De pronto, Diosdado nos sorprende con un vozarrón, como si en el acto mismo de casarnos se transfigurase en otra persona, alguien más serio y grave, con otra voz y otra actitud: Dearly beloved, we are gathered here today to join this man and this woman in matrimony, anuncia. Enano quisqueyano, jinete de circo, ¿por qué cono tienes que hablarnos en tu inglés masticado si podrías casarnos en puro dominicano sabroso?, pienso, sorprendido por el carácter pintoresco que ha tomado la ceremonia. Entonces Diosdado Peynado se dirige a mí con una solemnidad que me abruma y casi me deja mudo: Gabriel Barrios, do you take this woman to be your wife, to live toghether in matrimony, to love, honor, comfort her and keep her in sickness and in health, and forsaking all other, for as long as you both shall live? Yo me quedo en silencio, no sé qué decir. Diosdado, malparido, ¿por qué me tengo que quedar con ella incluso si está enferma? ¿Y si es una enfermedad contagiosa? ¿No sería mejor que en ese caso se quede con ella el médico? Estoy absorto en esas cavilaciones cuando Sofía me dice al oído: Tienes que decir «I do». I do, me apresuro a decir. Diosdado me mira complacido, Hillary e Isabel sonríen levemente y a Bárbara ni la miro porque sé que me está odiando. Luego el juez le pregunta lo mismo a Sofía y ella responde rápido y bien: I do. Entonces Diosdado, en éxtasis casi, y en pleno dominio de sus poderes, mandando a sus anchas sobre nosotros, me ordena: Repeat after me. Yo empiezo a repetir balbuceante lo que él dice: I, Gabriel Barrios, take you, Sofía Edwards, to be my wife, to have and to hold you from this day forward… No vayas tan rápido, Diosdado, mamón, dame tiempo para repetir despacio, enano renegado. …For better for worse… Yo digo maclass="underline" for better or worse. Diosdado sigue: for richer, for poorer. De nuevo me atraco y balbuceo: for richer or poorer. El rey del merengue prosigue su bachata: in sickness and in health, to love and to cherish. Yo digo cherish y me acuerdo de esa canción tan linda de Madonna, Cherish, del disco «Like a Prayer», y quiero llorar. Till death do us part, repito tras Diosdado Peynado, y pienso: las huevas, no será la muerte sino otro juez adefesiero, pero de divorcios, el que nos separe, y lo más pronto que se pueda.
Entonces el juez obliga a Sofía a repetir la mismas promesas que ella y yo sabemos falsas, vacías, y ella las dice con más convicción que yo y con mejor inglés también, y Diosdado le sonríe con un apetito lujurioso que encuentro completamente impropio de este acto.
Por fin hemos terminado, pero no todavía, pues el menudo juez anuncia now, you exchange rings y yo me quedo pasmado, porque no tengo ningún anillo, pero Sofía, siempre más lista, saca un par de anillos y yo la amo por eso, por salvarme de tan bochornosa circunstancia, porque habría sido una vergüenza tener que pedirle prestado a Diosdado ese anillo de narcotraficante que lleva puesto o, peor aún, a Bárbara y a Peter sus anillos matrimoniales. Sofía me da un anillo y el juez me obliga a repetir tras éclass="underline" I give you this ring as a token and pledge of our constant faith and abiding love. Sofía se pone el anillo, que le queda perfecto, esta chica es un avión, está en todos los detalles, y yo pienso, mientras ella dice lo mismo y desliza el anillo en mi dedo, que al menos saldré con un premio de esta boda, un anillo que sabe Dios o Diosdado quién se lo habrá dado. Finalmente, intercambiados los anillos, el pintoresco caballero, desde el subsuelo en que preside la ceremonia, anuncia con excesiva solemnidad: By virtue of the authority vested in me under the laws of the District of Columbia, I now pronounce you husband and wife. The bride and groom may now exchange a kiss.
Sofía y yo nos besamos. Todos aplauden, incluyendo Diosdado. ¿De dónde sacaste los anillos?, le pregunto, susurrando en su oído. Son prestados -responde, con una sonrisa-. Tienes que devolvérmelo saliendo de acá, añade. Te amo, le digo, y beso su mejilla. Entonces Diosdado se acerca, me toma del brazo empinándose un poco y me separa de los demás para decirme: Acá le dejo un sobre, por si quiere dejarme algo de propina. Asombrado por su osadía y su codicia, le pregunto: ¿Cuánto se estila que le dejen de propina? Diosdado responde con la seguridad que Dios le ha dado: Bueno, de cincuenta a cien dólares. Comprendo, digo. Pero no es una obligación, es sólo una cortesía de los recién casados con el juez, me advierte. Entiendo, digo, con una sonrisa. Me deja el sobrecito aquí en la mesa, añade, y luego se despide a prisa, repartiendo felicitaciones y parabienes. La tía Hillary, un amor, saca una cámara y hace algunas fotos. Yo escribo en un pequeño papeclass="underline" «Mr. Godgiven, Muchas gracias. Fue un placer. No le dejo un dinero porque en Perú somos pobres, usted comprenderá. Pero le prometo que algún día lo haré inmortal. Su más rendido admirador, Gabriel Barrios.» Meto el papel dentro del sobre de la propina y lo dejo donde Diosdado me instruyó. Hillary insiste en hacernos más fotos, así que sonrío de buena gana. No estuvo tan mal, pienso. Fue un sainete divertido. Bueno, vamos a mi departamento a celebrar, anuncia Isabel.
Salimos de prisa, alborotados, con ganas de comer, beber y olvidar este circo. ¿Cuánto le dejaste de propina?, me pregunta Sofía, bajando la escalera. Nada, ni un peso, que me la chupe si quiere propina, digo en voz baja, sólo para ella. No seas grosero -se ríe-. Bueno, ya, dame el anillo, no te vaya a gustar, me advierte. En el taxi, en el taxi, le digo, pero pienso: este anillo no me lo quita nadie, de acá me voy directo a una casa de usura, lo empeño y voy a emborracharme a The Fireplace con todas las locas de la ciudad. ¿De quién son los anillos?, le pregunto, intrigado. De Isabel -responde-. ¿Cómo te sientes casado?, me pregunta, mientras su familia se agita tratando de encontrar un par de taxis. Si me regalas el anillo, muy feliz, respondo, coqueto. Braguetero, me dice ella, traviesa. Me vas a tener que cortar el dedo para quitarme este anillo, le digo y nos reímos. No estuvo tan mal casarnos, pienso en el taxi y le doy un beso a Sofía en la mejilla. ¿Ya no me odias?, me pregunta. No, ya no. Debe de ser un milagro de Diosdado.
Me cuesta creer que estoy celebrando mi propia boda. Nunca lo imaginé. Mi vida es una suma de errores y el de hoy, casarme con Sofía, parecería uno de los más conspicuos. No sé si ponerme triste, emborracharme, reírme de todo, coquetear con Isabel o pelearme con Bárbara, que está sospechosamente amable conmigo. Sofía, muy prudente, no se me acerca, me mira desde lejos, me sonríe con cariño, tal vez porque no ignora que todo esto es un esfuerzo para mí, y, aunque no debería, pues está embarazada, sigue bebiendo vino a escondidas de su madre y con la complicidad de Isabel, que tampoco le hace ascos al tinto que circula en abundancia por su casa. La tía Hillary me habla de su vida acomodada en Saint Louis, ciudad en la que se ha instalado con su esposo, un alto ejecutivo de una corporación multinacional, después de haber vivido juntos en varios países lejanos y exóticos. Es un encanto, no hace preguntas indiscretas, es todo lo que no será nunca su hermana Bárbara: atinada, respetuosa, fina, sensible. Bárbara mira cada tanto desde la cocina, como si quisiera enterarse de lo que hablo con su hermana. Parece que tuviera celos, pues ella quiere estar siempre en el centro de la atención, no como Peter, tan discreto y callado, sentado en la sala leyendo el National Geographic. Si bien parece amar a su esposa, es probable que Peter quiera más a cualquier especie animal en vías de extinción.