Выбрать главу

Resignado, pienso: ¿sabrá que quiero tener el poto lindo no para ella? Bueno, ya, sigue nomás, pero, por favor, házmelo con cariño, no te olvides de que estamos de luna de miel, digo, con una voz que procura inspirar compasión. Pero no: ella simula ser una profesional y hará su trabajo sin que le tiemble el pulso, aunque yo gima y chille como una loca histérica. Por suerte, la primera parte de la operación es agradable, porque Sofía unta una crema tibia, que se calienta con la fricción de sus dedos, en mis nalgas pedigüeñas, y lo hace con el amor de una esposa en luna de miel, dejándome medio culo cremoso, blancuzco y relajado gracias a sus caricias un tanto viscosas. Luego viene lo peor: vuelve a pegar el paño extra largo, que cubre casi la totalidad de la nalga derecha, lo que algo dice del tamaño de mi trasero, y me previene que debo ser fuerte porque va a tirarlo de una vez y sin más rodeos. Aguanta, no grites, sé un hombre, me dice. Oír esa voz recia a mis espaldas, con el trasero al aire, me excita un poco, porque me recuerda las cosas inflamadas que me decía Sebastián cuando yo le rogaba que me la sacara y él seguía dándome sin piedad. ¡Ay, ay, ay!, chillo, y meneo el trasero cuando me arranca decenas si no centenares de vellos finos y odiosos. Entonces me incorporo y le digo no más, no puedo más, no sigas, por favor, esto es una tortura china, pero Sofía se dobla de la risa, no comprende la devastadora quemazón que me asalta en el trasero, sólo atina a darme vuelta y soplar con todas sus fuerzas, soplarme rico para concederme, a la par que esa brisa bienhechora, una mínima tregua, un respiro.

No podemos parar ahora, mi amor -me dice, soplándome el trasero rapado a medias-, ¡no te puedes quedar con un cachete sin pelos y otro con pelos, comprende, baby!, dice riendo a carcajadas. Resignado, le doy la razón y me echo mansamente en la cama. De nuevo ella me llena de cremas y yo me engrío con su mano recorriendo mi nalga izquierda y muevo un poco el culo, a ver si se anima a deslizarme el dedo cremoso y darme un premio de consolación, pero ella no parece advertir la invitación que le hago encarecidamente, cimbreando y meneando el trasero como una cabaretera, y luego me avisa que ya va a jalar, que aguante, y yo te odio, te odio, te odio, ¿por qué me tienes que hacer llorar así en mi luna de miel?, y ella se ríe y me dice que me ama, que soy un niño tontito y engreído y que ella me ama como si fuera mi madre. Esas palabras dulces me anestesian un poco y cuando tira el paño adhesivo me duele en el alma pero quizá un poco menos, porque siento que Sofía me quiere siempre, a pesar de todo, aunque sea un bisexual con el culo recién depilado. Ya está, ya terminó, ya pasó, me dice, soplándome el trasero, y me canta sana sana, potito de rana, y yo amo estar en Madrid de luna de miel con esta mujer que me ha depilado las nalgas con tanto amor. Por eso, cuando pasa el dolor, me doy vuelta, la lleno de besos y le hago el amor con pasión, sólo rogándole que, por favor, no me toque el trasero, porque duele mucho, baby, duele mucho.

Regresamos a Washington en un vuelo directo desde Madrid. Todavía me duelen las nalgas al subir al avión. Por suerte, viajamos en primera clase, cortesía de Peter, que insiste en conseguirme trabajo en Washington en una organización ecologista cuyo directorio integra, probablemente con la intención de que yo desista de publicar mi novela, si alguna casa editorial desea hacerlo, lo que parece harto improbable. El embarazo de Sofía avanza sin complicaciones. La fecha del parto está prevista para agosto, finales del verano. Los peores malestares parecen haber pasado.

Ahora que ya no se habla de abortar, nos hemos casado y he terminado la novela, Sofía parece más relajada y contenta. Yo le prometo que podré ayudarla con sus trabajos de la universidad, que suelen abrumarla, y que, cuando nazca el bebé, podrá continuar su maestría sin interrupciones, porque yo me encargaré de cuidarlo hasta que ella, dos semestres después, concluya sus estudios y se gradúe. Para entonces, el bebé ya tendrá casi un año y yo llevaré casi tres sin trabajar, viviendo de mis ahorros, y con mucha suerte habrá salido la novela. De momento sólo está claro que nos quedaremos en Washington, en el departamento tan agradable de la calle 35, esperando a que nazca el bebé en el hospital de la universidad. Confío en que al llegar a casa no encontraremos una carta de Laurent contándole a Sofía nuestro encuentro en París. Ahora mismo, lo último que quiero es volver a pelear con ella. Ya bastante he hecho sufrir a esta mujer, llevándola a abortar, empujándola al borde del suicidio; ahora quiero darle un poco de ternura para que termine sin más sobresaltos este embarazo tan accidentado.

En el avión, jugamos a escoger nombres para el bebé. Ella dice sin dudarlo que, si es mujer, se llamará María Gracia, y si es hombre, Martín. Yo, para hacerle una broma, digo que si es mujer quisiera llamarla Ximena, y si es hombre, Sebastián. Ella no se ríe, me mira con un gesto de contrariedad, frunciendo el ceño. No ignora que Ximena fue mi primera novia y Sebastián mi amante y que secretamente todavía pienso en ellos. Le pido disculpas, besando su mano, y digo que ella elegirá el nombre y que María Gracia me gusta y Martín también. Yo digo que prefiero que sea mujer, porque sospecho que comprenderá con menos dificultad o vergüenza que me gusten los hombres, pero ella, para mi sorpresa, dice que prefiere tener un hijo, aunque no explica por qué, tal vez porque piensa que si es hombre me obligará a suprimir mis devaneos bisexuales y a convertirme en heterosexual, lo que, por supuesto, me parece imposible, no que Sofía se aferré a dichas supersticiones, sino que yo pueda cambiar mi sexualidad.

Mi plan es simple: seguir viviendo con ella un año más, hasta que se gradúe; acompañarla en el parto; cuidar al bebé mientras ella termina su maestría; publicar la novela y seguir escribiendo; no moverme mucho de Washington y no bajar a Lima en ningún caso, y al cabo de un año, cuando ella se gradúe, irme a vivir solo y conseguir un trabajo en la ciudad, salvo que mi novela haya sido publicada y me procure unos ingresos que me permitan seguir viviendo como escritor sin tener que agenciarme algún trabajo alimenticio. El plan de Sofía no lo conozco porque ella dice no tener planes y estar resignada a que yo haga lo que quiera, aun contra su voluntad, pero sospecho que piensa que las cosas mejorarán gradualmente entre nosotros, que el nacimiento del bebé afianzará nuestro amor y que no me iré a vivir solo y saldremos adelante como pareja y, eventualmente, después de su graduación, nos mudaremos a Lima, conseguiré un trabajo en la televisión, tendremos otro hijo, nos inscribiremos en el club de polo, compraremos una casa de playa al sur y todos los domingos comeremos cebiche con sus amigos.

Prefiero que me corten una mano antes que vivir esa pesadilla. Quiero mucho a Sofía y supongo que es la mujer de mi vida, pero volver a vivir en Lima me parece una idea espantosa. Yo puedo vivir contento sin empleadas, cocineras, lavanderas ni choferes a mi servicio; me basta con barrer el departamento una vez por semana, si acaso, y vivir sin auto en una ciudad con buen transporte público y en la que sea agradable caminar. Sofía, en cambio, echa de menos las comodidades domésticas de la vida lujosa en el Tercer Mundo, donde, por muy poca plata, puede tener un ejército de criados y mucamas que le faciliten considerablemente la vida.