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Me despido, cuelgo y salgo de prisa a la universidad. Por suerte, son pocas cuadras, apenas cuatro: dos por la calle S hasta la 37, y dos por la 37 hasta la universidad, ingresando por la entrada lateral. Llego a la rotonda, busco a Sofía con impaciencia y finalmente la encuentro en la biblioteca, sola, leyendo un libro en inglés. Vamos a tomar algo a Sugars, le digo. Sonríe encantada. En la calle O, caminando sin mucho apuro, se lo cuento todo: que su madre me acusó de embarazarla deliberadamente para conseguir la tarjeta de residencia; que me mandó a la mierda con insultos porque me negué a ejecutar su plan de fugarme a Londres; que amenaza con hacerme brujerías y maleficios, y que le dará una pastilla para abortar sin que ella se dé cuenta. Sofía lanza una carcajada. Me irrita que se ría, que no tome en serio lo que le digo. No es broma, Sofía -le digo-. Tu mamá es capaz de hacer cualquier cosa para que abortes. No, no -me corrige, divertida-. Eso es imposible. Lo dice para hacerse la mala, pero no es capaz de meterme una pastilla y hacerme abortar. Yo hago un gesto de enfado: Yo creo que es capaz de eso y mucho más. Mi madre es una cucufata insoportable, pero la tuya es una bruja. Sofía me mira disgustada: No insultes a mi mamá, por favor. Me lleno de furia contra ella por ser tan tonta, tan ingenua. Bueno, si no me crees, jódete -le digo-. Vine corriendo para avisarte, pero si quieres, anda con tu mamita y toma todas las cocacolitas que te dé, a ver cómo te va con el embarazo. -Le doy un beso en la mejilla y digo, cortante-: Chau, me voy a escribir. Ella me mira sorprendida: ¿No me ibas a invitar un café en Sugars? Yo hago un gesto desdeñoso, las manos en los bolsillos, y digo: Cambié de opinión. Sofía se ríe y eso me irrita todavía más. Tonta, eres igual que tu mamá, pienso.

Esa noche Sofía llega a casa sobreexcitada cuando estoy leyendo y escuchando música, me mira con desusada intensidad y dice: ¡No sabes lo que pasó! Su voz revela que no está molesta conmigo por haberla desairado más temprano en la puerta de Sugars. Cuéntame, ¿qué pasó?, digo, y pienso que seguramente hizo una travesura en clase, copió un examen o algo así. Mi mamá me invitó a comer y tenías razón: ¡quiso meterme la pastilla!, grita, menos colérica que divertida. ¡Ya ves, te dije!, digo, acomodándome en el sofá. Sofía apaga la música, no se sienta porque luce demasiado nerviosa y habla: Pasé por casa de Isabel al terminar clases y mami me invitó a comer. Isabel no estaba. Fuimos a Milano, que tú sabes que es un restaurante que a mí me encanta. Mami estaba amorosísima conmigo, tanto que me parecía raro. No me hablaba de ti ni del embarazo, estaba irreconocible, un amor, súper relajada y positiva. Me decía que se iba a quedar acá a ayudarme con el bebito, que no me preocupe por nada, que si quiero manda traer a una de las empleadas de Lima, porque Peter es amigo del cónsul americano y les consigue la visa al toque, sin problemas. -Yo la escucho fascinado, sin moverme, y ella prosigue, dando pasos cortos y nerviosos por la sala-: Entonces todo iba bien, nos sentamos adentro, claro, porque hace frío, y yo me acordaba de lo que tú me habías dicho de la pastilla, pero, la verdad, pensé que era una locura de Isabel, que mami no podía ser tan loca.

Yo la interrumpo con un mohín cínico: Eres tan ingenua, Sofía. Ella se arregla el pelo, hace un gesto nervioso con la boca, parecido a los que yo hacía cuando tomaba cocaína, y continúa: En eso, pedimos la comida, yo pido un risotto, por supuesto, que tú sabes que me fascina el risotto de Milano, y pido agua mineral, pero mami me dice que no sea aburrida, que mejor pida una coca light, y ahí me pareció raro y empecé a sospechar, y por eso cuando nos traen las bebidas, yo le digo a mami que voy un ratito al baño. y me paro de la mesa y voy al baño, pero me quedo escondidita atrás de la pared, justo donde comienza el pasadizo que lleva a los baños. ¡Y no me vas a creer lo que veo! Mami voltea así toda solapada, como chequeando por si las moscas que nadie la esté mirando, pero yo estoy en la esquina del baño mirándola atrasito de la pared sin que ella se dé cuenta, y saca una pastillita del bolsillo de su saco y la parte en dos con el cuchillo y tira todo el polvito de la pastilla adentro de mi coca light. Yo la interrumpo, perplejo: ¡No! -digo-. ¡No puede ser! ¡La muy cabrona lo hizo! Sofía se enardece aún más: ¡Me metió el polvito de una pastilla, movió mi coca-cola como si nada y puso carita de yo no fui, la desgraciada! ¡Yo vi todito desde la esquinita de la pared, no sabes la rabia que me dio, te juro que quería llamar a la policía y denunciarla! Yo me río y pregunto: ¿Y entonces, qué hiciste? Ella mordisquea las uñas de su mano derecha y yo la miro reprochándoselo y ella deja de hacerlo y dice: ¿Qué hice? ¿Qué crees? Fui a la mesa, me senté y me hice la estúpida, la cojuda. Me hice la que no había visto nada. Yo me erizo: ¡Pero no tomaste la coca-cola! Ella sonríe con aplomo: No, claro que no. Al ratito trajeron la comida y empecé a comer mi risotto y mami comía su ensalada de pollo y tomaba su vino blanco y las dos hablábamos muy bonito, súper hipócritas, pero yo por supuesto ni tocaba mi coca-cola. y mami se hacía la loca pero miraba medio nerviosa mi vaso de coca-cola y no entendía por qué yo no tomaba ni un trago.