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Isabel ha puesto como música de fondo unos ritmos brasileros que trajo de Río de Janeiro, donde estuvo no hace mucho, tratando de salvar su matrimonio con Fabrizio, el millonario italiano que algunos sospechamos es gay en el clóset. No sé si me gusta esta música, pero al menos consigue acallar los esporádicos chillidos de Bárbara en la cocina, donde prepara la cena junto con sus hijas. Sofía se ha quitado los zapatos y parece un tanto acelerada, señal de que está contenta. Ella es así, nerviosa y sobreexcitada, y más si toma vino. No se lo puedo decir, porque me arriesgaría a que me diese una bofetada, pero pienso que ha heredado la tendencia al histerismo de su madre, aunque, por suerte, también la nobleza de su padre, que no ha venido a la boda porque cuando quiso subirse al avión en Lima se dio cuenta de que no tenía el pasaporte vigente. La tía Hillary sigue hablándome y yo me siento muy a gusto con ella. ¿Sabrá que me gustan los hombres? ¿Le habrá contado Bárbara la historia secreta de esta boda? Probablemente, sí, pero no por eso Hillary es menos cariñosa conmigo.

No creo que esta noche haga el amor con Sofía, estoy muy cansado y me abruma el miedo escénico, pues las expectativas son altas siendo la noche de bodas. Suena el teléfono. Contesta Isabel. Me llama en seguida. Es para ti, dice. Me pongo al teléfono y es mi padre, que me dice con su voz inconfundible, ronca, áspera: ¡Felicitaciones, hijo, bien venido al club de los casados! Me quedo mudo, sin saber qué decir, pensando que no quiero pertenecer a ese club y menos si mi padre es socio. Gracias, digo secamente. ¿Cómo se enteró? ¿Quién le dio el teléfono de Isabel? Tiene que ser la intrigante de Bárbara. Ella se lleva bien con mi padre, habla maravillas de él, dice que es un señor educado, galante con las damas y con gran sentido del humor. ¿Qué tal salió todo?, pregunta mi padre, muy cariñoso, al parecer sin importarle que no haya sido invitado al casamiento. Bien, muy bien, todo rápido y sin contratiempos, digo. Qué bueno, hijo, has tomado una gran decisión, tu madre y yo estamos muy felices con tu matrimonio con Sofía, que es una chica estupenda, de tan buena familia. -Yo no digo nada-. Nos hubiera encantado estar allá pero, bueno, no estábamos invitados y no queríamos caer como paracaídas, ¿no? Luego se ríe nerviosamente y yo digo: Lamento no haberlos invitado, pero era mejor así.

Mi padre no es una mala persona, aunque sería exagerado decir que la sensibilidad es una de sus virtudes. No hace mucho le pedí que no llamase más, que dejase de molestarme, pero ahora está de vuelta, formal y caballeroso, diciéndome: Bueno, hijo, te deseo lo mejor en tu vida matrimonial, espero que llegues a cumplir tus bodas de oro como vamos a cumplir tu mamá y yo en pocos años, acá te paso con ella, que te quiere saludar. Yo trato de decirle: no, papá, mejor no, pero no me da tiempo: ¡Felicitaciones, mi Gabrielito! ¿Cómo te sientes ya casado y bien casado además?, exclama mi madre, con una voz muy aguda. Bien, gracias, digo, mirando a Sofía, que comprende mi incomodidad, y a Bárbara, que se hace la distraída, aunque estoy seguro de que es ella quien ha tramado esta llamada. ¿Cómo que bien? ¡Tienes que sentirte no bien, sino excelente, mi amor! -me reprocha cariñosamente mi madre-. ¡Te has casado con la mujer ideal para ti, mi hijito! ¡Has tomado la mejor decisión de tu vida! Yo acá estoy rezando mucho, mucho por ti, pidiéndole al santo Escrivá que te ilumine para que seas un hombre muy recto. Sí, claro, digo, fatigado de la cháchara religiosa de mamá. Ahora sólo te falta casarte ante los ojos de Dios, mi amor -me recuerda-. Te falta el paso más importante. Tienes que santificar tu matrimonio. Si quieres, te voy buscando parroquia acá en Lima, yo tengo muchos padres amigos de la Obra, y ¡quién no estaría gustoso de casarte!

Que me la mamen en fila india y con rodilleras los padres de la Obra, pienso. Son todos una manga de mañosos, depravados, tocaniños, pajeros con halitosis y locas ensotanadas. No te preocupes, mamá, de momento no hay boda religiosa, así que tómalo con calma, le digo. Bueno, no te demores mucho, mi amor, que si no te casas a los ojos de Dios, tu matrimonio va a ser un completo fracaso, te lo digo yo con la experiencia que tengo y la sabiduría que me da el ejercicio de la fe y la piedad. Y las huevas del gallo, pienso, y me despido: Bueno, mamá, saludos a todos, te dejo porque tengo que sentarme a la mesa, ya vamos a comer. ¡Pero pásame a mi nuera, a mi hija política, que es como mi hija!, reclama ella, y yo, encantado de escapar de sus monsergas, sí, claro, chau, y le paso el teléfono a Sofía, que la saluda con cariño. Bueno, a sentarse, anuncia Bárbara.

Todos nos sentamos alrededor de la mesa, que está impecable, con un mantel blanco, cubiertos de plata, las mejores copas de cristal y una vajilla muy fina. Fiel a su estilo, Peter se sienta en una cabecera y me invita a sentarme en la otra. Para mi desgracia, Bárbara se acomoda a mi lado. Sofía termina de hablar por teléfono con mi madre, viene a la mesa y brindamos. Por la felicidad de los novios, dice Peter. Por la novia, que está lindísima, más linda que nunca, dice la tía Hillary. Salud por el hijo de Sofía, dice Bárbara, haciendo un esfuerzo por ser diplomática, pero se le nota un rictus de amargura, una sombra que tensa su rostro. Por el hijo de Sofía y Gabriel, la corrige Isabel, y todos decimos salud, y yo miro a Isabel y le guiño el ojo. Bueno, que hable Gabriel, dice Peter, y me mira con gesto adusto de científico. Isabel se entusiasma y Sofía también, y yo, todo un caballero o fingiendo serlo, me pongo de pie, arrepentido de no haber bebido unas copas de vino que me aflojasen la lengua, y me dispongo a hablar, no sé de qué, de algo falso, desde luego, porque toda esta celebración es un ejercicio sofisticado de esa hipocresía tan nuestra.

De pronto suena el timbre en un momento que no podía ser más oportuno para mí. Corre Isabel a la puerta y anuncia que es Francisco, su hermano, que llega agitado, mofletudo y barrigón, embutido en unos pantalones que le quedan chicos e hiperventilado como siempre. Todos lo saludan con grandes muestras de afecto, que en mi caso son menos grandes, pues me parece un presumido y un tontorrón, sólo nos damos la mano y él palmotea mi espalda con una virulencia excesiva, y yo pienso suave, Pancho, que vas a romperme las costillas, no tienes que demostrarme que eres tan machito. Con sus anteojos intelectuales, su camisa adquirida a precio de liquidación y el voraz apetito que ya le conocemos, sobre todo cuando no es él quien paga la comida, Francisco se remanga la camisa, remoja su lengua con el vino que Sofía le alcanza servicial, demasiado servicial para mi gusto, y se lanza a contarnos las últimas hazañas de su vida académica, porque este chico es un genio, dice su madre, Bárbara, casi babeando de orgullo. Yo sonrío encantado de ahorrarme el discurso, o eso pensaba, porque ahora, para mi consternación, y una vez que Francisco nos da un respiro y calla, Peter, siempre tan apegado a las formalidades, me recuerda que es mi deber de novio decir unas palabras de pie. Ay, Peter, qué pesado eres, no molestes a Gabriel, te voy a cortar la suscripción de National Geographic, le dice Isabel en tono risueño, pero Bárbara, seguro que para molestarme, insiste en que debo hablar, y la tía Hillary se entusiasma y celebra la idea, mientras Francisco me mira con esa cara tan antipática que, por mucho que estudie en una universidad de prestigio, no va a cambiarle aunque saque tres maestrías y cuatro doctorados.