Esa misma noche se lo cuento todo a Sofía. No puedo hacerte una bajeza así -le digo en la cama-. No puedo conspirar con tu madre contra ti. No tengo cara para decirte que me voy a ir, dejándote embarazada, y que no me vas a ver más, tengas o no al bebé, porque me parece una cobardía, una canallada sin nombre, y ya traté de hacerlo y me sentí un miserable. No voy a ser un títere de tu madre y hacer lo que ella quiera. Que se vaya al carajo. Sofía me mira con cariño. Está en camisón, con unas ojeras pronunciadas, y sus ojos revelan tristeza y fatiga, como si ya nada le sorprendiese. Es increíble que mi madre sea tan desleal conmigo -dice, menos molesta que cansada-. ¿Tan difícil le es entender que no puedo abortar? Si fuese menos egoísta, me entendería. Pero sólo le preocupa la imagen social, el qué dirán, la opinión de sus amigas de Lima. -Luego me toma de la mano, me acaricia suavemente y dice-: Gracias por decírmelo. Gracias por ser mi amigo y no caer en su juego. Me invade una sensación de orgullo. Esta vez, he hecho lo correcto, he sido noble con ella y he desenmascarado a la pérfida de su madre. Yo entiendo que tu madre esté a favor del aborto en este caso -digo-. No la culpo por eso. Yo le dije que soy gay y está aterrada y no me quiere nada. y piensa que si tú te quedas con el bebé, no terminarás tu maestría y joderás tu futuro. Entiendo que piense eso. Yo también lo pensé y te pedí que abortases. Pero lo que me parece sucio, bajo, innoble es que me pida que haga esta especie de teatro maquiavélico y te diga que me voy, que te abandono para siempre, y que luego me esconda en un departamento prestado por ella hasta que abortes. Eso me parece indigno. Sofía me mira con cariño. Claro, es una perrada, dice. Yo continúo, envalentonado: Porque yo no tendría cara para decirte eso: que me voy, que te jodas con el bebé, que no quiero verte más. No tendría cara. Yo ya entendí que no puedes abortar, que es una crueldad pedirte que abortes, que vas a tener al bebé conmigo o sola, y por eso no te haría algo tan traidor, sabiendo el daño que te harías abortando.
Estoy sentado en la cama en ropa de dormir, la habitación apenas iluminada por la luz que irradia el televisor. Tendida de costado, Sofía parece reconfortada de sentir mi cariño y dice: Pero aunque te fueras otra vez, no abortaría. Aunque hicieras el plan de mi mamá y me abandonases, igual tendría el bebito. Quiero que entiendas eso, mi amor: yo voy a tener a esta criaturita contra mi mamá, contra mi familia entera y contra ti mismo si hace falta. Es mi hijo y nadie me lo va a quitar. y la tarada de mi mamá no entiende que es mi decisión y mi futuro, y que ella no tiene la última palabra, sino yo. En la voz de Sofía no hay rencor hacia su madre, no al menos el que yo siento por mis padres. Eso no deja de sorprenderme. Aunque sabe que su madre ha intrigado contra ella, no le molesta tanto como pensé que le molestaría. En seguida digo: Yo creo que deberías mandarla al carajo y que no vengan a la boda. Pero Sofía me corrige: No vale la pena, no quiero más peleas, mi mamá es así de loca y es peor si no la invito al matrimonio, porque seguro que viene igual y me hace una escena. Yo discrepo: Creo que te equivocas. Deberíamos casarnos tú y yo solos, nadie más. Ni mis padres, que no vendrán porque ya los mandé al carajo, ni tu familia, que, seamos francos, me ve con abierta antipatía, porque nadie quiere que te cases y tengas un bebito conmigo, salvo Isabel, creo, que es la única que me quiere.
Sofía se irrita cuando menciono a su hermana: Isabel no es que te quiera o no te quiera, sino que está feliz de que yo tenga a esta criaturita porque cree que así no voy a terminar mi maestría y de puro envidiosa eso la hace feliz, porque ella no pudo entrar a Georgetown y yo sí, y ahora su venganza sería que yo tenga que dejar la universidad. Me quedo sorprendido y digo: No creo, Isabel no es tan envidiosa. Sofía prosigue, como si no me hubiese oído: Pero se equivoca, porque voy a ser mamá, no voy a dejar mis clases y, como sea, voy a graduarme con toda mi promoción, aunque tenga que contratar una empleada para que me cuide al bebito, pero yo no soy una loser, una quitter, y no voy a tirar la toalla con mi embarazo ni con la universidad. Veo su determinación y digo: Haces bien. Te admiro. Cuenta conmigo. Yo te voy a ayudar con tus papers de la universidad, y cuando nazca el bebito, no tenemos que contratar empleada, yo me quedo cuidándolo mientras estás en clases. Sofía se ríe, me hace cosquillas en la barriga y dice: Sí, claro. Quiero verte cambiando pañales y haciendo de mamá. ¡No aguantarías una semana! Seguro que traerías tres empleadas de Lima. Yo me río y digo sin pensarlo: La ventaja de ser bisexual es que puedo ser un buen papá y también una buena mamá. De pronto, Sofía se queda muy seria, pues no le ha hecho gracia mi broma. No digas tonterías -dice-. Tú serás un excelente papá. Ahora se echa de espaldas a mí. Apago el televisor. Le doy un beso en la cabeza y me quedo oliendo su pelo, abrazándola por detrás. Perdona si te molestó la broma, digo. Ella se queda callada y luego dice: No me molestó, pero me cae fatal que hables de tu bisexualidad. Prefiero no oír esa palabra. Me da dolores de barriga.
Sí, claro, pienso. Muy conveniente no escuchar esa palabra, pero ¿y qué se supone que debo hacer yo? ¿Fingir que esos conflictos no existen? ¿Hacerme el tonto? Mejor no me molesto. No más peleas. No esta noche. Le doy un beso en la cabeza y digo: Duerme rico. Me echo de costado, dándole la espalda, pero me quedo desvelado y siento que ella tampoco duerme. ¿Le vas a decir a tu madre que te conté todo?, pregunto, en voz baja. Creo que mejor me hago la tonta y no le digo nada, responde. ¿Y yo qué le digo?, insisto. Lo que quieras, dice, con voz dulce. Dile que no te parece una buena idea, que no quieres dejarme sola con un embarazo que también es tuyo, y que sabes que, aunque te vayas, no voy a abortar.
A lo lejos se oye el televisor del vecino. Suele dejarlo encendido hasta tarde, quizá se duerme así, como dormía mi padre cuando yo era niño, mirando la televisión aunque ya no hubiese señal, sólo unos puntitos intermitentes que yo pensaba eran hormigas. Tienes razón -digo-. Le diré eso mismo, que es una mala idea y que no puedo dejarte porque sería una canallada y te quiero. Sofía busca mi mano con la suya por debajo de las sábanas y me acaricia levemente. Gracias -dice-. Gracias por ayudarme a tener el baby. Ya verás lo feliz que vas a ser cuando seas papá. Miro el reloj despertador, los números rojos: es temprano, todavía no son las doce. Voy a llamar a tu mamá y así me quito este peso de encima, digo. Mejor mañana, mi amor, dice ella, con voz cansada. No, mejor ahora, insisto, y me pongo de pie, camino a la sala, marco el número de Isabel y espero. Oigo su voz pidiendo que deje un mensaje en la grabadora. No digo nada, prefiero colgar. ¿Realmente quiero a Sofía? ¿Tengo ilusión de ser padre? ¿Estoy dispuesto a ayudarla con sus trabajos académicos? ¿Seré capaz de cuidar al bebé mientras ella asista a esas clases en las que no parece aprender nada? ¿Por qué le digo tantas cosas de las que no estoy seguro? ¿Por amor o por cobardía? Soy débil. Me parezco a mi madre, que ha sufrido toda su vida y sigue sufriendo al lado de mi padre porque nunca tuvo el coraje de dejarlo. ¿No tendrá razón Bárbara cuando me dice que debería irme para que Sofía comprenda que eso ocurrirá tarde o temprano, que no debe engañarse pensando que cuando nazca el bebé yo me quedaré y seremos una familia feliz? Quizá era un buen plan hacer maletas, viajar a Londres y obligar a que Sofía se desengañe. Pero ya lo estropeé por hacerme el bueno. Me voy a dormir molesto. Soy un hombre débil y por eso soy tan infeliz, pienso. La felicidad es un botín que sólo conquistan los fuertes, los audaces, los que se atreven a pelear por ella. Como mi madre, no seré feliz por falta de valor.