No tenemos vergüenza de ti -le dice Bárbara a Sofía-. Estamos acá para ayudarte. Pero no podemos permitir que te hagas un daño teniendo un hijo con Gabriel, que, perdóname la franqueza, no está a la altura de nuestra familia y ni siquiera se siente un hombre, si me dejo entender. Peter carraspea nerviosamente y mira al jardín; Francisco me escudriña con ojos desafiantes; Isabel sonríe y mueve la cabeza como diciendo yo sé que Gabriel es más hombre de lo que ustedes creen.
El daño me lo haría si abortara, mamá, ¡no entiendes nada!, se desespera Sofía, mirando con indignación a su madre, que le devuelve una expresión fría, mezquina, egoísta. Yo estoy con Sofía totalmente -interviene Belén, que ha permanecido en silencio hasta entonces-. No podemos obligarla a abortar. Se haría un daño muy grande. Ella quiere tener al bebé y todos debemos apoyarla para que lo tenga, aunque la situación sea complicada. Pero mucho peor para ella sería abortar, porque se quedaría traumada y hecha puré. Sofía la mira con gratitud. Belén ha hablado con determinación, con una fuerza inesperada que nadie había mostrado en esta reunión. Yo la miro con respeto: es una mujer de convicciones y no tiene miedo de defenderlas aun estando en minoría. Sólo Belén y Sofía han tomado partido claramente a favor de que nazca el bebé. Yo creo que, si queremos ayudar a Sofía, tenemos que hacerle ver las cosas como son, aunque le duela -discrepa Francisco con su novia-. y lo que más le conviene, desde el punto de vista económico y profesional, de su futuro en el mercado laboral de este país tan competitivo, es abortar un embarazo indeseado y seguir adelante con sus estudios, agrega, con una voz profesoral que me resulta odiosa. Belén lo mira con furia y levanta la voz: Déjate de hablar cojudeces, Pancho. En este momento no estamos buscándole trabajo a Sofía, sino tratando de ayudarla a que esté bien. Vuelves a pedirle que aborte y me paro y me voy de esta casa, ¿está claro?
Francisco se empequeñece ante el exabrupto de su novia y asiente con docilidad. Bárbara e Isabel miran a Belén con disgusto, ofendidas de que vapulee así al niño estrella de la familia. ¿Tú qué vas a hacer, Gabriel?, me pregunta Peter. Se hace un silencio incómodo. Yo casi no he hablado hasta entonces. No sé, depende de lo que Sofía decida, digo, tímidamente. Sofía ya decidió, va a ser mamá, y tú eres el papá, dice Belén, con una seguridad que me intimida. No es así, Belén, todavía tengo dudas -la corrige Sofía con cariño-. Pero, sinceramente, no creo que pueda abortar, es algo que me parece tan horrible, tan cruel, que me da pesadillas todas las noches, añade, y se le quiebra la voz. Por eso, prohibido hablar del aborto, es una mariconada seguir haciéndole esto a Sofía, afirma Belén, con aspereza. Yo me hago el tonto y miro a otro lado, pero me sonrojo cuando ella habla de mariconadas, porque sé que todos piensan que soy un maricón vergonzoso, un maricón que ha dejado embarazada a su chica y ahora sale del armario a gritar que es gay. No me has dicho qué vas a hacer, Gabriel, dice Peter, y me mira con una insistencia desesperante, al tiempo que Bárbara me clava sus ojos inquisidores y Francisco me observa con inocultable desdén. Bueno, ya parece que todo está claro -hablo con la voz más viril que puedo improvisar-. Sofía va a tener al bebé y yo me voy a quedar con ella y ser el papá.
Isabel me sonríe cariñosa; Belén aprueba, moviendo la cabeza, y Bárbara y Francisco me desprecian, pues me ven como un intruso en la familia. ¿Vas a ponerte los pantalones y ser un hombrecito?, pregunta Peter en un tono de superioridad, dirigiéndose a mí con una cierta condescendencia irritante. Yo lo odio por hablarme así, como si fuese mi padre, pero trato de disimularlo y respondo: Voy a cumplir mis obligaciones. Me hubiera gustado tener coraje para añadir: y no voy a ser esposo de Sofía, ni me voy a poner los pantalones, ni voy a ser el hombrecito que tú quieres que sea, porque soy gay, y así como Sofía tiene todo el derecho del mundo de ser feliz con su bebé, yo también tengo derecho de ser gay, sin descuidar mis obligaciones como padre. Así que no me hables deponerme los pantalones con esos modales de capataz homofóbico, no me hables con esa actitud prepotente y abusiva, porque yo soy gay pero puedo ser muy hombre, y tú eres un pobre sacolargo casado con una bruja que te domina a su antojo, así que poca autoridad tienes para hablarme de pantalones. No digo nada de eso, me quedo callado y aguanto el vendaval. ¿Vas a casarte con Sofía y apoyarla varonilmente?, insiste Peter. Yo siento sobre mí todas las miradas, carraspeo, busco una voz gruesa para fingir que soy más hombre y balbuceo: Bueno, sí, el plan es casarnos. Entonces Bárbara mete cizaña: Pero tú me dijiste que el plan es casarte para sacar la residencia, no porque estés enamorado de ella. Francisco se exalta y hace un gesto cínico: O sea, una boda de conveniencia, un braguetazo. Isabel suelta una carcajada: Te están diciendo braguetero, Gabriel, defiéndete, me dice, con una sonrisa cómplice.
Yo guardo silencio, me siento acorralado, no quiero mentir, y además es cierto que nos casaríamos para que yo pueda quedarme a vivir en este país, cerca de Sofía y del bebé. ¿Entonces es un matrimonio por papeles y nada más?, pregunta Peter, que no me deja escapar. Belén me mira como diciéndome pobre de ti que digas que sí, que te casas para sacar una jodida tarjeta de residencia, te aviento el florero si dices tamaña pachotada. Sofía no mira a nadie, se hunde en un silencio compungido, mira esta alfombra que Isabel aspira dos veces al día, porque, como su madre y su hermana, es maniática de la limpieza. No, yo quiero mucho a Sofía -digo, y se hace un silencio-. La quiero mucho y voy a apoyarla en todo lo que pueda. No quiero que deje sus estudios. Yo puedo cuidar al bebé para que ella vaya a clases y termine su maestría. Bárbara se impacienta: Eso es imposible, tú no sabes cuidar un bebé, no digas tonterías. Tampoco es tan difícil, mamá -dice Isabel-. Podemos cuidar al bebé entre Gabriel y yo, y así Sofía no deja sus clases, me parece una buena idea. Yo amo a Isabel una vez más. Sofía respira aliviada, se siente menos acosada. Belén me mira como diciéndome muy bien, muy bien, yo sabía que no me ibas a defraudar, yo te conozco de chiquito y no creo que seas tan marica como anda diciendo la loca de Bárbara.
¿O sea que te comprometes ante todos nosotros a casarte con Sofía y apoyarla ciento por ciento en su embarazo y su maestría?, pregunta Peter, con desconfianza, como si fuese un abogado tratando de hacerme firmar un contrato. Sí, respondo, secamente. Pero igual vas a casarte y rapidito nomás vas a sacar la residencia, opina burlona Bárbara. Bueno, ¿y eso qué tiene de malo?, me defiende Sofía, mirando con enfado a su madre. Claro, si puede sacar los papeles, mucho mejor, dice Isabel. No me estoy casando por los papeles, sino para ayudar a Sofía -digo-. Pero no puedo ayudarla si estoy como turista y tengo que irme cada tres meses. Es más fácil si me dan la residencia, así puedo estar acá tranquilo. Peter asiente: Bueno, sí, tiene todo el sentido del mundo. Sofía dice: Además, el bebito va a nacer acá y tendrá la ciudadanía como yo, y no sería bueno que Gabriel se quede como turista, si podemos sacarle los papeles. Bárbara me mira con hostilidad, lo mismo que su hijo Francisco; los demás se resignan a la idea de tenerme en la familia y no parecen demasiado contrariados por eso. Bueno, ¿cuándo se casan?, pregunta Peter. Bárbara se lleva las manos al pecho, como si fuese una derrota atroz aceptar que me casaré con su hija. El segundo miércoles de marzo, respondo. Ahorita, en menos de un mes, qué emoción, dice Isabel. Que conste que yo me opuse, y sigo pensando que todo esto es una locura, que estás pensando con las hormonas, le dice Francisco a Sofía. ¡Pancho, carajo!, le grita Belén, callándolo en seguida. Ya basta de hacer sufrir a Sofía -interviene Peter, en tono conciliador-. Hemos evaluado todas las opciones con serenidad, pero ya se tomó una decisión, que es la mejor para ella, y ahora todos tenemos que trabajar en equipo por el bien de Sofía -afirma-. ¿Estamos claros, Gabriel?, me pregunta. Muy claros, Peter, respondo. ¿Te vas a poner los pantalones, dejarte de dudas hamletianas y aceptar tus responsabilidades con hombría y virilidad?, insiste. Sí, no te preocupes, contesto. El problema no es que se ponga los pantalones, sino que no se los saque tanto, por eso está embarazada Sofía, dice Isabel, risueña, y las mujeres sueltan una risotada, salvo Bárbara, que me mira prometiendo venganza. Bueno, salud por los novios, dice Peter, y Sofía y yo rozamos nuestros vasos de agua mineral y nos miramos con amor aunque también con miedo. Salud por el bebito, dice Belén, al parecer contenta. Salud por tu tarjeta de residencia, dice Bárbara y me mira sarcástica, y yo la odio pero sonrío amablemente.