Yo no puedo evitarlo y respondo: ¡Claro que estoy molesto! Yo quería guardar el secreto y sale esta noticia estúpida, llena de falsedades e idioteces, en la primera plana de Expreso. No lo puedo creer. Voy a llamar a mamá ahorita mismo. Mi padre intenta calmarme: Tranquilo, hijo, no lo tomes a mal, tu mamá lo ha hecho con las mejores intenciones. Sí, claro -digo-. y quiero que sepas algo: ¡no me voy a casar por la religión, aunque mamá lo anuncie en Expreso! Cuelgo furioso, con ganas de romper algo, y llamo al teléfono de mi madre. Contesta sin demora, seguramente estaba rezando un rosario a esta hora de la mañana. Hola, mamá, soy Gabriel, digo, secamente. Hola, mi amor, ¿cómo está el recién casado?, me pregunta, muy amorosa. Muy molesto, digo. ¿Porqué, mi amorcito?, ¿qué te pasa?, ¿has dormido mal?, pregunta con una voz tan dulce que me resulta insoportable porque parece falsa. No, estoy molesto porque llamaste a Manu D’Ornellas a contarle que me he casado y ha salido en la primera plana de Expreso hoy, digo, tratando de no levantar la voz. Ay, sí, hijo, lo llamé, claro, y con mucha ilusión cristiana, porque sentí que era mi deber contarle esto a Manu, que tanto te quiere, y que corría olas conmigo en La Herradura, y compartir esta linda noticia con tu público de fans en el Perú, que tanto te quieren.
Yo no puedo creer la osadía de mi madre: ¿Y no te pareció que podrías haberme consultado antes? ¿No crees que era yo quien debía decidir si contar o no a los periódicos los detalles de mi boda? Mamá me responde imperturbable: No, mi hijito, no me pareció, tú estabas muy ocupado allá y yo pensé que era mi deber ayudarte hablando con Manu y dándole la noticia. Además, déjame decirte que ha salido muy linda, muy positiva, Manu se ha portado como el caballero hecho y derecho que es, ya le he dicho a tu papá que no me traiga más El Comercio a la casa, que a partir de ahora me traiga el Expreso, que es un diario tan ético y moral. Indignado, entrecortada la respiración, grito: ¡Es una payasada todo lo que has hecho publicar en Expreso, mamá! ¡Casi todo es mentira! ¡Yo no conocí a Sofía en una academia de tenis, sino en una discoteca! ¡Nunca hemos jugado tenis! ¡No pensamos dedicarnos a la política! ¡Y no es verdad que vayamos a casarnos en la Virgen del Pilar o María Reina! ¡Ya te dije que no voy a casarme por la religión! ¿No entiendes? ¿Eres sorda o bruta o las dos cosas? Mamá no pierde su candor insoportable: Ay, hijito, no grites, por favor, no seas tan violento, que me haces acordar a tu papá. La nota de Expreso está linda y todo lo que dicen es cierto, aunque tú te me hayas vuelto un poco olvidadizo y no te acuerdes de las cosas. Pero yo te conozco más que nadie en todo el mundo, y te quiero más que nadie en todo el mundo, mi Gabrielito, y sé lo que te gusta el tenis, la política, la lectura, y estoy segurísima, como que me llamo Diana Luna de Barrios, que más rápido de lo que canta un gallo te vas a casar ante el padre García en María Reina, mi amor, y no te preocupes, que yo te consigo la parroquia cuando quieras, para eso está tu mamacita, para ayudarte en lo que quieras, mi Gabrielito.
Yo comprendo entonces que es un diálogo de sordos y que mi madre no me entiende ni me entenderá, pues está extasiada con la noticia llena de falsedades que ha filtrado a Expreso, y por eso digo, lleno de rencor: Eres una loca del carajo, mamá. Lo que has hecho es una manipulación tramposa y tú lo sabes. Como te da vergüenza que tu hijo sea gay, has corrido a Expreso a publicar la noticia de que me he casado con Sofía. y como te parece horrible que sólo me case por la ley, anuncias sin ninguna razón ni autoridad que me casaré ante la Iglesia. Deberías estar avergonzada de actuar así. Mamá me interrumpe: ¡Más respeto con tu madre, mi hijito, que yo no le aguanto insolencias a nadie! No estoy avergonzada, estoy muy orgulloso de lo que ha publicado Expreso y también estoy muy orgullosa de ti, porque, como ya te dije ayer, lo mejor que has podido hacer en tu vida es casarte con Sofía, claro que sólo te falta ahora santificar tu matrimonio ante Dios Nuestro Señor. Yo la corto: Estás más loca que una cabra del monte, mamá, y tiro el teléfono. Luego camino hacia el cuarto de Sofía y la encuentro despierta, mirándome con ojos asustados. Tiro sobre su cama las hojas del fax y digo, sarcástico: Te espero en la cancha de tenis, mi amor. Luego me voy a la sala, me pongo unas zapatillas y me voy a correr. Si no salgo a correr ahora mismo, voy a romper algo.
Son las cuatro de la mañana. Estoy manejando el auto negro de Isabel, que me lo ha prestado con generosidad, mientras suena un bolero cantado por Luis Miguel, que ella adora. Conduzco despacio y con cuidado porque llueve a cántaros y apenas puedo ver la pista. Tengo que llegar cuanto antes a las oficinas de Inmigración en Virginia, a media hora desde mi departamento en Georgetown, porque me espera una cola larga y lenta, llena de extraviados como yo, algunos de los cuales pasan la noche entera frente al edificio. Hace mucho frío, pero por suerte la calefacción del auto me previene de esas molestias. Sofía se ha quedado durmiendo, me dio pena despertarla, prefiero hacer solo este trámite odioso pero indispensable para sacar el permiso de residencia. Aunque las plumillas del vidrio se mueven a una velocidad frenética, echando el agua a los costados, la lluvia cae con tanta fuerza que a duras penas logro ver. Temo perderme: es un camino enrevesado para un forastero como yo y lo es más todavía por las malas condiciones climáticas. Lo conozco más o menos bien porque ayer por la tarde manejé hasta la mole de concreto de Inmigración, aprendiendo las curvas, los desvíos y las señales que debo seguir para llegar hasta aquel barrio apacible de Virginia. A mi lado tengo un papel con todas las anotaciones que he tomado ayer, cuando ensayé la ruta que debía seguir, así como una manzana y un plátano, el desayuno que tomaré apenas llegue a la cola y aguarde a que abran esas oficinas públicas a las siete de la mañana. Espero que el trámite sea breve y sencillo, que no me hagan muchas preguntas, que sean indulgentes con mi acento inglés y que me autoricen a salir fuera del país en los próximos días, porque Sofía está impaciente por ir a París conmigo.
El auto de Isabel, un Mercedes un poco viejo pero que aún conserva su prestancia, avanza sin sobresaltos entre las lagunas que se forman en la pista, levantando pequeñas olas que caen sobre la acera. Todo se ve tan distinto desde el timón de este coche con asientos de cuero; ya me había acostumbrado a tomar el autobús o taxis cochambrosos guiados por gentes de poco fiar. Isabel es un encanto: apenas se enteró de que tenía que ir de madrugada a Virginia para gestionar mi residencia, no dudó en dejarme su auto. No quisiera chocárselo. Para comenzar, no tengo una licencia de conducir expedida en este país. Nunca tuve una legal en el Perú, abrumado por la interminable pesadilla burocrática que me esperaba si quería obtenerla. Cuando cumplí dieciocho años, la edad mínima para conducir en mi país, mi padre me regaló una licencia. Pensé que era válida, pero un tiempo después me detuvo la policía por conducir a alta velocidad y, alegando que era falsa, me pidió un soborno, que, por supuesto, le pagué. Por eso tengo miedo de que me detenga la policía. Acá no podría sobornarlos ni firmarles un autógrafo para salir del apuro.