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Sofía me acaricia la cabeza y me mira con ternura. Pobre, mi amor, todo lo que estás sufriendo por mi culpa -me consuela-. Pero no te preocupes, que ahora mami no te va a joder más. Te debo la vida de mi bebito -añade, emocionada-. Te has reivindicado conmigo, ahora sí, porque si no fuera por ti y por Isabel, habría perdido el embarazo. Yo la miro con amor y digo: Lo hice porque, aunque tengo miedo de ser papá, te quiero y entiendo que no puedes perder a tu baby, que tienes mucha ilusión, y porque simplemente me parecía una pendejada sin nombre eso de meterte una pastillita. Sofía me da un beso y dice: I’m proud of you, baby. Le has salvado la vida a esta criaturita que es tuya también. Yo la abrazo y siento que la amo a pesar de todo. ¿Tú crees que Peter vendrá a la boda si no invitas a tu mamá?, pregunto. No, imposible -responde-. Peter es demasiado bueno con mami, y si ella no viene, él tampoco, dalo por hecho. Pero el que sí tiene que venir es mi papá, él no puede faltar. Yo me entusiasmo: Sí, claro, tu papá es buenísima gente, espero que le den la visa nomás. A Sofía no parece hacerle gracia el comentario, pues me mira con toda seriedad. Si le cuentas a la cucufata de mi madre lo que tu mamá te hizo hoy, te juro que va y la ahorca con sus propias manos en nombre de Dios, digo, riéndome. Sofía ríe conmigo y dice: Tu mami y la mía son los extremos totales, son polos opuestos. Yo añado: Sí, pero las dos están locas.

Por fin nos hemos mudado al departamento que alquilamos a Don Futerman, en la misma calle 35, pero más cerca de la universidad. Ha sido una tarea extenuante porque, para ahorrar un dinero, hemos hecho la mudanza solos, en un camión U-Haul arrendado por el día y con la solitaria ayuda de Juan, el empleado salvadoreño de la tienda de periódicos, un muchacho callado y servicial que, a cambio de cien dólares, pasó el domingo con nosotros, cargando los pocos muebles que tenemos. A pesar de que el departamento que dejamos era impresentable, pues estaba lleno de cucarachas, el sótano de la lavandería parecía un cuarto de torturas, los jadeos amorosos de los vecinos se filtraban por las paredes y el piso de madera crujía de un modo inquietante, nos ha dado pena marcharnos, tal vez porque allí hemos vivido un pedazo memorable de nuestras vidas, un capítulo que probablemente no olvidaremos. Allí, entre las cajas plásticas de leche que sostenían el viejo televisor, el colchón tirado en el piso, la mesa en que escribía y la ventana que miraba al patio de los niños, quedó embarazada Sofía, escribí con rabia, traté de escapar pero no pude, la torturé pidiéndole que abortase, se cortó las venas, la encontré desangrándose, nos amamos y nos odiamos, fui un miserable y rara vez un caballero.

Ahora nos vamos y todo será diferente y con suerte mejor. Los dados están echados: el bebé nacerá, ya es tarde para dar un paso atrás, y por eso nos casaremos en pocos días ante un juez, lo que me tiene muy inquieto, y en seguida viajaremos a París de luna de miel, y a la vuelta nos instalaremos en este departamento que está lleno de luz y es un lujo comparado con el que hemos dejado, y ella seguirá estudiando las cosas absurdas que estudia y yo escribiendo las cosas absurdas que escribo y que ella prefiere no leer, a ver si algún día termino la maldita novela que me está robando media vida, y unos meses después, si no hay contratiempos, nacerá el bebé en el hospital de Georgetown University. El departamento ha quedado muy bonito con los pocos muebles que tenemos, no gracias a ellos, que carecen de refinamiento, sino a que es tan lindo que luce bien aun con muebles feos. Tampoco son tan feos nuestros muebles, son básicos, exentos de cualquier lujo -una mesa de trabajo, una cama, un sofá cama, una pequeña mesa de cocina, además del televisor, el teléfono y el equipo de música-, pero Sofía insiste en que debemos comprar plantas para darle más vida al lugar y un estante para colocar mis libros, que suelo apilar en desorden sobre el piso. Yo dormiré en la sala, en el sofá cama donde tú dormías en el otro depa -le digo a Sofía, apenas el muchacho salvadoreño se marcha, dejándonos todo bastante limpio y ordenado-. Así tú puedes dormir más cómoda en la cama y moverte todo lo que quieras sin despertarme. Sofía hace un gesto de contrariedad. Yo prefiero que duermas conmigo en la cama, porque estamos comenzando una nueva etapa y no me gusta que durmamos separados, pero si estás más cómodo así, no hay problema, dice, con cierta tristeza.

Quiero dormir en el sofá porque no consigo dormir bien a su lado: me molesta su presencia, su respiración, los ruidos más leves, los inevitables movimientos que hace durante la noche. Además, si duermo en el sofá me siento menos cautivo y puedo tocarme a escondidas pensando en un hombre o despertar abruptamente de madrugada con una idea para la novela, saltar a la computadora y escribirla, sin que ella se despierte, me pregunte qué estoy escribiendo y me obligue a mentirle, porque aquellas escenas suelen ser de una sensibilidad gay que a ella le molesta. Mi mesa de trabajo, ya algo enclenque y paticoja, está frente a la ventana que da a la calle, la vista apenas cubierta por las ramas frondosas de un árbol añoso por el que a menudo corren las ardillas, y al caer la tarde, la primera que pasamos juntos en este departamento, se llena de una luz naranja pálida que anuncia la noche. Me quedo mirando a la gente que pasa por la calle 35, gente agradable de contemplar, estudiantes y profesores, chicos que salen a correr, chicas que pasean a sus perros, muchachos en bicicleta, y no extraño el patio de juegos infantiles cuyos ruidos ya me tenían harto y a veces me obligaban a escribir con tapones en los oídos. Prendamos la chimenea para celebrar, dice Sofía, radiante de entusiasmo.

Aún no se le nota la barriga, apenas una leve hinchazón que ciertamente es menor que la de mi barriga, y parece satisfecha con la mudanza y nuestra inminente boda. Pero no tenemos leña, digo. No importa, yo voy a comprarla, alega ella. Es domingo, ¿dónde vamos a conseguir leña?, pregunto con mi habitual cansancio. En el súper, tonto, dice ella, optimista invencible. ¿Estás segura de que en el súper venden leña?, desconfío. Segurísima. Tú quédate acá y yo voy y vengo en quince minutos y te prendo un fueguito riquísimo y nos calentamos los pies, dice, muy amorosa.

Hace frío y no vendría mal encender la chimenea, pero me abruma caminar hasta el supermercado y cargar la leña de regreso. El problema con esta mujer es que tiene demasiada energía, pienso. Acabamos de mudarnos, cargando mesas, cajas y colchones, ¡y ahora quiere traer medio árbol partido en troncos! Tranquilo, Gabriel, no te exasperes, todo sea por el bebé y la vida matrimonial que se avecina. En vez de meterte en la ducha, acompaña a tu mujer al supermercado, carga los jodidos troncos y pon cara de felicidad cuando ella prenda la chimenea. Bueno, vamos -me resigno-. Pero, eso sí, vamos en taxi y sólo compramos poquita leña, que me duele la espalda de cargar, añado, en tono quejumbroso. Sofía me abraza y me besa y yo no la abrazo porque estoy sudoroso y huelo peor que el salvadoreño que ya se fue.