Salimos a la terraza, pasa un mozo impecablemente uniformado, tomamos dos copas de champagne y al momento de brindar y rozarlas suavemente, yo, no sé por qué, pues aún no estoy borracho, será que estos casamientos me ponen muy nervioso, dejo caer la copa, que se parte y se hace añicos, provocando las miradas reprobatorias y burlonas de quienes nos rodean, que, ya puedo oírlos susurrar a mis espaldas, dicen no sé qué hace este atorrante acá, parece que ha llegado zampado porque ya está rompiendo las copas. Sofía ríe divertidísima con mi torpeza, y uno de sus primos palmotea mi espalda sin darle importancia al percance, y ya un mozo limpia el piso y recoge las astillas de la copa deshecha. Yo sólo quiero irme de allí con Sofía o al menos encontrar a Sebastián, pero no lo veo, y le pregunto a ella ¿dónde anda Sebastián, lo has visto?, y Sofía está allá, bailando, cerca de los novios. A pesar de mi miopía, alcanzo a distinguir a mi amigo y amante, bailando con su novia oficial, la señorita Luz María, tan pequeña y pizpireta, y cuyo oficio conocido es el de fotografiar niños y familias, generalmente en blanco y negro y sin que aparezca nunca un negro. Me asalta un ramalazo de celos al ver a Sebastián bailando con su novia, pero ese malestar es superado cuando Sofía me pasa otra copa de champagne y me dice para ir a bailar. Yo le digo no, ni hablar, yo no bailo, y ella no seas tonto, vamos, nadie te va a mirar, no estamos en la tele, y yo no me gusta bailar, siento que lo hago mal, me pongo tenso, y ella yo te enseño, déjame enseñarte y vas a ver cómo bailas regio, y yo no, gracias, yo sólo bailo cuando estoy borracho, y ella entonces emborráchate, porque hoy vas a bailar conmigo. Bebo de golpe la copa de champagne, y el mozo, tan solícito, me alcanza otra sin demora, y voy a bailar con Sofía tomados de la mano y la copa en la otra mano, sintiendo las miradas recelosas, hostiles, de los muchachos presentes, que por suerte no saben que soy amante de Sebastián pero que me ven con cierta resistencia porque salgo en la televisión, soy famosillo, coqueteo travestís, defiendo a los gays (en un acto que yo llamaría de legítima defensa o defensa propia) y gano más plata que todos ellos, que seguro han comprado sus ternos a plazos. Estás deliciosa, susurro en el oído de Sofía, que en verdad luce espléndida, y ella me dice gracias, tú también estás muy churro, y me encanta que me diga churro, porque es una palabra muy peruana y dulzona que me hace recordar a los churros grasosos y espléndidos, bañados en polvillo azucarado y rellenos de manjarblanco, que comía en mi adolescencia en un café de la avenida Larco en Miraflores, cuando me escapaba del colegio, es decir, tres veces por semana. No sé si estoy churro, pero sí borracho, porque, bailando con Sofía muy cerca de los novios, que no sé quiénes son y tampoco me interesa, dejo caer otra copa, la segunda, en un acto de imbecilidad que ya no tiene disculpas. La copa se rompe en mil pedazos filudos de cristal que quedan dispersos por la pista de baile, y todo el mundo me mira con mala cara, como diciéndome no puede ser que seas tan pelotudo, has llegado hace diez minutos y ya rompiste dos copas. Yo me quiero morir de la vergüenza, arrojarme por el acantilado arenoso y acabar con este sainete que es mi vida. Sofía se ríe a carcajadas y me dice ¿qué te pasa?, ¿por qué botas las copas?, ¿lo estás haciendo a propósito?, y yo recuerdo apesadumbrado que cuando era un niño siempre se me caían los vasos, los platos, las tazas, todo se me caía, no agarraba nada de un modo seguro, y por eso papá se enojaba conmigo y me gritaba ¡manos de mantequilla, manos de mantequilla!, y ahora creo oír a los chicos polistas de la fiesta, congregados alrededor de mí, gritándome ¡manos de mantequilla, manos de mantequilla!, pero es sólo mi imaginación paranoica. Sofía se apiada de mí, me toma del brazo y me saca de la pista de baile, mientras yo le digo no sé qué me pasa, no sé por qué se me caen las copas, y ella no te preocupes, dicen que trae buena suerte, y yo no creo, es simplemente que estoy nervioso, estas fiestas no son para mí, vámonos mejor, y ella no seas aguado, recién has llegado, ¿y ya te quieres ir? Entonces pasamos al lado de Sebastián y su novia Luz María, y yo hago el ademán de saludarlos pero él finge que no me ha visto, me da la espalda y sigue bailando con ella, que me hace adiós pero de lejos y sin mucho entusiasmo.
Odio a Sebastián por ignorarme y ser tan hipócrita, por tener miedo de saludarme delante de sus amigos, como si todos supieran que nos acostamos, cuando en realidad no lo sabe nadie, pero él es tan tonto que se asusta y me da la espalda, avergonzándose de mí. No sé qué le pasa al tarado de Sebastián, que no me ha saludado, le digo a Sofía, y ella no me hace mucho caso y dice no te ha visto, y está medio zampado y, además, estás conmigo, o sea, que olvídate de él. De pronto me doy cuenta de que ella tiene razón, no debo preocuparme por Sebastián, él no me quiere de verdad, sólo para meterse a escondidas en mi cama, y debo disfrutar de tan inmejorable compañía, la de esta mujer que me sonríe, me cuida y me consigue otra copa de champagne tal vez porque está pensando, como yo, que está bueno emborracharnos un poquito antes de escapar a hacer el amor. No me hago el difícil, bebo más champagne, no le cuento de mi pasado cocainómano porque no quiero asustarla, sé que con ella estoy en buenas manos y puedo tomar un poco más, no mucho tampoco, porque me emborracho fácilmente. Le pregunto dónde está el baño y ella me dice ven, yo te llevo, y me toma de la mano y me lleva por un pasillo alfombrado.
Entramos al dormitorio de uno de sus primos, ella cierra la puerta, me señala el baño, se sienta en la cama y enciende el televisor. En el umbral de la puerta del baño la miro y le digo ven, y ella sonríe con malicia y se acerca sin rodeos. Luego entramos al baño, cierro la puerta y empezamos a besarnos, y me descontrolo y quiero amarla allí mismo, en el baño de su primo, y ella no me detiene, me deja avanzar. De pronto golpeo con un brazo la copa de champagne que dejé en el tablero del lavatorio y la copa cae al piso de mármol negro, fundiéndose en seguida el ruido de esa copa despedazándose y el de Sofía partiéndose de la risa porque, no puede ser, tengo que estar bajo un maleficio, he roto ya tres copas de champagne esta noche. Ahora estamos Sofía y yo, de rodillas, medio borrachos, yo del todo en realidad, recogiendo los cristales rotos del piso, cuando deberíamos estar haciendo cosas más divertidas, pero yo soy así, un chico tonto y resbaloso que deja caer las copas en las circunstancias más infortunadas. Entonces le digo vámonos de acá, no es mi noche, si nos quedamos voy a terminar rompiendo todas las copas y las ventanas, y ella ríe y tiramos los cristales al basurero y salimos tomados de la mano, como si fuéramos una pareja, sin importarnos que sus primos o sus amigos nos vean así. Subimos a mi auto, cuatro puertas, automático, y le digo ¿vamos a mi depa?, pero ella me sorprende y dice no, vamos allá arriba, señalando el morro solar, donde se levantan las antenas de televisión y la cruz iluminada que erigieron cuando vino el papa, y yo ¿estás segura, no es muy peligroso?, y ella no pasa nada, vamos, la vista es alucinante, te va a encantar. Sólo porque estoy borracho, no mido el peligro que entraña manejar hasta la cumbre de aquel cerro en medio de la oscuridad. Conduzco lentamente mi auto, serpenteando por unas curvas polvorientas e inhóspitas hasta llegar no mucho después a la cumbre, desde la cual Lima es una suma de luces pequeñitas, una hendidura rocosa que corta bruscamente la ciudad y un pedazo de mar oscuro que se pierde en el horizonte. Ahora Sofía y yo bajamos las ventanas del auto y sentimos la fuerza inquietante del viento, y hay algo turbio en el ambiente, una sensación de peligro que hace más propicio el acto del amor, al que nos entregamos sin reservas, a sabiendas de que pueden asaltarnos en cualquier momento en este cerro abandonado al que hemos subido de madrugada para amarnos con violencia en el asiento trasero de mi auto.