Выбрать главу

En el taxi de regreso a casa no puedo dejar de llorar en silencio. Ha dejado de llover, es de noche y siento que es el momento más triste de mi vida. Entro al departamento, recuerdo su ausencia definitiva y lanzo un grito de dolor. Me miro al espejo y veo a un hombre que tendrá que vivir con la vergüenza el resto de sus días. Tengo los ojos rojos, hinchados, y un dolor agudo y creciente en el pecho que no me deja respirar. Camino hasta el cuarto, abro las ventanas para que se meta el viento helado, me tumbo en la cama, busco su olor entre las almohadas y lloro con una desesperación que no conocía. No puedo moverme. Me quedo así, tumbado, exhausto, sin saber adonde ir, qué hacer con mi vida. No podré escribir una línea más, menos aún volver a Lima y sonreír a sueldo en la televisión. Quizá convenga acabar con esta pesadilla, caminar a la farmacia, comprar un frasco de somníferos, tomármelos todos y escapar de mí, de esta cárcel en que se ha convertido mi vida. Trato de dormir pero no puedo. Tampoco quiero comer. He perdido, debo irme. Pasan los minutos y una sola idea machaca mi cabeza: debo irme, la película se ha terminado. Me quedo tendido un rato largo, quizá una hora o dos. Luego me incorporo con dificultad y salgo a la calle sin paraguas. Ha vuelto a llover. Me mojo. No importa. Nada importa ya. Ella se ha marchado y otro hombre será el padre de mi hijo.

Llego desesperado a la farmacia y pido pastillas para dormir. Un sujeto imperturbable, en mandil blanco, me informa que necesito una prescripción. No tengo -le digo, con voz grave-. y realmente necesito dormir. El tipo señala unos frascos en un estante y me dice que, sin prescripción, sólo puedo llevarme esas pastillas. Agarro diez frascos de Tylenol PM, voy a la caja registradora y pago. Camino las dos cuadras de regreso pensando: si me tomo estas diez cajitas, me muero o duermo una semana entera, es decir, que en cualquier caso las tomaré.

Entro al departamento y me recibe una música familiar, el piano de Rachmaninov. Me quedo atónito. Sofía me mira, las piernas cruzadas, desde mi mesa de trabajo. Cancelaron el vuelo, dice, con una sonrisa. Yo la miro incrédulo, los ojos irritados, la ropa mojada, las diez cajitas de Tylenol PM en los bolsillos de mi sacón negro. Falló una turbina del avión antes de despegar, regresamos y nos bajaron, dice, de pronto seria. Qué bueno, digo, y me acerco a ella. Estás empapado, se alarma, al verme húmedo, goteando de pies a cabeza. Me olvidé el paraguas, digo. Te vas a resfriar -me amonesta con cariño-. Voy a hacerte un tecito, ¿quieres?, pregunta. Sí, porfa, digo. Ella se levanta y camina hacia la cocina, pero yo la detengo, la abrazo y lloro en su hombro. No te vayas, mi amor -le digo-. Si te vas, yo me voy también. Ella me abraza con fuerza, se moja con mis ropas, se estremece y dice: ¿Adonde te irías? Yo respondo: Me iría, simplemente me iría. Ella me acaricia el pelo mojado con una ternura que pensé ya no sentía por mí y dice: No digas tonterías. Acá estoy contigo. Es el destino, supongo.

Sofía no puede tener al bebé, es una locura absoluta, yo me opongo totalmente, dice Bárbara, levantando la voz, el rostro crispado, las manos inquietas, temblorosas. No digas eso, Barbie, déjala decidir tranquila, que haga lo que ella crea más adecuado, le reprocha Peter, su marido. Estamos en el departamento de Isabel, que escucha en silencio, el ceño fruncido y, a pesar de la gravedad del momento, me mira con simpatía, apiadándose de mí por el mal rato que estoy pasando frente a su familia. Peter y Bárbara han llegado en el primer vuelo desde Lima y se han acomodado en el cuarto de huéspedes. Francisco, el hermano mayor de Sofía, y su novia, Belén, han tomado un tren en Boston, donde estudian, y se han sumado a este consejo familiar, reunido para decidir qué hará Sofía con su embarazo y conmigo. Somos siete personas -Bárbara y Peter, Isabel, Francisco y Belén, Sofía y yo- sentadas en la sala, y parece como si alguien hubiese muerto en la familia porque la atmósfera es sombría, deprimente. Bárbara es, con mucha diferencia, la que parece más molesta. Me mira con furia, culpándome de esta suerte de desgracia familiar. Peter procura mantener la calma y evitar los excesos dramáticos en que a menudo cae su esposa. Es un tipo frío, con bastante dominio de sí mismo, y sólo en ocasiones se permite un gesto de contrariedad, en particular cuando Bárbara dice un disparate. No sé qué esperas para abortar, no puedes tener un hijo con Gabriel, que no te quiere y dice que quiere vivir solo, estalla Bárbara, dirigiéndose a Sofía. Peter la mira pidiéndole calma, pero ella lo ignora. No puedo abortar, ya les dije que traté y no puedo, se defiende Sofía, con voz débil, sentada en un sillón con las piernas cruzadas. Creo que te equivocas, Sofía, interviene Francisco, su hermano, vestido con vaqueros y una camisa de cuadros.

Es un hombre todavía joven, bordeando los treinta, pero ha engordado y perdido pelo, lo que hace que parezca mayor. Tienes que hacer un análisis frío de los costos y los beneficios de tu decisión, añade, con aire de sabiondo, envanecido porque estudia en una universidad de prestigio. En mi opinión, los costos serían muy altos, porque no podrías terminar tu maestría, serías madre soltera, volverías a Lima en medio de la vergüenza social y limitarías muchísimo tu desarrollo y crecimiento profesional, prosigue, acomodándose las gafas, sentado en la alfombra. Me irrita su actitud de geniecillo nerd que todo lo analiza rigurosamente, salvo el tamaño de su barriga, me digo, en silencio, con actitud culposa, porque el malo de la película soy yo y Sofía la víctima de mis desmanes amorosos. Yo sé que si soy mamá ahora, mandaría al tacho mi futuro profesional, pero no me importa, prefiero darle vida a esta criaturita y ser pobre, dice Sofía, la voz quebrada, y Belén la mira llena de compasión, mientras Isabel hace un gesto de impaciencia, harta de este melodrama, y Francisco vuelve a la carga, estimulado por las miradas cómplices de su madre: No seas terca, Sofía. Piensa. Piensa con la cabeza, no con las hormonas. Te falta un año para terminar la maestría. ¿Vas a dejarla a la mitad? ¿Qué clase de trabajo vas a conseguir sin una maestría y con un bebito? ¿Quién va a cuidar al bebito? Vas a estar sola, en Washington, sin empleadas, sin trabajo y con un bebito llorando todo el día. ¿Qué clase de vida es ésa?

Bárbara asiente y lo secunda: ¿Qué clase de vida es ésa, Sofía? Vas a vivir como las negras que se llenan de hijos, no puede ser. Nuestra familia tiene una posición social, no podemos pasar por esta vergüenza de que tengas un hijo sin casarte y abandonando tus masters. Sofía se eriza y levanta la voz: Ya sé que tienen vergüenza de mí, ya me lo dijeron mil veces, ¿cuántas veces más me lo van a decir? Yo pienso en silencio: No tienen vergüenza de ti, tienen vergüenza de que yo sea el padre de tu bebé, por eso quieren que abortes, para borrarme de tu vida y de tu familia. Bárbara me considera un impresentable porque le he dicho que soy gay, un tema del que aún no se habla en este consejo familiar; su hijo Francisco me tiene como un perdedor porque no terminé la universidad y me dedico a escribir, un oficio que a él le parece absurdo, un camino seguro a la pobreza; Peter me ve con lástima, pues no atiendo sus consejos de volver al Perú y dedicarme a la política; Belén, curiosamente, no me trata con hostilidad y por momentos hasta me mira con simpatía, e Isabel es mi aliada incondicional y me defiende con pasión cuando su madre me lanza sus habituales insidias.