: Me encanta la idea. ¿O sea que me estás pidiendo matrimonio en estos columpios? Yo me siento raro pero divertido con la escena y digo: Sí, ¿quieres casarte conmigo? Ella me mira a los ojos y responde: Eso depende. Yo sonrío, la amo por ser tan juguetona y pregunto: ¿De qué depende, mi amor? Ella me sorprende: Depende del lugar al que quieras llevarme de luna de miel. Yo suelto una risotada que alborota a las palomas que se alejan volando. Esta mujer es alucinante, pienso. Ayer quería matarse por amor y hoy me hace reír hablando de nuestra luna de miel. ¿Adonde quieres ir?, pregunto. Ella ríe, orgullosa de su travesura, y dice: Si me llevas a Lima de luna de miel, no nos casamos ni cagando. Pero si nos vamos a París, podemos casarnos cuando quieras. Yo río de buena gana y digo: Trato hecho, nos vamos a París. Ella me dice: Entonces podemos casarnos, pero con una condición más. Intrigado, pregunto: ¿Cuál? Ella, dice muy seria: Que hagamos una separación de bienes. Yo sonrío y digo: Pero yo no tengo bienes, mi amor, sólo una magra cuenta bancaria. Ella me mira socarrona: Por eso, no quiero que después vengas a reclamarme que los hoteles de mi madre y de Peter también son tuyos.