Выбрать главу

Sofía me toma del brazo, me mira con curiosidad y, mientras nos alejamos buscando el ascensor, me pregunta: ¿Qué dijiste, qué dijiste? y yo: ¿Te preguntó por las sábanas y el horno? y ella: Sí, claro, ¿qué dijiste? Creo que la cagué, digo, sombrío. ¿Por qué?, ¿no sabías?, se impacienta ella, sonriendo de todos modos porque la escena le parece divertida. Dije que las sábanas son celestes y que el horno es negro. Sofía suelta una carcajada en la puerta del ascensor. ¡Yo dije que las sábanas son blancas!, dice, riendo. ¡Pero las tuyas son celestes!, digo. Sí, pero yo pensé que tú ibas a responder por tus sábanas, que son blancas. La cagamos -digo-. Creo que me van a deportar. De todos modos, yo dije celestes o blancas, que no recordaba bien. Ella sigue riéndose: ¿Y el horno, dijiste negro? Yo: Sí, claro, es negro, ¿no? ¡No es negro, es marrón, marrón oscuro!, dice ella. Está todo mal, nos vamos a la mierda, me río. ¿Nunca has visto la puerta del horno?, pregunta risueña, cuando salimos del ascensor y caminamos hacia la puerta del edificio, entre guardias de seguridad y gentes de todas nacionalidades. No, creo que nunca -digo, y luego le pregunto-: ¿Dijiste que nos conocimos en una discoteca, no? Ella me mira muy seria y dice: Ahora sí estamos jodidos. ¿Por qué?, me preocupo. Porque dije que fue en una academia de tenis, responde. ¡Estás loca, ya pareces mi mamá, nunca hemos ido a una academia de tenis! -me exalto, y añado-: Nos conocimos en el Nirvana, nos presentó Sebastián, nos acostamos esa noche, ¿no te acuerdas? Ella me mira coqueta y dice: Bueno, sí, pero no podía contradecir al periódico que le has dejado. -Advierto por su sonrisa picara que me está tomando el pelo y respiro aliviado-. Mentira, tonto -me calma-. Dije que te conocí en una discoteca y que esa misma noche me acosté contigo y que las sábanas eran blancas y olían como si no las hubieses lavado en un año. Nos reímos.

Caminamos buscando el auto de Isabel. ¿Y ahora qué?, pregunta ella. A esperar el correo, respondo. ¿Y si no te la dan?, pregunta, juguetona. Nos vamos a París y nos quedamos allá -digo-. Porque a Lima no vuelvo ni a palos. Entramos al auto. Hace frío. Enciendo la calefacción. A ver, ¿de qué color es mi cepillo de dientes?, pregunta ella. Me río. No sé qué contestar, pero sí que la amo a pesar de todo.

Exactamente tres días demora en llegar por correo la respuesta del Servicio de Inmigración. Nada más recibirla, abro el sobre amarillo con la seguridad de que me comunicarán que he sido rechazado como residente. Para mi sorpresa, la respuesta es positiva: me han concedido un permiso temporal, válido por un año, para vivir en este país. Me alegro mucho. Por fin puedo decir que no volveré al Perú, que estoy protegido de la barbarie y el caos. Cuando Sofía regresa de clases, le doy la buena noticia. Ella se pone muy contenta, me abraza y luego llama a Lima a contarle a su madre, con quien habla extensamente de ese y otros temas. Tan pronto como cuelga el teléfono, le digo que no debería seguir hablando tanto con su madre, a quien considero una intrigante y una chismosa, pero ella la defiende y dice que no quiere terminar como yo, que a ella le gusta llevarse bien con sus padres a pesar de las peleas que pueda tener esporádicamente con ellos.

Para celebrar mi nueva condición de residente, vamos a cenar a un restaurante francés en la calle M y al volver a casa hacemos el amor. Mientras me agito sobre ella, pienso ocasionalmente en Sebastián. Me pregunto si ella pensará en otro hombre, quizá en Laurent, cuando hacemos el amor. Sería divertido -divertido para mí, no creo que para ella- que pensara en Sebastián, su primer amante, precisamente cuando yo también pienso en él, aunque no creo que eso ocurra, porque no lo recuerda con cariño, dice que él la trató muy mal y se portó como un perro.

Al día siguiente voy nuevamente a las oficinas del Servicio de Inmigración y pido que me expidan un salvoconducto para salir del país, dado que, mientras dure mi permiso temporal como residente, sólo puedo salir y volver a entrar si poseo una autorización emitida por ellos. Por suerte, el trámite es corto y me entregan el salvoconducto sin demora. Ya está todo listo para partir a París, sólo nos faltan los pasajes de avión. Hemos hecho una reserva en Air France, en clase turista, y el plazo para comprar el billete vence en unas horas. Una vez que tengamos los pasajes en la mano, tendré que pedir la visa en el consulado francés, pero es muy improbable que me la nieguen, dado que mi esposa es norteamericana, y yo, residente legal. Cuando le digo a Sofía que me voy al banco a sacar dinero y en seguida a la agencia de viajes a comprar los billetes de Air France, ella me sorprende y anuncia con una sonrisa que Peter nos ha regalado dos boletos en British Airways, primera clase, a Londres, París y Madrid, como obsequio por nuestra boda. Me quedo en silencio, abrumado por esa muestra de generosidad que no esperaba. Me sorprende que Bárbara, que sé que me detesta, le haya permitido regalarnos dos pasajes en primera a Europa, que deben de costar mucho dinero.

A sugerencia de Sofía, llamo a Peter y le agradezco. Contesta con la caballerosidad de siempre: Estamos muy contentos de tenerte en la familia y esperamos grandes cosas de ti, me dice, con cariño paternal. Estoy seguro de que lo defraudaré, pienso, pero no será fácil olvidar este detalle. Mis padres no nos han regalado nada, salvo la noticia del periódico, aunque no sería justo esperar algo de ellos cuando no fueron invitados a la boda. Peter no me pregunta por la novela. Es prudente. Nunca menciona el tema, hace como si no existiera. Sabe, por Sofía y por Bárbara, que estoy escribiendo algo muy personal, pero respeta esos fueros íntimos y sólo nos desea suerte en el viaje y me da un par de consejos sobre hoteles en Londres y Madrid, porque en París no será necesario buscar uno, ya que nos quedaremos en el departamento de Isabel, que era de Fabrizio, el marido italiano, pero, tras la separación, es ahora de ella. Isabel no debería quejarse, su matrimonio fue poco feliz pero le ha dejado un departamento en Washington y otro en París.