La mujer, que lleva en el pecho un cintillo con su nombre impreso, Ofelia, nos pregunta cuándo nos casamos, a qué nos dedicamos, hace cuánto vivimos en Estados Unidos y por qué queremos que me den el permiso de residencia. Sofía contesta casi siempre y yo apenas intervengo con timidez porque mi inglés es bastante impresentable comparado con el de ella, con el de Sofía, digo, porque el inglés de Ofelia parece creoley no entiendo gran cosa, parece que la señora tuviese atracado un donut en la garganta porque pronuncia todo de una manera que resulta indescifrable. Entonces Ofelia me pide que me retire un momento porque quiere hacerle unas preguntas a Sofía, a quien yo, poniéndome de pie, miro con una cierta agonía y todo el amor del que soy capaz, como diciéndole no la cagues, por favor, contesta todo bonito, que no quiero tener que volver a Lima a pedir que me renueven la visa de turista en el consulado, que la última vez que hice el trámite tuve que hacer una cola peor que las de acá. Sofía me mira como diciéndome tranquilo, no soy tan tonta, a esta negra me la almuerzo con ketchup y mostaza, así que salgo, cierro la puerta según me ordena Ofelia -bota el donut, gorda, pienso- y me siento a hojear una revista toda manoseada, arrugada y olorosa, que debe de haber sido leída por miles de orientales, africanos y latinoamericanos que han pasado por esta misma sala. Espero que fumiguen las revistas de esta oficina, pienso, y luego, a riesgo de contraer alguna enfermedad contagiosa, me abandono a leer la vida de los ricos y famosos sabiendo que nunca seré uno de ellos.
No pasa mucho tiempo, apenas diez minutos, quizá menos, y aparece Ofelia, tremenda morena con unos pechos que parecen misiles, y deja libre a Sofía y me pide que la acompañe, no sin que Sofía, al pasar a mi lado, me mire con una expresión sombría, inquietante, como advirtiéndome de que la señora es de cuidado y me va a querer joder. Ahora estamos solos, Ofelia y yo, y está claro que ella, una importante masa de lípidos embutida en su uniforme del servicio migratorio, será quien decida mi suerte y diga si merezco o no ser residente en este país que tantos donuts le ha dado. Si esta mujer de insaciable apetito va a decidir mi futuro, vamos por mal camino, pienso. ¿Por qué se ha casado con Sofía?, me pregunta, mirando un papel para no equivocarse con el nombre de mi esposa. Porque estoy enamorado de ella -respondo, con determinación, y en seguida añado-: y porque vamos a tener un hijo, no vaya a ser que Sofía le haya dicho eso, que nos hemos casado sólo por el embarazo. A mí no me vas a pillar con tus preguntas capciosas, simia sobrealimentada, pienso, dándome fuerzas para salir airoso de la emboscada burocrática. ¿Hace cuánto tiempo viven juntos?, pregunta, mirándome a los ojos como si quisiera bañarme en azúcar en polvo y tragarme entero con su bocaza de foca. Bueno, hace más o menos un año, digo. Ella toma anotaciones y hace pequeñas muecas que no sé si deberían preocuparme. ¿Dónde se conocieron?, ataca de nuevo, y yo no lo dudo, no creo que Sofía se haya equivocado en este punto: En una discoteca de Lima. En seguida, por las dudas, añado: Aunque el recorte del periódico peruano que tiene allí enfrente dice que nos conocimos en una academia de tenis de Lima, lo que no es verdad, ya sabe que los periódicos a veces publican muchas cosas falsas. Ofelia sonríe y aprueba el comentario, parece que le hizo gracia lo que dije, aunque sospecho que cuando va a comprar al supermercado no vacila en adquirir los tabloides escandalosos. ¿Qué le regaló a Sofía en su último cumpleaños? Ahora, sí me pilló la gorda. No me acuerdo bien. Sofía cumplió años en abril, hace casi un año, y lo pasamos juntos -no sé si juntos, lo dudo, quizá lo celebramos unas semanas después, cuando llegó de Lima- en el departamento en Miami, el mismo que devastó el huracán. ¿No se acuerda? -pregunta Ofelia, como burlándose-. Porque ya vivían juntos, ¿verdad?, me pone a prueba. Sí, ya vivíamos juntos en Miami -digo-. No recuerdo con exactitud, pero creo que le regalé un disco y un libro y un par de zapatos, digo, por si Sofía sólo mencionó una de esas tres cosas. Ella hace un gesto de aprobación, lo que me da a entender, aunque tampoco estoy seguro, de que acerté. No creo que Sofía haya dicho que también le compré unos calzones en Victorias Secret, supongo que dijo zapatos o un libro para darse aires de intelectual. ¿De qué color son las sábanas de la cama?, pregunta Ofelia, haciéndose la distraída, y yo pienso gorda mamona, no te propases, no te metas en mi cama, porque yo no duermo con Sofía y no creo que la ley nos obligue a dormir juntos para probar que somos un matrimonio real, bien avenido, y no uno ficticio y amañado. Grandísimo imbécil que soy, casi he preguntado: ¿De mi cama? ¿O de la cama de Sofía? pero, a tiempo, he caído en cuenta de que eso hubiera sido un error catastrófico, porque debemos parecer la pareja más feliz del mundo, una que duerme junta, cocina cantando, hace el amor tres veces al día y va al baño tomada de la mano.
Supongo que debo contestar por el color de las sábanas de Sofía, pienso. Acá me puedo equivocar. Porque me estoy demorando un par de segundos más de los que debería y ella ya me mira con cierta suspicacia y por eso, para distraerla, digo: La verdad, no soy muy atento a esos detalles, rara vez ordeno la cama yo, pero ella sonríe por compromiso y abre mucho los ojos a la espera de mi respuesta. Celestes -digo, porque creo que las de Sofía son de ese color-, aunque a veces las cambiamos por blancas o marrones, añado, balbuceando, porque las mías, creo, no estoy seguro, son de esos colores, pero es Sofía quien las lava y extiende en la cama. Bueno, ¿son celestes, blancas o marrones?, insiste Ofelia, burlona, con una saña que no encuentro justificada, salvo que le moleste que yo no sea tan gordo como ella. Sonrío mansamente, ocultando el encono que tan voluminosa señora despierta en mí, y digo: Celestes, ahora mismo, celestes, porque estoy casi seguro de que así son las sábanas en las que ha dormido Sofía anoche, espero que ella no haya contestado pensando en mi sofá. Pero Ofelia ha preguntado por nuestra cama, y Sofía no podría pensar que el sofá es nuestra cama, sino la mía. Celestes, repite ella, desconfiada, como haciendo notar mi error. Celestes, sí -digo-. Celestes o blancas, ya no estoy seguro, añado como disculpándome. Ofelia me mira con su jeta protuberante y sus ojos caídos y dispara una vez más, sin piedad: ¿De qué color es el horno? Ahora sí que me jodí, pienso. ¿El horno de microondas?, pregunto, nervioso. El horno, responde, secamente. Bueno, a ver -digo, ganando tiempo-. La verdad, yo no soy de cocinar, no entro mucho a la cocina, yo soy un escritor, estoy escribiendo una novela, así que no me fijo mucho en esos detalles, explico, pero ella me mira sin ninguna simpatía y dice: Bueno, si es escritor, debería ser observador, prestar atención a los detalles. Yo digo entonces: El horno, el horno, creo que el horno de microondas tiene la puerta blanca, y creo que el horno grande de la cocina tiene la puerta negra, pero también podría ser marrón, marrón oscura, en todo caso, es de color oscuro, digo, y siento que no debería estar equivocado. ¿Me está diciendo que el horno es blanco, negro o marrón?, me pregunta Ofelia, ya abiertamente odiosa, dándoselas de lista. Gorda malparida, te estoy diciendo que el microondas es blanco y el otro oscuro, ¿no te basta con eso?, pienso, y sigo odiándola: ¿de qué color eres tú? ¿Negro, moreno, aceitunado, prieto, marrón oscuro? Escondo mi rabia y digo tranquilo: Bueno, creo que no me dejé entender bien. El horno grande es negro, estoy casi seguro, y el chiquito de microondas es blanco. Blanco o crema, añado, dudando, porque quizá Sofía, tan minuciosa para la decoración, dijo crema y nos jodimos y no me dan la residencia porque ella dijo crema y yo blanco. Bueno, eso es todo -dice la mujer, y yo me levanto y espero a que diga algo-. Ya se puede ir, mucha suerte en su matrimonio, me dice. Pero yo no me voy. ¿Y cuál es el siguiente paso?, pregunto. El siguiente paso es que le diremos por correo si califica o no para ser residente temporario, me informa. ¿Por correo?, pregunto. Así es, recibirá nuestra respuesta por correo, afirma. ¿Sabe más o menos cuándo?, insisto, sabiendo que va a odiarme más. Pronto -dice ella-. Muy pronto. ¿Como en una semana o un mes?, pregunto. Como en una semana, se resigna a confesar. Muchas gracias, encantado, digo, y salgo de su oficina.