Aunque trato de ser leal con Sofía, estos encuentros me recuerdan que soy más débil de lo que quisiera y que las tentaciones aguardan a la vuelta de la esquina. El joven Futerman sube con presteza la escalera alfombrada de azul y blanco y detrás subimos Sofía y yo, con menos vigor que él. Ella echa un vistazo al pasillo, que huele bien, y me dice al oído qué diferencia con nuestra ratonera, está mucho mejor este lugar, y yo asiento y fijo mis ojos en el trasero del amigo Futerman, que se mueve con agilidad y al que sigo sumiso. En seguida nos abre la puerta, pasamos al departamento y la primera impresión, que es la que cuenta, es tan favorable como la que su dueño ha provocado en mí. Con sólo echar una mirada, Sofía dice es perfecto, y yo digo sí, genial, me encanta. No siendo grande, es muy acogedor, tiene un piso de madera reluciente, la cocina y los baños están impecables, con buenos acabados y equipos modernos, y la vista a la calle 35 es hermosa, un árbol encorvado haciendo sombra sobre las ventanas. En la sala hay una chimenea, lo que hace sonreír a Sofía, y en medio del cielo raso se abre una claraboya por la que se filtra una luz muy blanca que inunda el lugar de buena energía. Nos encanta, digo, y el señor Futerman sonríe, me mira con simpatía, y luego nos cuenta que compró y renovó el departamento el año pasado y que ahora se ha mudado a una casa en Virginia pero no quiere vender este lugar porque le tiene mucho cariño. Lo queremos, definitivamente, lo queremos, digo. ¿Cuándo podríamos mudarnos?, pregunta Sofía. Cuando quieran -responde él-. Podemos firmar el contrato mañana mismo, porque me han caído muy bien, y me pagan y les entrego la llave. ¿A qué se dedican ustedes? Sofía se apresura: Yo estudio una maestría acá en Georgetown. Él me mira y yo digo: Estoy escribiendo una novela. Sofía interviene: y pronto va a terminarla y a estudiar una maestría. Estupendo -dice él. Luego me sorprende-: ¿Son pareja o amigos? Yo digo con mi mejor voz de hombre: Somos novios, nos vamos a casar pronto. Futerman sonríe sorprendido y dice: Qué bueno, todavía hay gente que se casa y cree en el amor, felicitaciones. ¿Tú no estás casado?, pregunto, a sabiendas de que es una pregunta inapropiada. No, me casé y me divorcié, ahora vivo solo y soy mucho más feliz, responde. Nos vamos a casar y vamos a tener un hijo, dice Sofía.
El joven Futerman se alegra, nos felicita, pregunta para cuándo esperamos el nacimiento del bebé y sonríe con ternura cuando Sofía le dice que nacerá en agosto, en el hospital de la universidad. Los felicito, me encanta saber que están embarazados y que van a tener un bebé en este departamento, que es tan pacífico y tiene tan buena energía, dice, con un cariño que parece sincero, y yo me quedo pensando en lo que nos ha dicho, que estamos embarazados, algo que nunca antes me habían dicho. No digo nada, comprendo que eso de que estamos embarazados es una cortesía muy moderna y norteamericana, y acuerdo con él en que mañana firmaremos el alquiler, pagaré tres meses adelantados y nos dará las llaves. Nos damos un apretón de manos y algo en mí renace y se estremece cuando me mira a los ojos y dice que le encantaría que nos viésemos en otra ocasión y que le cuente de qué va mi novela, y yo por supuesto, veámonos, será un placer, y Sofía sigue distraída y contenta, mirando la tina del baño, el counter de la cocina, los vestidores, que son muy amplios, y yo pensando que tal vez el destino me ha premiado por ser bueno con ella, aceptar al bebé y comprometerme a casarnos.
Bajamos la escalera, nos despedimos, Futerman se marcha en su auto deportivo y Sofía me dice es perfecto, ideal para nosotros, y luego me abraza con amor, y yo repito sí, es perfecto, ideal para nosotros, pero no pensando en el departamento, sino en este tipo encantador que ahora se marcha presuroso. Vamos a Sugars a tomar algo y a celebrar, me dice Sofía y yo le doy un beso en la mejilla helada y digo buena idea, ¿estás contenta?, y ella me mira con amor y dice feliz, muy feliz, y mi baby más, y acaricia su barriga y yo siento que todo está bien así, con mi novia, mi baby y mi flamante amigo con colita.
Al día siguiente, mientras Sofía asiste a una de sus clases en las que se entretiene haciendo el geniograma de El Comercio que le envía su madre por correo, me reúno con Don Futerman en el edificio, firmo el contrato y le entrego el cheque. Ahora me parece menos atractivo que el día anterior; incluso lo encuentro pedante y me ofende cuando me pregunta si nosotros, siendo peruanos, sabemos usar una lavadora y una secadora de ropa. De todos modos, le miro las manos, que son bonitas, y me turbo un poco cuando, nada más sellado el trato, me da un abrazo y me pregunta si quiero que me lleve de regreso a mi departamento. Sin pensarlo, digo que no, que prefiero caminar. Pero hace frío, déjame llevarte, insiste. Yo, tal vez porque me avergüenza el edificio tan viejo en que vivimos, insisto en que prefiero caminar, pero no se da por vencido y casi me empuja adentro del coche.
Ahora estamos en su auto y él enciende la calefacción y maneja despacio por la calle 35 y me pregunta cómo va la novela. Yo digo: Va bien, gracias. Me gustaría leerla, dice, y me mira con una simpatía que me confunde. Pero está en español, digo. Lástima -dice-, sólo hablo inglés. Se hace un silencio. El auto avanza lentamente. Estaría bueno tener un carro así para ir al supermercado y no muriéndome de frío con una mochila en la espalda, pienso. Tu mujer es muy guapa, me sorprende. Gracias -digo-. Sí, es muy linda. ¿Tú tienes novia, sales con alguien?, me atrevo. Algo nervioso, se acomoda la colita y dice: Sí, tengo una amiga con la que me acuesto, pero no estoy enamorado. Mejor, pienso: quizá no estás enamorado porque no te gustan tanto las mujeres. Sería bueno vernos algún día -digo, tímidamente-. No sé, ir al cine o comer algo, lo que te provoque. Luego señalo el edificio y pido que se detenga. Claro -dice-, llámame cuando quieras, y me da su tarjeta y apunta el número de su celular. ¿Aquí viven?, pregunta, mirando el edificio. Sí, digo, avergonzado. En el edificio nuevo van a estar mejor, dice, sonriendo. Extiendo la mano pero él se acerca y me abraza, a la vez que pasa su mano por mi cabeza y dice: No dejes de llamarme. No, seguro, te llamo, digo.
Bajo del auto y lo veo alejarse. Es un tipo raro, pienso. Pero me gusta, me cae bien. Ahora me echo en la cama y me agito pensando en él. Cuando termino, me siento mal. No debo caer en estas tentaciones peligrosas, pienso. Me preparo algo rápido en la cocina -un batido de frutas y un pan con queso derretido- y salgo a buscar un taxi. Camino hasta la avenida Wisconsin, me subo al taxi y le pido al conductor con turbante que baje el volumen de la radio -esa música sibilina me enerva- y me lleve al edificio de la Corte Federal, en el centro de la ciudad. Llegamos en menos de diez minutos. No tardo en reservar una fecha para nuestro casamiento -el primer día disponible, un miércoles a principios de marzo-, pagar el costo del trámite, escuchar las instrucciones generales y recibir un folleto con información sobre los pasos previos que debemos cumplir antes de la boda. La mujer afroamericana que me atiende, una secretaria obesa y atenta, tal vez percibe una cierta tensión en mis movimientos y me pregunta si realmente quiero casarme. Sí, claro, ¿por qué?, contesto. Porque no parece contento, dice, con una sonrisa amable. Estoy muy ilusionado, no se preocupe, miento, pero es cierto, la sola idea de casarme en pocas semanas, ante un juez de Washington, me llena de temor.