Выбрать главу

—La misma Varia me dijo que la prohibición fue en términos amables —aclaró Kolia.

Varia hubo de dejar la casa, y cuando se despidió de las hermanas, éstas no sabían que estaban diciéndole adiós por última vez.

—¡Pero si Bárbara Ardalionovna ha estado aquí a las siete! —exclamó Michkin, sorprendido.

—Y fue despedida a las ocho, o poco antes. Lo siento por Varia y por Gania; pero la verdad es que se pasan la existencia urdiendo intrigas. Al parecer, no pueden vivir sin ellas. Nunca he podido saber lo que traman... ni me importa. Aun así, le aseguro, querido príncipe, que Gania es hombre de corazón. Sin duda muy corrompido en ciertos aspectos, pero tiene cualidades que se le descubren en cuanto se buscan... Jamás me perdonaré no haberle comprendido antes... No sé si debo seguir visitando a las Epanchinas después de lo sucedido con Varia. Aunque me he situado allí desde el principio en una independencia completa respecto a mi familia, debo pensar la cosa.

—No tiene por qué sentir tanto lo de su hermano —dijo Michkin—. Si las cosas han llegado a ese extremo, es que Gabriel Ardalionovich parece peligroso a Lisaveta Prokofievna, lo cual indica que sus esperanzas están en vías de realizarse.

—¿Qué esperanzas? —inquirió Kolia con extrañeza—. ¿Cree usted que Aglaya...? ¡No es posible! Michkin calló.

—Es usted un terrible escéptico, príncipe —declaró Kolia—. Observo que desde hace algún tiempo no cree en nada y sospecha de todo... Pero no he empleado con justeza la palabra «escéptico»...

—Creo que sí, aunque tampoco estoy muy seguro.

—¡No! Retiro la palabra. ¡He hallado otra explicación! —gritó Kolia—. ¡No es usted escéptico, sino celoso! Los sentimientos de Gania por cierta orgullosa señorita le producen unos celos infernales.

Y Kolia, levantándose súbitamente, rompió a reír como no riera en su vida. El rubor que cubrió el rostro de Michkin acrecentó la hilaridad del escolar. Le divertía enormemente la idea de que el príncipe pudiera sentir celos a causa de Aglaya. Pero su risa se cortó, en cuanto pudo observar que disgustaba a Michkin. Tras esto, ambos mantuvieron una conversación muy seria, que se prolongó por una hora o más.

Al día sucesivo, un asunto urgente obligó a Michkin a pasar parte de la jornada en San Petersburgo. Eran más de las cuatro cuando, al disponerse a volver a Pavlovsk, encontró en la estación al general Ivan Fedorovich. Éste asió en seguida el brazo del príncipe y tras mirar a su alrededor con inquietud, le hizo subir a un coche de primera clase, proponiéndole hacer el viaje juntos, ya que quería hablarle de cosas de alguna importancia.

—Ante todo, querido príncipe, no te enfades conmigo. Si estás molesto por algo, olvídalo. Por mí, te hubiese visitado ayer mismo, pero no sabía cómo podría tomarlo mi mujer... Mi casa se ha convertido en un infierno. Parece haberse instalado allí una inescrutable esfinge y por vueltas que se den a las cosas no se puede sacar nada en limpio. A mi juicio, tú eres menos culpable de lo que pasa que cualquiera de nosotros, aunque gran parte de ello haya sucedido por causa tuya. Mira, príncipe, es agradable ser filántropo; pero no conviene exagerar la nota. Acaso te hayas dado cuenta de lo que te digo. Me gusta, por supuesto, la bondad; estimo a mi mujer; pero...

El general siguió hablando mucho tiempo en parecida forma, con no poca incoherencia en sus palabras. Se le notaba turbado por alguna cosa incomprensible para él. Al fin se expresó con más claridad.

—Para mí es indudable que tú no has intervenido en nada de esto; pero te ruego, como amigo, que no vayas a casa en algún tiempo, hasta que no cambien los vientos que corren allí. En lo que concierne a Eugenio Pavlovich —aseguró, acalorándose lo que se ha dicho de él es una insensata calumnia, la más calumniosa calumnia que cabe imaginar. Se trata de una impostura y una intriga encaminada a echar abajo nuestros planes mutuos y a indisponernos. Entre nosotros, príncipe, puedo decirte que Eugenio Pavlovich no ha pronunciado una sola palabra aún, ¿comprendes? Hasta ahora, nada nos une. Pero la palabra puede ser pronunciada, y acaso pronto, y acaso en seguida... ¡Y se ha querido impedirlo! Ignoro por qué y para qué. Esa mujer es desconcertante, excéntrica; me asusta hasta el punto de quitarme el sueño... Y luego ese carruaje, esos caballos blancos... Son realmente «chic». Sí, «Chic», como se dice en francés. ¿Quién la mantiene con ese boato? Anteayer formulé un juicio temerario: pensé que podría ser Eugenio Pavlovich. Pero él me ha demostrado la imposibilidad de semejante cosa. Y entonces, ¿qué interés tiene Nastasia Filipovna en provocar una ruptura entre nosotros? ¡Ese es el problema! ¿Se propone reservarse a Eugenio Pavlovich para sí? Pero te repito, te juro por la santa cruz, que los dos no se tratan y que esos pagarés son una invención. ¡Y con qué desvergüenza le tutea en plena calle! ¡Se trata de una maniobra evidente! Claro que nosotros debemos rechazarla con desprecio y duplicar la estima que profesamos a Eugenio Pavlovich. Así lo he dicho a Lisaveta Prokofievna. Y ahora te confesaré lo que pienso en el fondo: que Nastasia Filipovna obra así por rencor personal contra mí. A causa del pasado, ¿sabes?, aunque yo nunca le haya hecho nada. Sólo al pensarlo, me avergüenzo. Y ahora, ya la tenemos otra vez en escena, cuando yo la creía desaparecida definitivamente. Y ¿dónde está Rogochin?, ¿quieres decírmelo? Yo creía que ella era hace mucho tiempo mujer de Rogochin...

En resumen, el general estaba desorientado en absoluto. En la hora larga que duró el viaje, hizo preguntas, contestólas lo mismo, estrechó la mano de Michkin, y convenció a éste de que no le juzgaba complicado ni remotamente en el incidente del coche. Esto era lo principal para Michkin. El general terminó con algunas palabras referentes al tío de Eugenio Pavlovich, jefe de un departamento ministerial de San Petersburgo:

—Ocupa un buen cargo, cuenta setenta años, y es un viveur, un gourmand, un viejo que sigue al pie del cañón... ¡Ja, ja! Sé que ha oído hablar de Nastasia Filipovna y que incluso ha pretendido conseguir sus favores. Fui a visitarle hace poco; pero se hallaba enfermo y no recibía. Es rico, muy rico, tiene muy buena posición y... Dios le dé muchos años de vida, claro; pero el caso es que su fortuna irá a parar a Eugenio Pavlovich. Sí... sí... Y, no obstante, temo algo, no sé el qué; pero una cosa que me asusta. Me parece notar algo amenazador que se cierne en el aire, como un murciélago... y tengo miedo, tengo miedo...

Sólo al tercer día, como ya dijimos, se produjo la reconciliación formal de las Epanchinas con León Nicolaievich.

XII

Eran las siete de la tarde. El príncipe se disponía a salir al parque cuando vio aparecer en la terraza a Lisaveta Prokofievna. Iba sola.

—Ante todo —principió la generala—, no te figures que vengo a pedirte perdón. ¡Nunca! Toda la culpa es tuya.

El príncipe quedó silencioso.

—¿Eres culpable o no?

—Tanto como usted. Por lo demás, ninguno hemos procedido con mala intención. Anteayer me creía culpable; pero ya me he convencido de que me engañaba.