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Estoy casado con una mujer muy linda, que me ama, una mujer que me quiere tanto que va a darme un hijo; vivo en el barrio más hermoso que he conocido; trabajo haciendo lo que más me gusta, que es escribir, y en unos días nos iremos a París de luna de miel. Debería sentirme feliz esta noche, pero no estoy contento, estoy desvelado en el sofá, sufriendo en silencio porque Sebastián no está conmigo o, lo que es peor, sigue en mi cabeza, en mis recuerdos, azuzando unas fantasías que ahora parecen más lejanas e irreales que nunca.

Me despierta el timbre del fax. Miro el reloj, son casi las diez. Oigo el ronroneo del papel imprimiendo alguna noticia en el fax, me quito los tapones de los oídos y el antifaz con que me protejo del chorro de luz que cae como una catarata desde la claraboya sobre mi sofá y me arrastro hasta el fax, al lado de mi escritorio. Sofía sigue durmiendo, así que me muevo con cuidado para no hacer ruidos que pudieran despertarla. Fax de mierda, olvidé desconectarlo antes de dormir, pienso, malhumorado. Leo el logotipo del periódico: es Expreso, el segundo más leído del Perú, después de El Comercio, el más serio y tradicional. Cuando era joven trabajé en Expreso como reportero y columnista. Su director, Manuel D’Ornellas, un gran periodista y un amigo muy querido, fue como un maestro para mí. Cuando le dije que quería irme a vivir al extranjero y ser un escritor, no dudó en animarme y decirme que me tenía mucha fe como escritor. Manuel fue uno de los mejores amigos de mi madre cuando ambos corrían olas en colchoneta en La Herradura, la playa que por entonces reunía a la gente más bonita de la ciudad (no era una playa muy grande, y no hacía falta que lo fuera, porque naturalmente había muy poca gente bonita). Reconozco en la pequeña pantalla del fax el número de teléfono desde el cual me envían este recorte de la primera plana del diario Expreso de Lima: es, claro, el de la oficina de mi padre, ¿quién más podía mandarme un fax a esta hora de la mañana?

Arranco la hoja que reproduce la portada del periódico y leo uno de los titulares: «Gabriel Barrios se casó en Washington.» Veo una foto mía, vieja y muy fea, en la que salgo haciendo una mueca grotesca en la televisión y con el mismo traje que usé ayer en la boda, y un titular más pequeño que dice: «Estrella de televisión contrajo matrimonio con la peruana Sofía Edwards.» Me quedo perplejo. No puede ser verdad: ¿cómo diablos se ha enterado la gente de Expreso que me he casado ayer, si no se lo he contado a nadie en Lima? Una llamarada me abrasa el pecho, me sofoca la garganta y me recorre la espalda. Me siento humillado, herido, avergonzado. Yo no quería hacer alarde de mi boda porque siento que es un casamiento de emergencia, desesperado, pero ahora todos en mi país sabrán que me he casado y creerán que soy el hombre que no soy ni puedo ser, salvo Sebastián, que pensarán que soy un farsante, un embustero y que me he casado con Sofía para acallar el creciente rumor de que soy gay.

Mierda, digo, indignado, mientras veo aparecer una segunda hoja del diario Expreso, esta vez una página interior, en la que aparece la noticia de mi boda con Sofía. Incrédulo, leo el titular de la página seis, confundido entre las noticias de actualidad: «Gabriel Barrios perdió su codiciada soltería en Washington, se casó con la estudiante peruana Sofía Edwards.» Con esfuerzo, porque las letras son pequeñas y la copia del fax algo defectuosa, alcanzo a leer:

«En una emotiva ceremonia celebrada ayer en la ciudad de Washington, capital de Estados Unidos, el recordado periodista y animador de televisión Gabriel Barrios contrajo matrimonio con la guapísima estudiante Sofía Edwards, en compañía de familiares y amigos. A pesar de la estricta reserva con que se llevó a cabo la ceremonia, Expreso pudo saber de fuentes confiables que Barrios lució muy emocionado cuando pronunció las sagradas palabras de amor ante su bella esposa y que incluso en un momento estuvo a punto de llorar. La novia, Sofía Edwards, estudiante de ciencias políticas en una universidad muy importante de esa ciudad, lucía bella y radiante y estuvo en todo momento acompañada por sus padres Peter Cannock y Bárbara Gubbins, y por sus hermanos Isabel y Francisco Edwards, que viajaron desde distintos confines del mundo para estar presentes en la ceremonia nupcial. Fuentes dignas de crédito, cercanas a la familia de la estrella de televisión, revelaron a Expreso que Barrios cayó perdidamente enamorado desde el primer día que conoció a Sofía Edwards Gubbins, en una academia de tenis del exclusivo barrio de Camacho, a la que el joven y talentoso hombre de televisión acudió a practicar uno de sus deportes favoritos, encontrándose allí con la señorita Edwards, que estaba tomando clases de tenis, y por cuya belleza quedó inmediatamente fulminado cayendo rendido ante sus encantos. Desde entonces, Gabriel y Sofía se hicieron inseparables -comentó nuestra fuente-. No sólo juegan mucho al tenis juntos, casi a diario, sino que son grandes lectores de novelas y biografías de personajes históricos, y otra de sus pasiones es la política, puesto que ambos tienen una gran fascinación por la política y no sería raro que en unos años vuelvan al Perú y se dediquen a la política, reveló una de nuestras fuentes, muy allegada a la familia de Gabriel Barrios, que prefirió no ser identificada, por obvias razones. Se supo, asimismo, que el recordado Barrios y su flamante esposa partirán de luna de miel en los próximos días a París, la Ciudad de las Luces, y que luego volverán a Washington, donde ambos cursan estudios en la afamada Universidad de Georgetown, cuna de grandes pensadores y filósofos y escuela donde estudió el actual presidente William J. Clinton. Por último, Expreso pudo saber que Gabriel Barrios está ultimando detalles para contraer muy pronto matrimonio religioso con Sofía Edwards, y que ambos desean que tan magno evento, que sin lugar a dudas concitará la curiosidad del público peruano, se lleve a cabo en una iglesia de San Isidro o Miraflores, seguramente la Virgen del Pilar o María Reina. Siendo Gabriel y Sofía tan buenos cristianos y tan buenos peruanos, podemos dar por seguro que muy pronto vendrán a Lima a santificar su matrimonio ante Dios, reveló nuestra fuente, digna de toda confianza, muy allegada a la familia del recordado hombre de televisión. Desde las páginas de este diario, en el cual trabajó Barrios no hace muchos años, les hacemos llegar a los novios nuestras más sinceras felicitaciones y les deseamos éxitos, alegrías y parabienes en su vida conyugal.»

Termino de leer la noticia y no sé si estallar en una carcajada o romper el florero que Sofía ha comprado en un anticuario de la calle P. Voy a su cuarto con los papeles en la mano, pero la veo durmiendo y prefiero no despertarla. Regreso a mi escritorio, levanto el teléfono y llamo a la oficina de mi padre. Hola, hijo, ¿viste el fax que acabo de mandarte? -me pregunta él-. Estás en la primera plana de Expreso, tu madre está muy orgullosa, añade. Yo hablo con toda la indignación que me calienta la sangre: ¿Quién llamó a Expreso a contarles que me he casado, papá? Mi padre parece advertir que no estoy contento. Carraspea, señal de que está nervioso, y dice: ¿Por qué, no te ha gustado la noticia? A mí me parece que está muy positiva, está escrita con mucho cariño, hijo. Yo insisto: ¿Quién llamó? ¿Tú llamaste, papá? Él responde en seguida: No, hijo, cómo se te ocurre, yo te hubiera consultado antes, yo sé que tú te preocupas mucho por tu imagen pública. Guardo silencio. Vuelvo a la carga: ¿Fue mamá? Mi padre responde: Sí, hijo, tu mami se encontró por casualidad con Manu D’Ornellas en un cóctel diplomático, tú sabes que son íntimos amigos desde chicos, y parece que le contó que te habías casado y, bueno, así fue la cosa. Pero ¿no estás molesto, no?