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En la entrada junto a la cual se habían acomodado las Epanchinas y sus acompañantes, apareció un grupo como de una docena de personas. Delante caminaban tres damas, dos de ellas de notable belleza, lo que no hacía extraño que las siguiesen tantos adoradores. Pero había algo peculiar en el conjunto del grupo, algo que lo diferenciaba de todo el resto de aquel público congregado en torno a la música. La gente reparó en ellos, la mayoría fingió no verles y sólo algunos jóvenes cambiaron entre sí sonrisas y palabras a media voz. No obstante, era difícil desentenderse de la presencia de los recién llegados, porque hablaban y reían harto alto y fuerte para poder pasar inadvertidos. Era presumible que entre ellos iban algunos beodos. Aunque ciertos miembros del grupo eran hombres vestidos con elegancia, otros ostentaban trajes de extraña apariencia, tenían un extraño aspecto y mostraban rostros extrañamente excitados. Había entre ellos varios militares y algunos hombres maduros. No faltaban entre los forasteros personas con ropas de excelente corte, anillos y botonaduras soberbias, patillas y cabellos relucientes y bien peinados, y rostros de una dignidad majestuosa. Pero eran, con todo, personas de esas de las que la sociedad huye como de la peste. Entre nuestros lugares de placer de las cercanías de la capital hay sin duda algunos que se distinguen por su respetabilidad y tienen una reputación de buen tono perfectamente justificada; pero el hombre más precavido no puede garantizar que en un momento dado no caiga sobre su cabeza una teja desprendida de una techumbre. Y esta teja era la que acababa de precipitarse sobre el distinguido público congregado allí para oír la música.

Para pasar de la estación al lugar en que se reunía el auditorio en torno a la orquesta, había que descender tres escalones. Al llegar a éstos, el grupo se detuvo y todos titubearon. Una mujer comenzó a bajar y sólo dos hombres osaron seguirla. Uno era un caballero maduro, de talante modesto y aspecto bastante bueno en todos los sentidos, si bien parecía una de esas personas que no conocen a nadie y a quienes nadie conoce. El otro audaz era hombre de aspecto equívoco y ropas casi haraposas. A excepción de estos dos fieles, nadie más siguió a la excéntrica dama; mas ella descendió los peldaños sin mirar atrás, como indiferente a que la acompañasen o no. Como hasta entonces, hablaba y reía en alta voz. Vestía muy bien y con muy buen gusto, si bien con una elegancia algo exagerada. Pasó ante el tablado y sé dirigió al extremo del recinto. Se dirigía, sin duda, al carruaje, situado al borde de la calzada.

Hacía más de tres meses que Michkin no la había visto. Desde su llegada a San Petersburgo propúsose todos los días ir a visitarla; pero acaso un secreto presentimiento se lo impidió. No sabía prever tampoco lo que podría suceder cuando se encontrase con ella y, a veces, ensayaba, no sin aprensión, el representárselo. Sólo una cosa resultaba curiosa: que tal encuentro le sería penoso. Varias veces en aquellos seis meses había evocado la primera impresión que le produjo, no ya aquella mujer, sino su retrato, y recordaba muy bien que la impresión fue dolorosa. El mes pasado en provincias, viendo casi a diario a Nastasia Filipovna, habíale colmado de tales torturas, que en ocasiones el príncipe deseaba olvidar aquella época. En el rostro de esta mujer existía un algo que a Michkin le parecía desgarrador y que procuraba traducir, hablando a Rogochin, con las palabras «compasión infinita». Y era verdad: sólo el ver el retrato de Nastasia Filipovna le había henchido el corazón de una piedad rayana en el sufrimiento. Aquella simpatía dolorosa, punzante, persistía aún, más fuerte que nunca. Pero Michkin descubrió ahora una laguna en las palabras que dijera a Rogochin: sólo hoy, cuando Nastasia Filipovna aparecía ante él de improviso, advertía acaso, por una intuición inmediata, que no lo había dicho todo a Rogochin. Debía haber añadido que a su compasión se unía el horror. Sí: el horror. En este momento comprendía plenamente, se hallaba seguro, por razones que él conocía, de que Nastasia Filipovna estaba loca. Supóngase que amando a una mujer como a nada en el mundo, se la viese cubierta de cadenas, tras una verja de hierro, bajo el bastón de un celador, y se tendría una idea de las sensaciones que agitaban al príncipe en aquel momento.

Aglaya le miró, tocóle ingenuamente el brazo y murmuró con voz rápida:

—¿Qué le pasa?

Michkin se volvió a su amiga y advirtió en sus ojos negros una luz cuyo significado no supo comprender. Quiso sonreír a Aglaya; pero de súbito, como olvidando la presencia de la joven, tomó los ojos hacia la derecha, buscando la extraordinaria visión que le fascinaba desde hacía unos instantes. Nastasia Filipovna pasó entonces ante las sillas ocupadas por las jóvenes. Eugenio Pavlovich seguía hablando con mucha volubilidad, contando a Alejandra Ivanovna algo que debía de ser muy divertido e interesante. Michkin recordó después que Aglaya había cuchicheado: «¡Vaya una...!», reprimiéndose en el acto y dejando sin acabar aquella frase vaga, indefinible.

Pero había bastado. Nastasia Filipovna, que avanzara hasta entonces sin fijarse en nadie, se volvió bruscamente hacia las Epanchinas y pareció reparar por primera vez en la presencia de Eugenio Pavlovich.

—¡Ah! ¡Si está aquí! —exclamó, deteniéndose—. ¡Ya podía una enviarte recados! ¿Cómo iba a encontrársele si está donde menos se esperaba? Yo te creía en casa de tu tío.

Eugenio Pavlovich, enrojeciendo, dirigió a Nastasia Filipovna una furiosa mirada. Luego volvió apresuradamente la cabeza. Ella siguió:

—Pero ¿no lo sabes? ¡Figúrense! ¡No lo sabe! ¡Si se ha matado! Tu tío se ha saltado esta mañana la tapa de los sesos. No lo supe hasta hace dos horas; pero ahora ya lo conoce medio San Petersburgo. Según unos, tu tío deja un descubierto de trescientos cincuenta mil rublos; otros hablan de quinientos mil. Yo había esperado siempre que tú heredarías de él una buena fortuna, pero se la ha comido toda. Era un viejo libertino... Ea, adiós, y bonne chance. ¿No te vas? ¡Has acertado, sin querer, al retirarte a tiempo del servicio! Pero no; ¡es imposible que no lo supieras! ¡Tenías que saberlo; quizá ya desde ayer!...

No podía caber duda ya de que el proclamar con tan pública insolencia su intimidad con aquel hombre perseguía algún propósito. No obstante, Eugenio Pavlovich se había propuesto al principio no contestar a aquella actitud sino con el desdén. Pero las palabras de Nastasia Filipovna le fulminaron como un rayo. Al oír hablar de la muerte de su tío púsose blanco como una sábana y se volvió hacia su informadora. En aquel momento la generala se levantó con precipitación y, seguida por el grupo que la rodeaba, salió casi a la carrera. Michkin y Eugenio Pavlovich fueron los únicos que no se decidieron a marchar en el acto. El primero parecía irresoluto; el segundo no había recobrado aún su serenidad. Mas apenas las Epanchinas habían dado veinte pasos, se produjo una escena escandalosa. El oficial que hablara con Aglaya, y que resultó ser amigo íntimo de Radomsky (quien al parecer le había hecho anteriores confidencias), indignóse en grado extremo y dijo casi a gritos:

—Aquí se impone una buena tanda de latigazos. ¡Sin eso nunca acabaremos con esta individua!

Nastasia Filipovna se volvió hacia él con ojos relampagueantes de cólera. A dos pasos de ella estaba un joven a quien no conocía y que tenía un junquillo entre las manos. Nastasia Filipovna se lo arrancó y golpeó con él, con toda su fuerza, el rostro del que la había ofendido. Todo sucedió en un segundo. El oficial, fuera de sí, se precipitó sobre la joven, no protegida ya por ninguno de sus guardias de corps. El hombre maduro se había eclipsado y el andrajoso, apartándose, reía a mandíbula batiente. Sin duda la policía habría intervenido un momento después; pero tarde, de seguro, para evitar a Nastasia Filipovna un duro maltrato, a no haber surgido antes un inesperado socorro. Michkin, que estaba a dos pasos de la joven, asió por detrás los brazos del oficial. Éste forcejeó y dióle un empujón que hizo retroceder tres pasos al príncipe derribándole sobre una silla. Mas ya surgían nuevos defensores de Nastasia Filipovna. Cuando el oficial iba a lanzarse sobre ella, sobrevino el boxeador que pertenecía a la partida de Rogochin y redactara el artículo sobre el caso Eurdovsky.