Lo que más la disgustaba era la sospecha de que sus hijas se convertían gradualmente en tan originales como ella misma, y la certeza de que no resultaba natural que hubiese, ni debiera haber, mujeres semejantes en el mundo. «Se están volviendo unas nihilistas. ¡Eso es!», repetíase a cada instante. Un año que tal idea le torturaba cotidianamente a la generala. «Ante todo, ¿por qué no se casan? —preguntábase sin cesar—. Por disgustar a su madre. ¡No tienen otra finalidad en la vida! No, no puede ser otra cosa. Son las ideas nuevas, la maldita cuestión feminista. ¿Pues no quiso Aglaya, hace seis meses, cortarse esa magnífica cabellera que tiene? ¡Cuando ni yo en mis tiempos la poseía igual! Ya tenía las tijeras en la mano y hube de arrodillarme ante ella para hacerla renunciar a tal locura. Admito que obrase por maldad, por disgustar a su madre, porque es una muchacha mala, caprichosa, una niña mimada, pero sobre todo mala, mala, mala... Pero ¿no quería también esa loca de Alejandra cortarse igualmente el pelo, sólo porque Aglaya le había asegurado que así dormiría mejor y no sufriría jaquecas? ¡Y cuántos partidos, cuántos, se les han presentado en estos cinco años últimos! Y algunos buenos, muy buenos inclusive... ¿Qué esperan? ¿Por qué no se casan? Sólo por molestar a su madre. No tienen otra razón; absolutamente ninguna.»
Al fin el sol pareció iluminar un tanto su maternal corazón al ver que una de sus hijas, Adelaida, estaba comprometida. «Al menos eso será una tranquilidad para mí», declaró cuando vino el caso de manifestar su criterio en voz alta, aun cuando en su interior se sirviese de expresiones mucho más tiernas. Y ¡qué feliz y correctamente se había convenido todo! En sociedad no se hablaba de aquella boda sino con franca aprobación. El novio era un hombre decente, conocido, príncipe, rico y, por ende, agradable a su futura. ¿Qué más podía pedirse? Pero Lisaveta Prokofievna se había inquietado siempre menos por Adelaida que por sus otras dos hijas, aunque las inclinaciones artísticas de la joven no dejasen de causarle cierta aprensión. «En cambio, tiene buen carácter y muy buen sentido; una muchacha nunca se pierde cuando es así», decíase siempre al final la generala, tranquilizándose con tal reflexión. Lo que la inquietaba más era el porvenir de Aglaya. Respecto a Alejandra, no sabía si preocuparse o no. A veces su hija mayor le parecía un «caso desesperado»: ya tenía veinticinco años. ¿Se quedaría para vestir imágenes? ¡Y con aquella belleza! La desgraciada madre pasaba las noches llorando, mientras quien motivaba aquellas inquietudes dormía con el más tranquilo de los sueños. «¿Qué será? ¿Una nihilista o meramente una tonta?» Lisaveta Prokofievna sabía muy bien que lo último era inexacto. Tenía en alta estima la inteligencia de Alejandra y le solía pedir consejo con frecuencia. Pero el que su hija era «una pava mojada», no ofrecía duda alguna. «Tiene una tranquilidad tal, que no la inmuta nadie... Y el caso es que las «pavas mojadas» no suelen tener nada de tranquilas. No entiendo una palabra...» Alejandra Ivanovna inspiraba a su madre una especie de inexpresable compasión que la generala no experimentaba por Aglaya en la misma medida, aunque la última fuese su ídolo. Pero los arranques de mal humor con que Lisaveta Prokofievna solía manifestar su solicitud materna, los epítetos análogos al de «pava mojada», no provocaban más que la hilaridad de Alejandra. A veces, las cosas más insignificantes exasperaban a la generala, la ponían fuera de sí. Alejandra, por ejemplo, solía dormir mucho y normalmente tenía sueños; pero sueños de candidez semejante a los de un niño de siete años. Y la inocencia misma de aquellos sueños irritaba a su madre. Una vez la joven soñó con nueve gallinas, lo cual motivó una discusión cuya causa sería imposible decir. Otra vez —la única, es cierto— soñó con un monje encerrado en una celda obscura en la que ella temía penetrar. Aglaya y Adelaida, entre grandes risas, fueron a contarlo a su madre, quien se enojó y trató a sus tres hijas de necias. «Hum... Está tan plácida como una imbécil; es una verdadera «pava mojada»; no la emociona nada, y, sin embargo, parece triste. Hace días que da pena verla. ¿Por qué estará triste, por qué?» A veces la generala planteaba la cuestión a su marido, y ello febrilmente, en tono de amenaza, como tenía por costumbre. Ivan Fedorovich fruncía el entrecejo, se encogía de hombros, y al fin expresaba su opinión abriendo mucho los brazos y diciendo:
—Necesita un marido.
Lisaveta Prokofievna estallaba como una bomba:
—¡Dios permita que no sea un hombre como tú, Ivan Fedorovich; con sentimientos tan groseros como los tuyos Ivan Fedorovich!
El general se iba y Lisaveta, tras aquella «explosión», se calmaba. Aquella misma tarde mostrábase ya extraordinariamente solícita, dulce y afable con Ivan Fedorovich. Porque no había dejado de quererle, estaba realmente enamorada de él, y él por su parte estimaba mucho a Lisaveta Prokofievna.
El mayor tormento de la madre, y un tormento continuo, lo constituía Aglaya. «Es como yo, mi vivo retrato —decía la generala—: un diablo despótico y malvado. Una nihilista, una original, una insensata, una loca, loca, loca... ¡Oh, Señor, qué desgraciada va a ser!»
Como dijimos, la seguridad de que Adelaida se casaba fue un bálsamo para Lisaveta Prokofievna. Durante un mes olvidó sus inquietudes. El inmediato casamiento de Adelaida motivó que en sociedad se hablase por entonces bastante de Aglaya. Y la joven se portaba tan bien, tenía modales tan gratos, una actitud tan inteligente y un encanto tan subyugador... Hasta su orgullo parecía en ella una gracia más. Hacía un mes que se mostraba amable y cortés con la generala. («Claro que es preciso tomarse tiempo para conocer mejor a ese Eugenio Pavlovich y estudiarle a fondo. Además, Aglaya no parece mirarle con mejores ojos que a los demás», se decía Lisaveta Prokofievna.) Lo esencial era el admirable cambio surgido en el carácter de la joven. Y luego era tan hermosa, tan hermosa... «¡Sí, parece embellecer de un día a otro, Dios mío!» Y ahora...
Ahora aquel miserable principillo, aquel idiota, no hacía más que aparecer y lo echaba todo a rodar, trastornando la casa.
En realidad, ¿qué había sucedido?
Para otras personas, nada seguramente. Pero Lisaveta Prokofievna tenía la peculiaridad de descubrir en las circunstancias más comunes de la vida detalles y concatenaciones que la atemorizaban al punto de hacerla casi enfermar. Júzguese lo que debió sentir cuando, en medio de sus inquietudes quiméricas, vio producirse un incidente de real gravedad y justificativo de serias preocupaciones.
«¿Quién y cómo se habrá atrevido a escribirme esa maldita carta anónima en que se me dice que aquella mujerzuela está en relación con Aglaya?», pensaba la generala por el camino, arrastrando a Michkin con ella.