Выбрать главу

—¿Por qué ha de indignarme?

—Atiéndame, príncipe. Me he quedado aquí desde ayer, en primer término, porque tengo muy particular estima por el arzobispo francés Bourdalone (cuyos escritos hemos estado saboreando en la habitación de Lebediev hasta las tres de la madrugada) y en segundo, y principal (le juro por lo más sagrado que digo la verdad pura), porque quería, haciendo ante usted una confesión cordial y completa, favorecer mi desarrollo moral. Tal era mi idea, que me hizo deshacerme en llanto cuando me dormí, a las cuatro de la madrugada. Si quiere creer en la palabra de un hombre de honor, en el minuto preciso en que me dormía, colmado de lágrimas (y externas, porque recuerdo perfectamente que me quedé dormido sollozando), se me ocurrió una idea diabólica: «¿Y si después de tu confesión le pidieses dinero?» De modo que toda la confesión ha sido un ardid para asegurar el éxito del golpe y conseguir al final que me prestase usted ciento cincuenta rublos. ¿No le parece esto una bajeza?

—No habla usted con exactitud. Una cosa se ha mezclado a otra y nada más. Las dos ideas se han confundido, lo que pasa muy a menudo. Lo mismo me sucede siempre a mí. Por lo demás, el experimentarlo no es cosa conveniente y usted sabe, Keller, que soy el primero en reprochármelo. Cuando usted hablaba antes, me parecía oír mi propia historia. A veces he llegado a pensar que toda la gente debía ser así —continuó el príncipe, a quien el tema parecía interesar sumamente—y esto me consolaba en parte, haciéndome admitir la imposibilidad de luchar contra esas ideas mixtas, aunque yo lo haya ensayado. ¡Sólo Dios sabe cómo se originan semejantes pensamientos! Y usted, al hablar de este caso, lo califica rotundamente de bajeza. Desde ahora tales ideas van a producirme temor. De todos modos, no soy yo el llamado a juzgarle, pero me parece que calificar de bajeza su acción es ir demasiado lejos. ¿Qué le parece? Ha empleado usted una astucia para pedirme dinero; pero usted jura que, independientemente del motivo, su confesión es sincera. En cuanto al dinero lo quiere usted para bebérselo, ¿verdad? Y ello, después de su confesión, es, realmente, una cobardía. Pero, ¿cómo renunciar en un instante al hábito de beber? Es imposible. ¿Qué hacer, pues, en este caso? Lo mejor es dejarlo al juicio de su propia conciencia. ¿Qué le parece?

Michkin miraba a Keller con viva curiosidad. Era evidente que la cuestión de las ideas mixtas o dobles le preocupaba desde hacía tiempo.

—¡No comprendo cómo, después de oírle, puede calificársele de idiota, príncipe! —exclamó el boxeador. Michkin se ruborizó ligeramente.

—El mismo predicador Bourdalone no habría justificado a todos los hombres, y, sin embargo, usted me justifica, me juzga humanamente. Para castigarme y probarle que me ha conmovido, no le aceptaré los ciento cincuenta rublos. Déme sólo veinticinco y me bastarán. No necesito más, al menos en dos semanas. Antes de quince días no volveré a pedirle dinero. Quería hacer un regalo a Agachka, pero en realidad no lo merece. ¡Dios le bendiga, querido príncipe!

Entró Lebediev, que volvía de San Petersburgo. El ver un billete de veinticinco rublos en la mano del boxeador le hizo arrugar el entrecejo; pero Keller, sintiéndose ya opulento, no tardó en desaparecer. Cuando hubo salido, Lebediev comenzó a criticarle.

—Es usted injusto con él. Está sinceramente arrepentido —atajó el príncipe.

—¿Y en qué consiste ese arrepentimiento? Le pasa lo mismo que a mí ayer cuando decía: «¡Soy muy vil, muy vil!» Pero todo se queda en palabras.

—¿Sólo en palabras? Yo creía lo contrario.

—Le diré la verdad. Pero a usted solo, porque usted sabe adivinar el pensamiento de los hombres. En mí, hechos y palabras, verdad y mentira, todo se mezcla y todo es sincero en absoluto. La verdad y el hecho es que siento un arrepentimiento real. Créalo usted o no lo crea, el hecho es así; se lo juro. Pero palabras y mentiras me son dictadas por un pensamiento infernal, siempre presente en mí: la idea de engañar a la gente empleando en algo útil mis lágrimas de arrepentimiento. ¡Se lo aseguro! A otro no se lo diría, para no concitarme su burla o su execración. Pero usted, príncipe, sabe juzgar humanamente.

—Eso mismo, palabra por palabra, se me decía hace un momento —exclamó Michkin—. Y tanto Keller como usted parecen jactarse de ser así. Los dos me asombran por igual, pero Keller es más sincero, mientras usted convierte esos sentimientos en un verdadero modo de traficar. Vamos, no ponga esa expresión tan desconsolada. No se lleve la mano al corazón, Lebediev... ¿No venía a decirme algo?

Lebediev comenzó a hacer muecas.

—Todo el día le he esperado para formularle una pregunta. Hágame el favor de contestar la verdad por una vez en su vida, sin rodeos. ¿Ha intervenido usted en el incidente de ayer? Hablo de lo del coche.

Nuevas muecas de Lebediev. Luego comenzó a reír, se frotó las manos, y hasta emitió algunos sonidos guturales, pero no dijo una palabra.

—Ya veo que ha intervenido usted en ello.

—Indirectamente, sólo indirectamente. Le digo la pura verdad. Me he limitado a hacer saber oportunamente a cierta persona el hecho de que estaban reunidos en mi casa ciertos señores y señoras...

—Me consta que ha enviado usted su hijo a decirlo: él mismo me lo ha contado antes. Pero, ¿a qué viene toda esta intriga? —exclamó el príncipe, con impaciencia.

—No soy yo quien la ha urdido —afirmó Lebediev, agitando los brazos como para rechazar una amenaza—, no soy yo. La han maquinado otros. Y, hablando en rigor, más bien es una fantasía que una intriga.

—Pero, ¿de qué se trata? ¿No comprende cuánto me afecta este asunto? ¿No ve que se ha arrojado una mácula sobre Eugenio Pavlovich?

El rostro de Lebediev volvió a contraerse.

—¡Príncipe! ¡Ilustre príncipe! No me deja usted decir toda la verdad. Varias veces he querido hacérsela saber; pero nunca me ha permitido usted continuar...

El príncipe calló y quedó pensativo. Era notorio que se libraba en su ánimo una violenta lucha. Al fin articuló penosamente:

—Bien: diga toda la verdad.

—Aglaya Ivanovna... —comenzó Lebediev, bajando la voz.

—¡Silencio, silencio! —gritó Michkin, ruborizándose, lleno de ira y acaso de vergüenza también—. Todo eso es imposible y absurdo. Sólo usted u otros locos como usted pueden haberlo inventado. ¡Que no le vuelva a oír decir una palabra sobre ese asunto!

Eran más de las diez de la noche cuando Kolia llegó de San Petersburgo, cargado de noticias: unas de San Petersburgo; otras de Pavlovsk. Relató, premioso, lo esencial de las noticias de San Petersburgo (muchas de ellas relativas a Hipólito y a la escena del día antes) y pasó a las noticias de Pavlovsk, pensando insistir después en las primeras. Kolia había tornado tres horas antes de la capital, yendo primero a visitar a las Epanchinas. «¡Aquello es terrible!», comentó. En primer plano estaba el incidente del carruaje; pero había sucedido algo más, ignorado por Michkin.

—Naturalmente —dijo Kolia—, no he hecho preguntas ni tratado de olfatear nada. Se me ha recibido, y mejor de lo que esperaba; pero de usted no se habló una sola palabra, príncipe.

Lo más importante era que Aglaya se había incomodado con su familia a causa de Gania. Kolia ignoraba los detalles del asunto: sólo sabía que, por absurdo que pareciese, Gania figuraba en él para algo. La disputa, por lo violenta, debía de tener un motivo grave. El general había aparecido tarde y malhumorado, mas Eugenio Pavlovich, que le acompañaba, fue acogido muy afectuosamente y por su parte se mostró amable y jovial. Pero lo más impresionante de todo era que Lisaveta Prokofievna había enviado a buscar a Bárbara Ardalionovna, que estaba con sus hijas, y, cortésmente, pero con decisión, le había prohibido para siempre volver a pisar su casa.