En el camino siento el sabor salado de mis lágrimas resbalando hasta mi boca. La vida es una puta mierda, pienso. Ahora sí se jodió todo. Mi bebé tendrá un padre francés. Me estoy cayendo de borracho, apesto a humo, tengo la boca seca y pastosa y me siento un asco cuando vuelvo al departamento, pasada la medianoche, y confirmo que Sofía se ha marchado. Su ropa no está en el clóset y tampoco sus cremas y perfumes en el baño. Echo de menos nuestros retratos en el cuarto, pero todavía queda su olor y eso me hace llorar en la cama, arrepentido de humillarla una vez más. Seguramente habló con Laurent, le dijo cosas horrendas de mí, lamentó tantas desgracias que no cesan y él le rogó que se tomara el primer avión a París y ella prometió que llegará pronto y se fue con sus maletas y ahora estará en el aeropuerto o ya volando y no hay nada que pueda hacer, ya todo está perdido. Tal vez esto sea lo mejor, que Sofía tenga al bebé pero no conmigo, con Laurent como padre, y viviendo en París, una ciudad que ama. Será el destino. Me quedo dormido pensando que se ha cerrado este capítulo tormentoso de mi vida, este huracán que parece eterno y lleva su nombre.
Despierto a las ocho de la mañana, con pesadillas y dolor de cabeza, cuando los niños llegan al colegio y juegan ruidosamente en el patio vecino. Corro al baño a tomar unos tylenols, pero Sofía se los ha llevado todos. Me arrastro hasta la cocina y bebo un jugo de naranja. No están las vitaminas, se las llevó también. Veo que hay un mensaje en el teléfono. Me precipito a escucharlo: Hola, soy yo, Sofía. Sólo quería despedirme. He venido a dormir a casa de Andrea. En la tarde me voy a París. Lamento haberte complicado tanto la vida. No te preocupes, ahora ya no estaré por acá molestándote y podrás hacer lo que quieras. Que seas muy feliz. Adiós.
Todavía no se fue, me digo, aliviado. Tal vez podría impedirlo. Podría ir a casa de Andrea, pedirle disculpas a Sofía y rogarle que me dé una última oportunidad. Pero no tengo fuerzas; estoy rendido. Regreso a la cama arrastrando los pies, me dejo caer boca abajo y cierro los ojos tratando de poner la mente en blanco y olvidarlo todo. El eco de las risas infantiles me recuerda que no tuve valor para ser padre y que algún día mi hijo reirá en un patio de juegos de un colegio en París sin saber que soy su padre, y volverá a casa a decirle «papá» a Laurent. Quizá sea mejor así. El niño será feliz allá, no conmigo. Yo no puedo hacer feliz a nadie, siempre hago llorar a la gente que más quiero, y este pobre niño no será la excepción. Ahora mismo podría hacer algo para evitar que se vaya lejos de mí, levantarme de la cama y buscar a Sofía, pero soy un perdedor, un maricón borracho que agoniza en la cama de la mujer que lo abandonó. Dios, regálame un poco de sueño para olvidar quién soy y a qué niveles de abyección he descendido.
Cuando despierto, miro el reloj y son las dos de la tarde. Ya me siento mejor. Camino a la cocina, muerdo una manzana, veo que no hay mensajes y me pregunto si Sofía habrá partido. Trato de llamarla a casa de Andrea para despedirme pero no encuentro el número. Caminaré, no es lejos, apenas siete u ocho cuadras, y me hará bien respirar el aire fresco de la calle. Me doy una ducha fría, me veo gordo en el espejo mientras paso una toalla por mi cuerpo flácido, huelo la ropa de la noche anterior, que apesta a humo, me pongo encima ropa limpia y salgo a caminar. Llueve. Abro el paraguas negro que Sofía me regaló y apuro el paso, bajando por la calle 34. Miro el reloj, son las dos y media. Con suerte, todavía no habrá partido. A medida que camino, lleno mis pulmones de aire fresco y me desintoxico de la noche anterior, me siento con más fuerzas y me animo a desear que no viaje, que se quede conmigo. A veces me siento un hombre y ahora es uno de esos raros momentos.
Llego al edificio donde vive Andrea, en la esquina misma de la calle Prospect y la avenida Wisconsin, en cuya primera planta funciona una tienda de ropa exclusiva, y me apresuro en tocar el timbre del cuarto piso, el penthouse con una amplia terraza que ella, argentina, hija de médicos exitosos que viven en Chicago, estudiante como Sofía de una maestría en ciencias políticas, ocupa desde que se mudó a esta ciudad. El viento silba entre los autos, parte la lluvia, me chicotea la cara y me recuerda algo que Sofía solía decirme: el clima frío produce gente que piensa, es muy raro encontrar pensadores en los climas tropicales. Yo no soy ni seré un pensador, apenas soy un hombre confundido. Ahora sólo quiero abrazar a Sofía pero nadie contesta y sigo apretando el timbre y no hay respuesta, y las ráfagas de viento y esta lluvia pertinaz se ensañan conmigo y me mojan sin piedad a pesar del paraguas. No me muevo de allí, hundo mi dedo en el botón y miro hacia arriba a ver si se asoma Andrea, que yo sé que me odia, pero nada, es un fiasco, será mejor que vuelva y acepte la derrota con dignidad, si queda alguna. Camino entonces por la calle Prospect, dispuesto a detenerme en el café Booeymonger a tomar unos jugos de naranja que consigan aplacar el incendio de la resaca, cuando, de pronto, una voz familiar interrumpe mis cavilaciones.
Es precisamente Andrea, la argentina infatigable que suele estar estudiando, cargando pilas de libros y hablando de cosas intelectuales que yo no entiendo ni quiero entender. ¿Qué hace vos acá?, me pregunta, con mala cara, porque conoce todas las miserias que he perpetrado contra Sofía. Vine a tu departamento a buscar a Sofía -digo, secamente-. ¿Sabes dónde está?, pregunto. Se fue al aeropuerto hace media hora, responde con todo el desprecio que le inspiro. ¿Se fue a París?, pregunto, parado bajo la lluvia, mi paraguas negro rozando el suyo celeste. Sí, a París, y no creo que vuelva, contesta con ponzoña, y yo pienso: nadie te pidió un pronóstico, vaticinio o augurio de mala leche. ¿A qué aeropuerto fue, al National o a Dulles?, pregunto, a sabiendas de que tal vez no me lo dirá. La veo triste y no es casual, porque es la mejor amiga de Sofía en esta ciudad, siempre leal y generosa con ella. No se le conocen novios y la pasión que exhibe por Sofía despierta una cierta suspicacia en mí. Con frecuencia la invita a dormir, le hace los trabajos académicos, le regala ropa y la lleva a cenar a los mejores restaurantes, es decir, hace con Sofía todo lo que yo debería hacer y nunca hago. ¿Por qué preguntas?, dice ella, desconfiada. Porque quería despedirme, digo. Obvio que se fue a Dulles, de allí salen los vuelos internacionales, contesta. ¿Air France?, pregunto, y ella asiente. Gracias, chau, digo, y bajo la mirada y apuro el paso, pero ella grita: Mejor no vayas al aeropuerto, déjala en paz, ya basta de hacerla sufrir. Avergonzado, sigo caminando y me alejo de ella.
Me refugio de la lluvia en Booeymonger y le pido a la cajera peruana, que ya me conoce, dos jugos de naranja, tratando de disimular con una sonrisa falsa la tristeza que llevo en el corazón. ¿Qué te pasa, Gabrielito?, me dice la mujer, baja y morena, los ojos vivaces, voluptuosos los labios. Nada, nada, todo bien, respondo, pero ella no me cree: Andas tristón, será la lluvia. Será, digo, y le pago. Tomo los jugos de pie, salgo a la calle y detengo un taxi. Al aeropuerto Dulles, digo, sin pensarlo. Miro el reloj, son las tres, no voy a llegar a tiempo. No importa, lo intentaré. Y si la encuentro, ¿qué haré? ¿Le pediré que se quede? ¿Me despediré con aplomo? ¿Lloraré en sus hombros y le rogaré que me perdone? Sofía se ha quedado sin alternativas: huye a París porque yo, con toda maldad, he escandalizado a su madre, diciéndole que soy homosexual, que Sofía está embarazada y no la amo y que sólo estoy dispuesto a casarme por los papeles. Sé que, aunque le ruegue que no suba al avión, se irá de todos modos, porque he destruido la poca felicidad que quedaba entre los dos y le he revelado mi naturaleza pérfida y mi infinita capacidad de ser ruin y desleal.