En realidad las palabras de Radomsky habían provocado la hilaridad general. El mismo Michkin sonreía.
—No puedo decirle si soy de su opinión o no —declaró el príncipe, dejando de sonreír. Su azorada fisonomía parecía la de un colegial sorprendido en falta—. Pero le aseguro que le escucho con vivo placer.
Hablaba con ahogada voz. Un frío sudor perlaba su frente. Era la primera vez que despegaba los labios desde su llegada. Quiso mirar en torno, pero no se atrevió. Eugenio Pavlovich, notándolo, esbozó una sonrisa.
—Voy a citarles un hecho, señores —continuó Radomsky con aquella mezcla de acaloramiento y expresión risueña que siempre hacían presumir irónicas sus palabras, por sinceras que pareciesen—. Un hecho cuyo descubrimiento tengo el honor de reivindicar para mí. A menos nadie, que yo sepa, lo ha descubierto antes. En él se revela todo el fondo del liberalismo ruso a que me refiero. ¿Qué es, hablando en general, el liberalismo sino un ataque (que tenga razón o no es cosa distinta) al orden de cosas establecido? Es eso, ¿no? Pues el descubrimiento realizado por mí consiste en que el liberalismo ruso no es un ataque al estado de cosas existentes, sino a las cosas mismas, es decir, al país. El liberal que yo considero es un ser que odia a Rusia, que maltrata, pues, a su madre... Toda desgracia de Rusia le embriaga de júbilo. Odia las costumbres nacionales, la historia rusa, todo... Su excusa, si alguna tiene, es que no sabe lo que hace y que su aversión a Rusia le parece la más profunda muestra de liberalismo. Aquí encontrarán ustedes con frecuencia liberales a quienes aplauden los reaccionarios y que son, sin saberlo, los conservadores más absurdos, obtusos y peligrosos de todos. Algunos de nuestros liberales confundían hasta hace poco el odio a Rusia con el verdadero amor a la patria y se jactaban de comprender ese sentimiento mejor que los demás. Pero ahora son más francos, la mera palabra «patriotismo» los avergüenza, y rechazan el concepto como molesto y despreciable. Trátase de un fenómeno de que ninguna época ni país ha proporcionado ejemplo. ¿Cómo se produce entre nosotros? Por la razón que he dado antes: la de que el liberal ruso es un liberal no-ruso. A mi juicio no hay otra explicación.
—Todo lo que has dicho es una broma, Eugenio Pavlovich —repuso, con gravedad, el príncipe Ch.
—No he tratado a todos los liberales y no puedo juzgarlos —añadió Alejandra Ivanovna—, pero me indigna oírle. Toma usted un caso particular y lo erige en norma general. De modo que su acusación es calumniosa.
—¿Un caso particular? ¡Ya se ha pronunciado la palabra! ¿Qué le parece, príncipe? Lo que afirmo, ¿se refiere o no a un caso particular?
—Debo decirle —repuso Michkin— que he tratado y visto pocos liberales; pero creo que puede usted tener razón en parte y que ese liberalismo ruso de que usted habla se inclina, en cierta medida, a odiar a Rusia y no sólo a sus instituciones. Pero ello, por supuesto, sólo es verdad en un sentido, y no resultaría justo extender tal juicio a todos...
Se interrumpió, confuso. Su turbación no le vedaba sentir un gran interés en lo que se discutía. Una de las peculiaridades de Michkin, era la extraordinaria y cándida atención con que prestaba oído a cuanto le interesaba, así como la seriedad con que respondía si se le preguntaba en aquellos casos. Su expresión, su aspecto eran el de un hombre de buena fe incapaz de suponerse objeto de burla. Eugenio Pavlovich, que hasta entonces sonriera de un modo particular mirando al príncipe, quedó sorprendidísimo de su contestación y le examinó con gravedad.
—¿Cómo? ¿Qué decía? ¿Me ha contestado en serio, príncipe?
—¿Acaso no me ha interrogado usted en serio? —dijo Michkin, con extrañeza.
Todos rompieron a reír.
—No le haga caso —intervino Adelaida Ivanovna—. Eugenio Pavlovich tiene la costumbre de burlarse de la gente. ¡Si supiese las cosas que cuenta a veces con la mayor seriedad!
—Opino que esta conversación es desagradable y habría valido más no comenzarla —observó Alejandra, con acritud. Se había hablado de dar un paseo...
—Vayamos a darlo —convino Eugenio Pavlovich—. Pero para probarles que esta vez he hablado con seriedad y para probarlo sobre todo al príncipe... (Porque me ha interesado usted mucho, príncipe, y le juro que, aunque frívolo, no lo soy tanto como debo parecerle.) Para probarlo, digo, haré, señores, si me lo permiten, una última pregunta al príncipe. Y con eso concluiremos. Se trata de una mera curiosidad privada. Esa pregunta se me ha ocurrido mentalmente como a propósito (ya ve, príncipe, que también pienso a veces en cosas serias) y la he contestado; pero me gustaría saber la opinión del príncipe. Hace un momento hablábamos del «caso particular». Esas dos palabritas suenan muy a menudo en Rusia. Últimamente la prensa y el público se han ocupado en ese horrendo asesinato de seis personas por un... joven, y del curioso discurso del defensor; quien dijo, entre otras cosas, que, dada su pobreza, el inculpado debía sentir «naturalmente» el impulso de cometer seis asesinatos. La frase literal del abogado no fue ésa, pero el sentido sí. A mi juicio, al hablar de tal modo, el defensor estaba convencido de pronunciar las palabras más progresistas, liberales y humanitarias que se puedan decir en nuestra época. ¿Qué le parece, pues? Esa perversión de ideas y convicciones, la posibilidad de un modo de ver las cosas tan notoriamente falso, ¿es un caso particular o general?
Siguió un nuevo estallido de hilaridad.
—Particular, por supuesto —dijeron, riendo, Alejandra y Adelaida.
—Permíteme recordarte, Eugenio Pavlovich —dijo el príncipe Ch.—, que esa broma está ya muy gastada.
—¿Cuál es su opinión, príncipe? —insistió Radomsky, sin hacerle caso, al sentir fija en él la mirada seria de León Nicolaievich—. ¿Es un caso particular o genera!? Confieso que me lo he preguntado acordándome de usted.
—No, no es un caso particular —repuso Michkin, en voz baja pero firme.
—¡Por Dios, León Nicolaievich! —exclamó, casi enojado, el príncipe Ch. —¿No ve que la pregunta es un ardid que le tienden?
Michkin se sonrojó
—Creí que Eugenio Pavlovich hablaba en serio —dijo, bajando la vista.
—Acuérdese, querido príncipe —continuó Ch.—, de la conversación que usted y yo tuvimos hace tres meses. Nos referíamos precisamente al gran número de abogados distinguidos con que cuenta el foro desde la reforma de los tribunales y citamos varios prudentes veredictos emitidos por nuestros jurados. ¡Cuánto celebraba usted tal estado de cosas y qué satisfacción me causaba su alegría! Decíamos ambos que ello justificaba un orgullo legítimo. Esa torpe defensa, ese argumento absurdo no es más que una casualidad, una excepción entre miles de ejemplos contrarios.
Michkin reflexionó unos instantes, y luego, con aspecto de honda convicción, aunque en voz baja y casi tímida, repuso:
—Sólo quería decir que la perversión de las ideas (para emplear la expresión de Eugenio Pavlovich) se encuentra muy a menudo, siendo, desgraciadamente, un caso mucho más general que particular. De no estar tan difundida esa perversión no se verían crímenes tan increíbles como...