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Cuelgo el teléfono y sonrío frente al espejo que Sofía compró en la feria de baratijas. Estoy demasiado tenso, siento que me puede dar un infarto en cualquier momento, un dolor agudo me oprime el pecho. Necesito tomar aire. Me pongo un saco y un sombrero negro y salgo a caminar. Hace frío, ya oscurece. Mi vida es una puta mierda: vivo en el barrio más lindo que he conocido y soy tan miserablemente infeliz, qué ironía. Detengo un taxi y le pido que me lleve a The Fireplace, un bar de hombres cerca de Dupont Circle. No me importa que el conductor, un tipo de apellido impronunciable que seguramente nació en otro continente, piense que soy gay. Lo soy y a mucha honra. Me gusta cómo me queda este sombrero negro: me miro al espejo del taxista y sonrío coqueto. Poco después, entro en The Fireplace sin quitarme el sombrero. A pesar de que es temprano, hay un buen número de hombres alrededor de la barra. Nadie baila, pero una música agradable relaja el ambiente. Voy a la barra, siento que algunos me miran con interés, miro aquí y allá con coquetería, le pido una copa al barman, que está guapo y muestra los músculos con un descaro que se agradece, y me quedo sentado, bebiendo con premura, esperando a que venga un hombre amable a salvarme de este infierno.

Esta noche voy a emborracharme y a acostarme con un hombre, pienso, y siento cómo el vino me raspa la garganta y apaga el incendio que llevo en el estómago.

Regreso borracho al departamento. No me acosté con ningún hombre. No me atreví. Me daba miedo ir a la casa de uno de ellos y descubrir que era un asesino en serie y terminar cortado en pedacitos en su nevera. Desconfío de la especie humana, imagino siempre lo peor, no puedo evitarlo. Sólo uno de esos hombres borrosos de The Fireplace, cuyos rostros se perdían entre la penumbra y el humo, me inspiró confianza y me gustó. Creo que me gustó cuando me dijo: Con ese sombrero y esa sonrisa, pareces un político en campaña. Yo sonreí y le grité al oído, porque la música era un estruendo: Soy un político y estoy en campaña. El tipo, algo mayor que yo, pero aún joven y bien puesto, me miró con simpatía y preguntó: ¿Yen qué consiste tu campaña? No dudé en responderle: En irme a la cama con el hombre más guapo de este bar. Nos reímos, hablamos de cualquier cosa y creo que nos gustamos, pero cuando le dije para irnos a un hotel, me sorprendió: No puedo, tengo novio. Yo pregunté sin entender: ¿Y entonces por qué vienes acá? El sonrió encantador, su mano sobre la mía, y dijo: Para entretener los ojos, pero yo sólo me acuesto con mi novio. Una lástima, dije, y seguimos bebiendo y yo tuve ganas de arrancarle un beso, sólo uno, y poco después, ya borracho, cuando hablaba de su trabajo como arquitecto y de la casa que estaban construyendo con su novio en Maryland, le robé un beso en la boca y él sonrió con ternura y me devolvió el beso, pero sólo nos besamos, nada más.

De todos modos, esas horas en The Fireplace me hicieron bien, porque salí relajado, contento y habiendo olvidado la tarde miserable que pasé en el teléfono, peleando con mi padre y con Bárbara. Cuando le conté al arquitecto todo lo que estoy viviendo, se conmovió y me dijo al oído: Los gays somos los mejores padres del mundo, ya verás que serás un gran papá y gozarás mucho de la experiencia. Lo amé por ser tan optimista, envidié a su novio y sentí, por si hacía falta, que ese mundo, el de los hombres suaves, con los pantalones ajustados y los glúteos remarcados, era el mío, uno al que pertenezco naturalmente.

Estoy borracho en el taxi y extraño aquellos días en Lima en que acudía a lugares peligrosos en busca de cocaína para despejar la embriaguez y sentirme menos inseguro. Pero no quiero volver a ser un cocainómano, no podría mirarme a los ojos, tendría asco de mí mismo. Soy gay y estoy borracho pero no volveré a meterme coca. En The Fireplace pensé pedirle cocaína al barman, pero me contuve. Ahora estoy tratando de abrir la puerta del departamento, en este pasillo mugriento y oscuro por el que a menudo corren las cucarachas, y no puedo acertar la llave en la cerradura porque mi mano temblorosa no me lo permite. De pronto, Sofía abre bruscamente la puerta y me recibe con una cara tremenda. Yo la miro con los ojos chispeantes, una sonrisa traviesa y sin sacarme el sombrero negro a pesar de que son las diez de la noche. ¿Se puede saber dónde estabas?, pregunta, furiosa. Emborrachándome, digo, y hago una venia burlona con el sombrero. Muy gracioso -dice, y luego-: ¿Se puede saber dónde? Yo, haciéndome el gracioso: Sí, cómo no. En The Fireplace, un bar gay muy bonito, ¿lo conoces? Sofía me mira con odio y estalla: ¡Eres un maricón. Yo contesto sarcásticamente: Bueno, sí, eso lo sabíamos desde el principio, ¿no? y no grites, por favor, que se van a enterar los vecinos, que son los únicos que tiran rico en este edificio.

Sofía me mira como si quisiera pegarme. Tiene las mejillas coloradas, los ojos desorbitados y los labios temblando. ¡No pensé que podías ser tan maricón!, vuelve a gritar. ¿Tan grave te parece que vaya a coquetear a The Fireplace?, digo. Ella viene hacia mí y yo espero una bofetada, pero me saca el sombrero y lo tira al suelo. ¡Quítate esto, por favor, que son las diez de la noche y pareces un payaso!, grita. Cálmate, por favor, que si yo parezco un payaso, tú pareces una loca, digo, recogiendo mi sombrero. ¡La loca eres tú!, grita, histérica, y yo, más histérico, porque ya puestos a gritar no me voy a dejar atropellar, ¡sí, la loca soy yo, y a mucha honra! Entonces ella camina de un lado a otro, las manos en la cintura, y dispara: Te juro que nunca me imaginé que podías ser tan maricón de llamar a mi madre a decirle todo. ¡Eres una rata!, me acusa y yo, borracho y atontado como estoy, caigo en cuenta de que está furiosa por eso, porque llamé a su madre y le conté la verdad, que soy gay y su hija una loca, y que vamos a tener un bebé y nos casaremos para sacar los papeles. Llamé a tu madre para decirle la verdad, me defiendo, sentándome a mi mesa de trabajo y apagando la computadora que había quedado encendida. ¡No tenías que decirle que estoy embarazada y que eres gay!, chilla ella. ¡Y tú no tenías que decirle que nos vamos a casar! -grito yo-. ¡Y ella no tenía que llamar a mis padres a darles la buena noticia de que su hijito es muy hombre y se va a casar! ¡Y mi padre no tenía que llamarme a preguntarme si ya te regalé un anillo!, sigo gritando, descontrolado.

Sofía se me acerca, me mira con desprecio y grita: ¡La llamé porque tú mismo me dijiste que teníamos fecha para casarnos! ¡Me pareció lógico contarle! Pero no le dije nada de mi embarazo y tampoco de tu plan de sacar la residencia, y menos de tu sexualidad, porque todo eso era un secreto entre tú y yo, ¡y ahora tú me has traicionado de la peor manera, como el maricón malvado que eres! Yo no aguanto más: ¡Basta de decirme maricón como si fuera un insulto! ¡Y no te he traicionado, sólo les he dicho la verdad! ¡El problema es que tú no soportas la verdad y prefieres vivir en la mentira de que somos una pareja feliz y nos vamos a casar por amor! ¡Y la verdad es que yo soy gay y tú me vas a obligar a ser papá y por eso nos vamos a casar! Sofía se lleva las manos a la cara y dice: ¡Basta! Luego va al teléfono y marca de prisa unos números. ¿Qué haces?, ¿a quién llamas?, pregunto. A Laurent -dice-. Me voy a París a vivir con él. No aguanto más esta pesadilla. ¡Genial! -grito, burlón-. Me parece una gran idea. Ándate con tu francesito y déjame en paz. Me voy al cuarto y tiro la puerta. Sofía habla en francés, llora, yo no entiendo nada y me siento una mierda. Mi mujer y mi hijo se van a ir y me voy a quedar solo y arrepentido. No me importa. Estoy borracho y necesito tomar aire. Salgo de la casa, me subo a un taxi y le digo que me lleve a The Fireplace.