—¿Crímenes increíbles? Yo le aseguro que crímenes así y todavía más espantosos, sucedían también antes, y han sucedido siempre, no sólo en Rusia, sino en todas partes. Y, a mi juicio, seguirán sucediendo durante mucho tiempo. Pero antes no existían nuestros medios de publicidad y hoy la gente se ocupa de los criminales, comenta sus hechos y gestos con la pluma o de palabra, y por ello los delitos así parecen constituir un hecho nuevo en la sociedad. Su error, príncipe, consiste en eso, y le aseguro que es un error muy ingenuo —acabó, con sonrisa algo burlona, el príncipe Ch.
—Sé muy bien que antaño se han cometido crímenes tan espantosos como los de ahora. Recientemente he visitado cárceles y he trabado conocimiento con detenidos, tanto preventivos como condenados. Existen criminales mucho más terribles que ese del que tratamos, gentes que han asesinado a diez personas y no se arrepienten de ello. Pero lo que he visto en mi trato con esos delincuentes es que el asesino más endurecido, el más inaccesible a los remordimientos, sabe que es un criminal, es decir, que cree en conciencia haber obrado mal, aun cuando no se arrepienta de sus actos. Todos son así mientras que aquellos a los que se refería Eugenio Pavlovich se niegan a reconocerse culpables, opinan que estaban en su derecho y que han procedido bien... Tal es, poco más o menos, su convicción. Eso, a mi criterio, representa una diferencia terrible. Y observé que todos son jóvenes, o sea que están en la edad en que la perversión de ideas se produce más fácilmente.
El príncipe Ch., dejando de reír, miró a Michkin con sorpresa. Alejandra Ivanovna, que desde bastante rato atrás se proponía hacer una observación, guardaba silencio y parecía tener un motivo particular para callarse. Eugenio Pavlovich, francamente extrañado, miraba al príncipe, y esta vez su rostro no mostraba huellas de burla.
—¿Por qué le mira con ese asombro? —exclamó Lisaveta Prokofievna—. No le creía tan inteligente como usted, ¿verdad? ¿Le juzgaba incapaz de razonar?
—No es eso lo que me sorprende —repuso Eugenio Pavlovich—. Pero entonces, príncipe (y perdóneme), si ve usted las cosas tan claramente, ¿cómo puede ser que en ese asunto (¡perdón una vez más!)... en ese asunto de Burdovsky no haya encontrado usted esa misma perversión de las ideas y las convicciones morales? Porque el caso es idéntico. Y entonces no me pareció que usted opinara nada de lo que hoy dice.
—Vamos, padrecito —interrumpió la generala— todos hemos notado lo mismo y no alardeamos de nuestra sagacidad ante el príncipe. Pero éste ha recibido hoy una carta de uno de aquellos individuos, el principal, el del rostro granujiento, ¿te acuerdas, Alejandra? Ese hombre, en su carta al príncipe, le pide perdón (claro que a su manera) y dice que disiente de aquel otro compañero. ¿Te acuerdas, Alejandra? Y añade que cree en la razón del príncipe. De modo que nosotros, que no hemos recibido cartas semejantes, haríamos bien en no vanagloriamos y darnos importancia ante el príncipe.
—Hipólito ha venido ya a vivir al campo, con nosotros —anunció Kolia en aquel momento.
—¿Cómo? ¿Ya está aquí? —inquirió Michkin, verdaderamente alarmado.
—Llegó conmigo en el momento en que acababa usted de salir con Lisaveta Prokofievna.
—Apuesto —dijo con súbita ira la generala, olvidando que un momento antes había tomado la defensa de Michkin—, apuesto a que el príncipe ha ido a buscar a ese miserable mozo en su chiribitil, le ha pedido perdón de rodillas y le ha suplicado que se trasladase aquí. ¿Le has visitado ayer? ¿Le visitaste ayer? ¡Confiésalo! ¿Es verdad? ¿Te has arrodillado ante él?
—Nada de eso —intervino Kolia—. Al contrario. Hipólito, ayer, tomó la mano del príncipe y la besó por dos veces. Yo he sido testigo. A eso se limitó toda la explicación, aparte que el príncipe le dijo sencillamente que estaría mejor en el campo. Hipólito contestó que iría cuando su estado se lo permitiera.
—Hace usted mal en contar todo eso, Kolia —exclamó Michkin levantándose y cogiendo su sombrero.
—¿Adónde vas? —preguntó la generala.
—No se moleste, príncipe —dijo Kolia con vehemencia—. Hipólito está descansando de la molestia del viaje y creo que su presencia le turbaría más que otra cosa. Mañana le verá. Esta mañana me ha dicho que hace seis meses que no se sentía tan bien y tan fuerte. Y en realidad tose tres veces menos.
Michkin notó que Aglaya, abandonando su lugar anterior, se acercaba a la mesa. No osó dirigirle la mirada, pero adivinaba que ella le estaba mirando, acaso con talante amenazador, y que seguramente los ojos negros de la joven relampagueaban y su rostro estaba cubierto de púrpura.
—Me parece, Nicolás Ardalionovich, que ha hecho usted muy mal en traerle a Pavlovsk..., si se refiere usted a ese muchacho tuberculoso que el otro día lloraba y nos invitaba a su entierro —comentó Eugenio Pavlovich—. Habló con tanta elocuencia de la pared frontera a su casa, que seguramente tendrá nostalgia de ella, créame...
—Eso es cierto: disputará contigo, te armará un escándalo y se irá. ¡Eso es lo que te espera!
Y sin hacer caso de que todos se habían levantado ya para salir de paseo, Lisaveta Prokofievna, con digno ademán, atrajo hacia sí la cesta que contenía su labor.
—Recuerdo que pronunció muchas frases a propósito de aquella pared —continuó Eugenio Pavlovich. Sin ella no podrá morir elocuentemente, lo que es muy importante para él.
—Si usted —dijo Michkin— no quiere perdonarle, morirá lo mismo sin su perdón... Ahora viene aquí para ver los árboles y...
—Por lo que a mí respecta, se lo perdono todo. Puede decírselo.
—Lo que he dicho no debe considerarse en tal sentido —murmuró Michkin en voz baja y como a su pesar, con la mirada fija en tierra—. Es necesario también que acceda usted a recibir su perdón.
—¿Qué le he hecho yo? ¿En qué le he perjudicado?
—Si usted no lo comprende... Pero sí lo comprende... En ese caso, él quisiera bendecirle y recibir su bendición. Nada más.
El príncipe Ch., algo inquieto, cambió una mirada con algunos de los presentes; y dijo:
—Querido príncipe, no es fácil conseguir el paraíso en este mundo. Y me parece que se hace usted ilusiones en sentido contrario. El paraíso es cosa difícil de hallar, príncipe, mucho más difícil de lo que juzga su buen corazón. Más vale que dejemos las cosas como están. Si no, habrá desasosiego para todos y luego...
—Vayamos a oír la banda —decidió bruscamente Lisaveta Prokofievna, levantándose de su asiento.
Y los demás la imitaron.
II
Michkin se dirigió súbitamente a Radomsky.
—Eugenio Pavlovich díjole con insólita vehemencia, estrechándole la mano—, tenga la certeza de que le considero a pesar de todo, como el mejor y más noble de los hombres...
En su asombro, Radomsky retrocedió un paso. Luchó por un instante contra un vivo deseo de reír; pero luego, mirando detenidamente a parecióle notar que éste no tenía conciencia de sus actos, o al menos se hallaba en un estado muy especial.
—Apuesto, príncipe —dijo—, a que no quería usted decirme eso, ni tal vez dirigirme la palabra. Pero ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?