Выбрать главу

—¡Eres el mismo de siempre! Vamos, escucha y siéntate, porque no me propongo estar aquí en pie.

Se sentaron.

—En segundo lugar, ni una palabra sobre aquellos descarados mozalbetes. Sólo puedo dedicarte diez minutos. Aunque acaso imaginases Dios sabe el qué, sólo he venido aquí a pedirte un informe. Y si haces una sola alusión a aquellos chicuelos, me voy y todo ha terminado entre nosotros.

—Bien —repuso Michkin.

—Permíteme una pregunta: ¿has escrito una carta, hace dos meses o dos meses y medio, sobre Pascua poco más o menos, a mi hija Aglaya?

—Sí.

—¿Con qué objeto? ¿Qué decías en esa carta? ¡Enséñamela!

Los ojos de la generala relampagueaban. Todo su cuerpo se estremecía de impaciencia.

—No la tengo —contestó Michkin con timidez—. Si esa carta no ha sido destruida, está en poder de Aglaya Ivanovna.

—No eludas la cuestión. ¿Qué le decías?

—No eludo nada, y no temo nada. No veo por qué no había de escribirle...

—¡Cállate! Ya hablarás después. ¿Qué decías en la carta? ¿Por qué te has ruborizado?

Michkin reflexionó un instante.

—No sé lo que piensa usted, Lisaveta Prokofievna; pero veo que esa carta le desagrada mucho. Reconozca que podría negarme a contestar a semejante pregunta. Mas para probarle que no temo nada como consecuencia de mi carta, y que no deploro haberla enviado, y que no me ruborizo de ella —mientras hablaba su rubor iba acentuándose más cada vez—, voy a repetírsela, porque creo recordarla de memoria.

Y el príncipe reprodujo, casi palabra a palabra, su epístola a Aglaya Ivanovna.

—¡Qué cantidad de insensateces! ¿Quieres decirme lo que significan esas tonterías? —preguntó severamente Lisaveta Prokofievna, que había escuchado con extraordinaria atención.

—No lo sé a punto fijo ni yo mismo. Sólo sé que las escribí a impulsos de un sentimiento sincero. Yo experimentaba entonces momentos de vida intensa y de ardientes esperanzas.

—¿Qué esperanzas?

—Me sería difícil explicarlas; pero no eran las que usted puede suponer. Yo esperaba... En una palabra, yo forjaba sueños de porvenir y de dicha; esperando que acaso alguna vez llegase a no ser un extraño allí donde vivía. Sentíame repentinamente satisfecho de estar en mi país. Una mañana de sol, tomé la pluma y escribí la carta. ¿Por qué a Aglaya Ivanovna? No lo sé... A veces siente uno la necesidad de saberse querido, y tal vez atravesara yo uno de esos momentos —concluyó Michkin, tras de una pausa.

—Estás enamorado de ella, ¿verdad?

—No. Le escribí como a una hermana. Incluso firmé: «Su hermano.»

—Hum... Eso, como es fácil de comprender, lo hiciste a propósito.

—Me resulta penoso contestar preguntas así, Lisaveta Prokofievna.

—Lo sé; pero me tiene sin cuidado. Escucha y dime la verdad como si estuvieses ante Dios: ¿Me estás mintiendo o no?

—No miento.

—¿Y es verdad que no estás enamorado de mi hija?

—Creo que es absolutamente verdadero.

—¡Crees! ¡Confiaste tu carta a un chiquillo!

—Pedí a Nicolás Ardalionovich...

—¡Te digo que a un chiquillo!

Michkin contestó firmemente, aunque sin alzar la voz:

—No a un chiquillo, sino a Nicolás Ardalionovich.

—Bien, hijo, bien... Lo tendré en cuenta... —Y tras un minuto en el que la generala se esforzó en recobrar el aliento y calmar su agitación, siguió—: ¿Y qué es eso del «hidalgo pobre»?

—No lo sé, ni creo que sea nada. Debe tratarse de una broma.

—Me alegra enterarme de ello de una vez... Pero, ¿es posible que Aglaya sienta inclinación por ti? Siempre te califica de demente, de idiota...

—Podría usted haber prescindido de decírmelo —repuso el príncipe, con acento de reproche, si bien casi en voz baja.

—No te enfades. Es una chica voluntariosa, una loca, una niña mimada. Cuando se le antoja se burla de la gente en voz alta ante sus mismas barbas. Yo era lo mismo a su edad. Pero no te envanezcas, querido: Aglaya no está enamorada de ti ni lo estará nunca. ¡No puedo creerlo! Te lo advierto para que obres en consecuencia desde ahora. Oye: júrame que no te has casado con esa mujer.

Michkin casi dio un salto de sorpresa.

—¿Qué dice usted, Lisaveta Prokofievna?

—¿No has estado a punto de casarte?

—He estado a punto de casarme —contestó él, inclinando la cabeza.

—Y estás enamorado de ella, ¿verdad? ¿Y has venido aquí por ella?

—No he venido aquí para casarme, se lo aseguro —replicó Michkin.

—¿Hay alguna cosa sagrada para ti en el mundo?

—Sí.

—Pues júrame que no has venido para casarte con esa mujer.

—Se lo juro por lo que usted quiera.

—Te creo. Abrázame. ¡Menos mal que puedo respirar al fin! Pero te advierto que Aglaya no te quiere y que no se casará contigo mientras yo viva. ¿Entiendes?

—Sí.

El príncipe, en su confusión, no osaba mirar a la cara a la Epanchina.

—Toma nota de ello. Yo esperaba tu regreso como si fueras mi providencia (¡y eso que no te lo mereces!), lloraba por las noches, empapando la almohada de lágrimas... Naturalmente que no por ti, puedes estar seguro... Tengo también otro disgusto, un disgusto perenne y siempre el mismo. Pero si te esperaba con tal impaciencia es porque sigo creyendo que Dios te ha enviado a mí como amigo y hermano. No trato con nadie excepto con la vieja Bielokonsky, que de momento está ausente. Además, la mucha edad la ha vuelto tan loca como una cabra. Ahora contéstame sencillamente sí o no: ¿sabes por qué esa mujer ha dado anteayer aquel escándalo?

—Le doy mi palabra de honor de que no he participado en eso, ni sé nada.

—Te creo. Yo también he cambiado de opinión sobre el asunto. Anteayer, desde luego, acusaba a Eugenio Pavlovich. Ahora ya no puedo dejar de compartir su criterio de que se le ha hecho víctima de una burla infame. ¿Por qué y para qué? Es cosa problemática y se presta a muchas y desagradables suposiciones. En todo caso, Radomsky no se casará con Aglaya: te lo digo yo. Es posible que sea un hombre intachable; pero no importa. Hasta ahora he dudado, mas ya estoy resuelta. Hoy he dicho a mi marido: «Empieza por ponerme en el ataúd y enterrarme. Después de eso, tu hija se casará con quien quieres.» ¿Ves cuánta confianza tengo en ti?

—Sí, y la estimo en lo que vale.

Lisaveta Prokofievna examinó, escudriñadora, a Michkin. ¿Querría observar el efecto que le causaba el informe relativo a Eugenio Pavlovich?

—¿Sabes algo acerca de Gabriel Ardalionovich?

—Mucho.

—Entonces, no ignorarás que mantiene correspondencia con Aglaya.

La noticia causó al príncipe tan profundo estupor que incluso le hizo sobresaltarse.